Estos días fallecía Walter Becker, miembro de los históricos Steely Dan, una de las bandas capitales de la década de los 70 a la que queremos reivindicar recordando su mejor obra.
Primera mitad de 1977. Una muy sofisticada grabación acontece en varios estudios, entre Los Ángeles y Nueva York. Los 25 más sobresalientes, más prestigiosos y más caros músicos norteamericanos a sueldo, de los años 70, (cobrando hasta 1.000 dólares a la semana cada uno) se hallan recluidos en lo que aparentan ser varios laboratorios musicales plenos de secretismo.
Con litros de sudor y ensayos extenuantes, parece que dicha tropa de intérpretes de sesión (Larry Carlton, Steve Gadd, Dean Parks, Bernard Purdie y un insigne etcétera) van consiguiendo lo más elevado, exacto y puro de sus interpretaciones pero ésto es un espejismo a oidos de Walter Becker (guitarra y bajo) y Donald Fagen (voz y teclados). Para ambos no es suficiente dicha perfección, sino que hay que sobrepasarla y el propio dúo revisa todo el trabajo de sus reputados músicos de estudio, nota por nota, más que minuciosamente. El productor, Gary Katz, es total cómplice de que así mismo ha de ser, sin discusión y hasta los 10 ingenieros, liderados por Roger Nichols y Elliot Scheiner, están literalmente reventados por los ultra-preciosistas métodos de trabajo de aquel obstinado tándem procedente de la Gran Manzana, el cual incluso ¡se autodescarta para tocar en alguna de sus propias canciones! (como por ejemplo en “Peg”).

Decenas y decenas de sesiones circulares van conduciento, lentísimamente, hasta la finalización del álbum: son ya 6 meses de ensayos de 6 horas al día. Una larga lista de gente va desfilando por los mencionados estudios entre L.A. y finalmente N.Y.: cinco saxofonistas, seis baterías, seis teclistas,etc… hasta llegar a siete guitarristas espectaculares que no han aprobado el examen de estos dos generales de Manhattan para un diminuto solo de guitarra de la propia canción “Peg”.Finalmente, Jay Graydon, octavo coloso de las seis cuerdas que intenta lo mismo desesperadamente, parece, al fin, convencer a esta dupla de científicos del acorde que comandan esa titánica empresa llamada STEELY DAN. Es solo una muestra del milimetrismo más legendario de la Historia del Rock…
El 23 de Septiembre de 1977, justo ahora hace 4 décadas, salió a la venta Aja pero la atemporalidad de esta magna obra diluye incluso a la propia efeméride. Las ventas de este “peligrosamente ambicioso” (cito en las comillas al grandísimo Walter Becker sobre el propio álbum) e impecable manjar sónico alcanzaron las 5 millones de copias (1 millón de pedidos por anticipado) cuando la banda nunca había superado los 500.000 ejemplares, así que ¿cómo es posible que esos dos mordaces beatniks, esos dos anti-héroes del “show business” que siempre se ocultaban tras gafas de cristal oscuro, que habían renunciado a los conciertos, que apenas concedían entrevistas y que nunca ponían sus rostros en las portadas, finalmente arribaran a conseguir aquel profundo respeto de la crítica, de las rock-stars y finalmente, de tantos y tantos oyentes?
Incluso los mundos del rock y del jazz, tantas veces en conflicto entre sí, aclamaron unanimemente Aja, el cual llegó al nº3 en las listas de E.E.U.U. Sin embargo, todo aquella sonora torre de marfil, todo aquel mítico y obsesivo control se fraguó desde 10 años atrás…
Aquello de ir probando diferentes músicos de calidad para cada canción ya les venía de la Universidad a la histórica pareja de compositores Becker/Fagen. En 1967, poco después de conocerse y formar su primera banda colegial, aquellos dos jovenzuelos ya iban permutando miembros de la misma a gran velocidad. Tras ser músicos de estudio e involucrarse en varios proyectos de escasa trascendencia entre 1969 y 1971 en Nueva York, los noveles “jazz-rockeros” Donald y Walter viajaron a la compañía ABC, en Los Ángeles, reclutando otros músicos y formando un sexteto que llamaron como un irreal consolador japonés que aparecía en la novela más famosa del controvertido William S. Burroughs: “El almuerzo desnudo”.
Deseaban lograr un sonido totalmente original y aunque los dos primeros discos de Dan “El Acerado”, Can’t buy a thrill (1972) y Countdown to ecstasy (1973), son realmente notables, los propios Fagen y Becker son los únicos que no acabaron demasiado satisfechos con el resultado y es que, para mayúscula sorpresa de todos los que les rodeaban, ambos alegaban que salir de gira no les dejaba tiempo para grabar álbumes al estilo extremadamente impoluto que ellos soñaban.

