091 (La Riviera – Inverfest) Madrid 14/02/26
Hay citas que son como un ajuste de cuentas con el calendario y la vida; y la que tenía 091 con los suyos en La Riviera, dentro del ciclo Inverfest, era una de esas. Entradas agotadas hacía semanas y un ambiente entre la liturgia de los conciertos de siempre y la reunión de viejos camaradas que saben que, las canciones, cuando hablan de sus vidas, no tienen fecha de caducidad.
091 nunca fueron una banda de titulares, fueron y son una anomalía dentro del rock patrio; granadinos y afilados, líricos, pero sin empalagar y con esa electricidad que han ido domesticando a base de años y carretera. Desde los tiempos en los que Joe Strummer se dejó caer por la ciudad que los vio nacer, para producirles ese Más de cien lobos (Zafiro 1986), que hoy suena casi mitológico, hasta su separación en 1996 y su posterior resurrección con Maniobra de resurrección (Warner 2016), su historia ha sido siempre de banda más influyente que masiva.
El arranque vino en forma de aviso y declaración de intenciones, “2000 locos”, “Zapatos de piel de caimán” y “No tiene sentido escapar” colocaron el listón alto desde el minuto uno. Nada de introducciones ceremoniosas, 091 entraron al tajo con esa mezcla de nervio, pero también de serenidad que define su actual reencarnación.
Apenas había terminado la segunda canción cuando José Antonio García tomó el micrófono para agradecer la fidelidad del respetable y lo hizo con especial énfasis en quienes se habían desplazado desde Granada para verlos en Madrid. No era un gesto retórico, había acentos andaluces desperdigados por la sala, camisetas veteranas y miradas de las que han seguido a la banda durante décadas; un reencuentro con Madrid, pero con el sur inevitablemente en la maleta. Y así, con un setlist generoso, pero sobre todo inteligente, los granadinos fueron desgranando un total de veintitrés canciones con acierto, oficio y con el sentir evidente y contagioso de que ellos mismos estaban a gusto en el escenario.

Justo antes de “Nadie quiere oír tu llanto”, de su último trabajo Espejismo N.º 9 (Universal), Lapido, principal culpable de que las letras de los 091 rezumen poesía e historias que nos pertenecen, decía que entiende que haya gente que prefiera a grupos que hablan entre canción y canción, pero que ellos son de pocas palabras, y quizá por eso hablan mejor cuando tocan.
Lanzada esta especie de “disculpa”, por ser parcos en palabras, atacaron con otra batería de temas, algunos del mencionado nuevo disco, como la excelente “Dormir con un ojo abierto”, o “Algo parecido a un sueño”, poniendo los pelos de punta a unos cuantos cientos de almas, intercalando con algún clásico como “El baile de la desesperación”.

De su etapa más reciente, aquel trabajo templado de hace siete años ya; La otra vida (Warner) cayó “Leerme el pensamiento” que, lejos de romper el ritmo, reforzó la narrativa del concierto. Porque si algo han entendido 091 es que no necesitan competir con su versión de hace treinta años; y el hecho de no pretender ser una banda a base de nostalgia hipertrofiada, es casi un acto de rebeldía y sinceridad. Para esas alturas de concierto ya no había nadie en La Riviera que no supiera que, “Sigue estando Dios de nuestro lado”, clásico incontestable como la práctica totalidad de lo que vendría a continuación.
El bloque final fue una sucesión de himnos que funcionaron como toda una suerte de catarsis colectiva; “La noche que la luna salió tarde”, “La calle del viento”, “Este es nuestro tiempo”, “Qué fue del siglo XX” y, por supuesto, “La vida qué mala es” cerraron el círculo con esa mezcla ganas de vivir y desencanto – a partes iguales – marca de la casa.

Hubo algo especialmente emocionante en “Cómo acaban los sueños” y “Antes de que salga el sol”, canciones que hablan del desgaste, de la intemperie, de lo que se pierde por el camino. Hábilmente colocadas una junto a la otra, la primera fue con la que se despidieron en su primera desaparición en 1996, la segunda; otra de las recientes, el presente. Escucharlas, en una Riviera abarrotada, convertidas en coros multitudinarios, tiene mucho de justicia poética.
Conscientes del paso del tiempo, 091 han sabido ajustar su propuesta sin traicionarla. No buscan demostrar que son los más rápidos del barrio; prefieren recordarnos que siguen siendo los más elegantes. Su directo ya no es una carrera de fondo a todo gas, es más bien una travesía templada, con espacio para que la fantástica base rítmica de Tacho (batería) y Jacinto (bajo) construya los cimientos sobre los que Lapido y José Antonio – uno con la guitarra y otro con las voces – dialoguen entre ellos, con resultado apabullante.

Puede que el siglo XX quedara atrás, pero 091 siguen ahí, demostrando que su historia no termina, se reescribe con total vigencia.
Fotos 091: Fernando del Río

