Bowie

Station to Station, el puente perfecto de David Bowie

Es curioso que Station to Station, el álbum que David Bowie publicó en 1976, sea considerado por algunos como su gran obra maestra (sí, hay quien lo pone por delante de sus grandes discos de la era glam), mientras que para otros es un disco de transición embutido entre su disco americano por antonomasia, Young Americans, y su primer trabajo berlinés, Low. Siempre es complicado escoger un «mejor álbum» con gente como Bowie, con una trayectoria tan amplia y repleta de grandes trabajos, pero sin duda este debería estar, como mínimo, cerca del podio de sus mejores discos.

En 1976 David Bowie vivía en Los Angeles, había triunfado en los Estados Unidos e incluso había interpretado una película llamada The Man Who Fell to Earth, una de cuyas fotos de promoción se convertirá finalmente en la portada de su nuevo álbum. Aunque artísticamente está, sin duda, en un gran momento, en lo personal su vida se está resintiendo a causa de sus adicciones. De ahí surge su nuevo álter ego: The Thin White Duke, el Gran Duque Blanco. ¿Una alusión poco sutil a la cocaína? Bowie intenta seguir manteniendo una actitud y una imagen de elegancia, al estilo de su pasada etapa funk, pero dando un giro a su música. Aunque mantiene su obsesión por la música negra y los crooners clásicos (un año después llegaría a grabar con Bing Crosby), aquí la marida con sonidos psicodélicos e industriales, haciendo de puente entre sus discos más convencionales de la primera mitad de los 70 y sus experimentos berlineses.

El tema que abre el disco es «Station to Station», una alucinación sonora en la que Bowie acude a la psicodelia de los últimos 60 (cuando entra su voz, hacia el minuto 3, recuerda a Cream), a la música industrial que pronto se convertirá en su próxima aventura, a la electrónica (el inicio de la canción, la introducción de sintetizadores, el parecido con el «Autobahn» de Kraftwerk…) e incluso al rock and roll en la larga coda final. Pocos artistas se atreverían a repasar media historia de la música moderna en apenas diez minutos. La letra es bastante críptica, y tiene referencias a temas esotéricos (…from Kether to Malkuth…) y a la cultura europea. Viendo algunas de sus influencias para este disco no es de extrañar que su vuelta a Europa esté próxima…y que su próxima parada vaya a ser Berlín.

A continuación aparece la canción tal vez más conocida del álbum, «Golden years». Un single de éxito que recuerda su reciente pasado funk. El inicio con el bajo y la guitarra parece presagiar el «Stayin’ alive» de los Bee Gees. Bowie, como siempre, un paso por delante. «Golden years» fue, como he comentado, el mayor éxito del disco, pero al tratarse de un tema con poca relación con el disco de canciones que contiene Station to Station quizás contribuyó a crear unas expectativas de continuidad que luego no se cumplieron. No parecía entrar en los planes de Bowie seguir haciendo lo mismo durante demasiado tiempo, y nosotros solo podemos agradecérselo por la cantidad de joyas variadas y eclécticas que nos ha regalado a lo largo de su carrera.

 

La siguiente canción, «Word on a wing», es una de las más injustamente olvidadas de la carrera de Bowie. Cuando me hice con el disco ya tenía varias recopilaciones de Bowie, y no aparecía en ninguna de ellas. A mí me parece una enorme balada, con referencias religiosas (atención a los coros gospel) y una forma de cantar totalmente entregada y emocionante, de una excepcional sinceridad y desnudez espiritual. La versión en vivo que aparece como bonus track del disco es aún mejor.

«TVC 15», una surrealista historia sobre chicas que desaparecen absorbidas por la televisión, tiene un aire de vodevil canallesco, muy al estilo del por entonces superado glam rock que el propio Bowie ayudó a consolidar comercialmente, pero que aquí le da a la canción un aire fresco, novedoso, de desenfreno descacharrante pero inofensivo. Especialmente me llama la atención el trabajo vocal de Bowie, la forma como frasea al final de las estrofas, pero también los teclados de Roy Bittan, los coros, las palmas, el saxo… Una canción muy interesante, que finalmente se convirtió en el segundo sencillo del disco y que, esta vez sí, ha aparecido en bastantes de los álbumes recopilatorios de Bowie.

La guitarra de Carlos Alomar, que iba a convertirse en uno de los fijos en las formaciones de Bowie, abre de manera espectacular la canción «Stay». No menos espectacular es la sección rítmica, nuevamente con un bajo al estilo funk que recuerda a temas gloriosos de Earth, Wind and FireKC and the Sunshine Band y otros triunfadores de una época en la que sonar en una discoteca daba más valía que desprestigio. Bowie suena aquí algo más robotizado que en el resto de las canciones, y su voz empieza a tomar ese tinte oscuro que caracterizará sus siguientes discos.

Y, para cerrar el disco, Bowie vuelve a reafirmar su obsesión por el soul con toques de jazz escogiendo una canción nada obvia para hacer su espectacular versión, una de las mejores que se han hecho jamás. Se trata, como sabréis, de «Wild is the wind», el tema escrito por Dimitri Tiomkin y Ned Washington para la película del mismo nombre, en la que fue interpretada por Johnny Mathis, y que más tarde ayudó a popularizar Nina Simone con otra magnífica versión. Aquí Bowie consigue desarmarme desde el mismo inicio («Love me, love me, love me, love me, say you do…») y desde ese momento consigue mantener la tensión y la emoción durante toda la canción. Cada vez que le escucho sufrir diciendo «don’t you know you’re life itself«, o cada vez que llega el final con ese amargo falsete («Wild is the wiiiiiinnnnd…») se me ponen los pelos de punta. Toda la canción lo hace.

 

Un enorme disco que el tiempo ha ido poniendo en su lugar, a pesar de las circunstancias personales que Bowie vivía en aquel momento. A pesar de todo, de su extraño comportamiento en algunos momentos, de su delicado estado físico y de estar planeando ya su próximo golpe de timón, Station to Station merece, insisto de nuevo, estar considerado como uno de los mejores discos de su carrera.

Artículo originalmente publicado en Música para leer.

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