De ese modo y para intentar ésto mismo, ambos comenzaron a introducir, precisamente, varios músicos de estudio para su excepcional tercer disco, Pretzel Logic (1974), provocando así tensiones con los otros miembros de la banda como el guitarrista Jeff Baxter, el batería Jim Hodder o el teclista Michael McDonald (aunque éste seguiría colaborando con B/F); los cuales fueron desfilando uno a uno fuera de Steely Dan, excepto de momento, el guitarrista Denny Dias.
Con el formato convencional de grupo completamente quebrado y renunciando a subirse a los escenarios en 1975, Becker y Fagen se hallaron en su salsa, recluidos y mezclados, en los créditos, entre los “hombres de sesión”. Éstos cada vez eran más numerosos y todos de intachable currículum aunque, insisto, intercambiables para cada canción por parte de los dos comandantes neoyorkinos, todo ello para tratar de conseguir la mayor calidad posible a través de una especie de castings de estudio.
Bajo estas premisas, con maratonianas probaturas y con la búsqueda con lupa de cualquier microscópico fallo en cada acorde, se añadieron varias plantas más a aquel rascacielos sonoro con los ya muy inmaculados discos Katy Lied (1975) y The Royal Scam (1976), los cuales allanaron el terreno hacia el siguiente peldaño superlativo.
“Se hacían 60 tomas de cada canción que casi ni mirábamos porque sabíamos que ninguna era buena” – llegaron a declarar esas “dos mentes en una sola” que eran los propios Donald y Walter.

El propio “Scam” costó ya 100.000 dólares, exasperando así a los máximos ejecutivos de ABC Records; los cuales encima ignoraban que aquel desbordante gasto no iba a ser nada en comparación al siguiente transatlántico de compases que iban a construir Becker y Fagen, los cuales se pasaban meses enteros dentro del estudio de grabación.
Así llegamos en 1977, a uno de los colofones de toda su excepcional trayectoria: AJA, cuyo coste económico me costó averiguar bastante pero que leyendo entre líneas alguna declaración de Donald, podría haber rondado el medio millón de billetes estadounidenses; incluida la portada de textura especial y con la modelo Sayoko Yamaguchi apenas sugiriendo su rostro. El desborde total del presupuesto tornó ya irreconciliables las diferencias con la discográfica ABC, que incluso, hizo amago de ocultar las cintas originales a Steely Dan, antes de editarse la obra en cuestión.
¿Y el septeto de adiamantadas canciones? Como siempre de interpretable significado cuando ser trata de la dupla Becker/Fagen: “Black Cow”, ondulado comienzo jazzy-pop que ya te deja absorto, es la historia de un amante bohemio que describe sus frustrantes amores con una rica mujer fatal. La bebida en argot “Vaca negra” está compuesta Coñac Grand Marnier mezclado con café frío aunque también podría ser zarzaparrilla con helado de vainilla. La canción-titulo “Aja” (un nombre coreano de mujer) es una cálida suite “deluxe” que te transporta a la calma más absoluta y podría tratar de un loco que, buscando a su amada oriental, escapa de un psiquiátrico pero es devuelto al mismo. “Deacon Blues”: fragilidad y romanticismo musicales envuelven una narración sobre alguien que no consigue ser un gran músico pero que lo intenta desesperadamente.
“Peg” con ese toque de funky refinado tan habitual en el filtro Steely Dan, quizás describe sutilmente a una actriz porno de los años 30. “Home at last” con su trabajadísimo tono nostágico y piano cautivador resulta una revisión de “La Odisea” de Homero. “I Got the news” discurre como un acelerado cotilleo sexual que mantiente un ritmo asombroso. Termina todo con la insuperable “Josie”: un sostenido rythm and blues donde la hercúlea y majestuosa batería de Jim Keltner dirige una triunfal orquesta que arropa un laberíntico texto sobre una chica que parece acostarse con todo un grupo de gangsters o quizás eso mismo imaginan ellos. Las propias “Josie” o “Peg” son algunas de sus habituales y complejas letras sórdidas y de novela negra en total contraste con su depuradísimo sonido: el rock más elegante que existió jamás.
La calidad de sonido es casi como una religión para Steely Dan, ya que Aja pasó hasta por 6 estudios de grabación distintos y eso mismo obtuvo sus frutos: los propios ingenieros, Roger Nichols y Elliot Scheiner, ganaron el Grammy por esta obra de 1977 aunque la misma se quedó injustamente sin galardón al mejor disco del año, algo que tuvo que sufrir alguna que otra vez más el proyecto “steely”. Finalmente y haciendo justicia, Becker y Fagen fueron premiados con 4 Grammys en el año 2000 por “Two Against Nature” y poco después, les concedieron la entrada en el Salón de la Fama del Rock and Roll.

Aja se erige como uno de los mejores discos de la Historia. Es inteligentemente ampuloso, una revolución acrobática con la chaqueta americana puesta, de un eclectismo hiper-contralado, celestial, terso, espectacular y relajante por parte de esos dos orfebres que son Donald y Walter. Un perfume imparable a nivel planetario, una maravilla del sofisti-rock con innovaciones y singularidades que ni hoy día se han conseguido superar.
En mi opinión, el siguiente disco y que costó hacer 1 millón de dólares, Gaucho (1980), ¡ojo! rivaliza e iguala en nivel a Aja pero ya no supera a éste y las descomunales grabaciones (añadido a numerosos contratiempos de otro tipo) que caracterizaron su carrera, acabaron agotando a Becker y Fagen que se separaron, por primera vez, en 1981. Sin embargo, su prestigio para con el Mundo del Rock ya estaba apuntalado para siempre: Steely Dan es una de las más prodigiosas bandas de la Historia del Rock a la altura de casi la totalidad de formaciones “top” más celebradas y más reconocidas que los propios Dan.

















