Nudozurdo (Sala Copérnico) Madrid 21/02/26
A la siete de la tarde del sábado estaba dando orden de cerrar la sala del tanatorio donde velábamos a mi tía para poder acudir al concierto de Nudozurdo. Pocos meses antes, mientras iba camino de su casa temiéndome lo peor porque no descolgaba el teléfono durante un día, elegí de camino qué disco ponerme para significar quizás el momento previo a encontrármela en una situación posiblemente fatal como así fue derivada del ictus que había sufrido hacía unas horas y la tenía postrada encima de una cama en una situación agónica. El disco que elegí en ese momento previo a enfrentarme a lo inesperado fue Clarividencia (24) de Nudozurdo. Casualidades, o premoniciones, que cierran un círculo.
Y esto, por supuesto, no lo cuento gratuitamente. Lo cuento porque estas cosas sólo pueden ocurrir a través de las bandas que nos atraviesan la vida. Nudozurdo es una de estas elegidas para mi persona. Que fueran a interpretar íntegra su obra capital Tara Motor Hembra (11) en estas circunstancias se me antojaba una experiencia trascendental.
Que, además, fuera este disco, no precisamente su más aclamado como lo hubiera sido Sintética (08), sino esta colección de canciones torcidas, obsesivas, enfermizas y convulsas; capaces, en definitiva, de acabar literalmente con alguien y que, también, se hubiera reunido expresamente la formación original que lo grabó para interpretarlo, son motivos de por sí que justifican la autenticidad y el valor de esta banda por encima de todas las cosas, al menos para quien les escribe, y les posiciona en esa línea en la que siempre han sabido pisar fuerte de insobornable actitud artística y, por extensión, vital.
Una abarrotadísima sala Copérnico, que colgó hace meses el cartel de no hay billetes, se disponía a recibir al cuarteto con devoción y ganas. Leo Mateos y los suyos llegaron al escenario con esa parquedad necesaria, reconocible e imprescindible para quien no necesita más que hablar a través de su música. Un escueto “vamos a viajar a la segunda mitad de 2011” fue toda la presentación que necesitaron los primeros compases de “Golden Gotelé”.
Desde ese momento, la preciosa pedalera y la abrasión de guitarras de César de Mosteyrín, la metrónoma batería de Jorge Fuentes, el penetrante bajo de Meta y las letanías lacerantes de Leo Mateos fueron absolutas protagonistas de un recorrido hasta el fondo de nuestras pesadillas que yacen retorcidas en los rincones abandonados de la memoria.
La habitual tensión hipodérmica inherente a Nudozurdo explotaba en toda su extensión con la interpretación de “Prometo hacerte daño”, seguida de esa hipérbole a las taras personales que es la escalofriante “No me toquéis”. Fue a partir de la defensa prodigiosa de “Prueba/error” cuando el concierto alcanzó un vuelo ya majestuoso, sonando celestial, continuando con una extremísima “Conocí el amor”, uno de los puntos más álgidos del trayecto.
La introspección malsana de “Mensajes muertos” fue la antesala de una celebradísima “Laser love”, quizás la canción más expansiva del lote y que en vivo siempre gana enteros. Otra maravilla poder escuchar otro de esos temas menos habituales como lo es “Sueño demo” para terminar el grueso de la velada con esa dupla sangrante menos ruidosa, pero incluso más punzante si cabe: la formada por la destrucción sigilosa que provocó una vez más escuchar los versos de “Dosis Modernas” y la confesión desnuda de “El diablo fue bueno conmigo”.
Cuando alguien podría pensarse que el bis posterior sería la aparición de temas más conocidos y demandados por la audiencia como hubieran sido, por citar algún ejemplo, “Mil espejos” o “Úrsula hay nieve en casa”, la banda optó por el posicionamiento más indómito y atractivo posible con ese apabullante taladro nacido de la improvisación que son los casi veinte minutos sin compasión de “Dana”, el descomunal corte que cierra la nueva edición de Tara Motor Hembra, seguidos de rescates de su sobresaliente Ultrapresión (12), el EP que le siguió y constató la absoluta edad de oro de la banda. El repaso comenzó con Leo solo mascullando los afilados dardos de “Hasta que se parezca”, para seguir ya con toda la banda para descerrajar una ensordecedora y pertrubadora “Cementerio de errores”, culminando la noche con la acidísima “Chicopromo”, perfecto escaparate para dinamitar el absoluto estercolero en que se ha convertido la anteriormente llamada “música indie”.
Si lo expuesto anteriormente no incluye los suficientes motivos para constatar que nos encontramos ante la banda más imprescindible y necesaria de este país, yo ya no sé.
Foto Nudozurdo: Raúl del Olmo

