Bob Dylan

Bob Dylan (Noches del Botánico) Madrid 07/06/23

Vaya por delante que esto no es una crónica del concierto de ayer de Bob Dylan en Madrid. O al menos no pretende serlo. Simplemente, siento la necesidad de compartir lo que ocurrió ayer en el inicio del ciclo Noches del Botánico, donde el mítico artista minesotarra abrió su gira española de 12 fechas con un concierto que, por supuesto, no dejó indiferente a nadie. Lo primero de lo que hay que hablar sobre los conciertos de Dylan es del contexto. El jodido contexto. Vaya usted a saber por qué (realmente nunca lo he sabido y moriré sin saberlo) Bob Dylan hace todo lo posible por impedir que el espectador disfrute de sus conciertos. Se puede desglosar de mil maneras esta actitud, pero lo concretaré con algunos apuntes que no por conocidos dejan de ser destacables: no deja que sus shows cuenten con pantallas donde podamos verlo en primer plano, no permite que se tomen fotos ni videos (móviles secuestrados, recuerden, y ni una cámara acreditada para registrar un fragmento del evento), el repertorio es elegido de manera autodestructiva y las interpretaciones de sus temas esquivan las versiones de estudio que conocemos… A estas medidas generales, que con el tiempo se han ido exagerando hasta el paroxismo (de sus diez canciones más populares en Spotify no interpretó ninguna, cero) hay que añadir la desapacible tarde que se vivió ayer en la capital de España. El inicio del recital estaba previsto para las 21,30 y a las 21,15 continuaba lloviendo por lo que todo pendía de un hilo hasta que se obró el milagro y dejó de llover. Por cierto, en una tarde noche como la de ayer no se permitían paraguas en un recinto totalmente abierto donde a fases diluvió. El jodido contexto una vez más…

Vamos ahora con la situación personal del arriba firmante. Soy más dylaniano que dylanista, lo cual significa que adoro a Bob Dylan pero no me dedico a reírle todas las gracias. En mi opinión es el mejor artista de nuestro tiempo, de todos los tiempos, pero eso no quita para que su juego en directo siempre me parezca bien. Hasta ayer, había jurado en los últimos cuatro conciertos que había asistido que sería la última vez que lo veía. Todo tiene un límite y si te vas a dedicar a fastidiarnos y subes la apuesta a cada gira corres el peligro de quedarte solo, Bob. Su anterior visita a Madrid en 2018 me dejó un sabor de boca especialmente amargo, con un Dylan al limite en lo vocal y una banda que sonó monótona con un repertorio que, aunque anodino, daba para mucho más. Así las cosas, mientras buscaba un árbol para resguardarme junto a mi gente para poder beber mi cerveza pagada a precio de oro en el fondo de mi interior estaba deseando que se cancelara y nos mandaran para casa. Pensé ‘Edu, has cumplido viniendo, podrás dormir tranquilo y te has ahorrado una pasta’ pero no, aún con las últimas gotas de lluvia cayendo sobre mi empapado chubasquero anunciaron que en 15 minutos salía a escena el señor Bob. Pues a por él que vamos.

Con la grada aún acomodándose (cuando arrancó no estaba sentado ni un tercio del aforo) comenzó el show y entonces, como en las grandes películas americanas de sobremesa, todo lo que fallaba se empezó a arreglar, todas las dificultades se disiparon y arrancó uno de los mejores conciertos que he visto a Bob Dylan, sin duda el mejor en década y media. El arranque con “Watching the river flow” sirvió de calentamiento global: ajustes de sonido, ajustes en la banda, calentamiento de voz y ordenación del personal. A partir de ahí todo lo que sucedió fue mágico. Lo primero que hay que decir es que en este tramo de su gira interminable lo que toca es blues y prácticamente solo blues. Pero cómo lo toca esa banda, por favor. Qué delicia. Uno se deleita con la escena que contempla durante la más de hora y media que duró el espectáculo: el de Duluth está en el centro del escenario jugando al gato y al ratón con su banda, que no pierde detalle de cada gesto del jefe. No saben si va a continuar con un desarrollo instrumental, si va a atacar otra estrofa o si va a rematar el tema. No es improvisación sino inspiración momentánea cambiante y esto propicia momentos en que parece que el sonido de la banda se tambalea pero siempre terminando agarrando de nuevo las bridas y tomando el pulso a las canciones.

Respecto al sonido, simplemente fue espectacular la nitidez y potencia con la que sonaron cada uno de los instrumentos, incluyendo una voz tremendamente expresiva, sugestiva, sentida… Conmovedora en las baladas y áspera en los blues de vieja escuela, tan esquiva como cercana. Sólo hay un registro así en la tierra y es suyo. Y entonces empiezan a caer los temazos y hago una aclaración: aunque quiere auto boicotearse el repertorio de Dylan es tan gigantesco que incluso esquivando sus himnos saldrían cincuenta canciones que justificarían una carrera. Ayer cayeron, por ejemplo, “When I Paint my masterpiece”, “To be alone with you” o “Most likely you´ll go your way (and I´ll go mine)” además del listado completo de esa obra maestra que es su aún reciente Rough and Rowdy Ways, sin un solo track de relleno. Y empieza el baile de versiones, vistiendo incluso a estas composiciones postreras con nuevos ropajes que, si bien en ocasiones lastran al original (pienso en la soberbia “Key west” como máximo exponente) en otras lo potencia (mágicas “Black Ryder” y “Mother of muses”).

Para entender mejor la profundidad de este baile de arreglos, el pasado viernes se editaba un directo (Shadow Kingdom, próximamente reseñado en Muzikalia) registrado en plena pandemia del que ayer sonaron cinco piezas: solo una se asemejaba a aquellas interpretaciones, la vibrante “I’ll be your baby tonight”. Todo sonaba a nuevo, todo sonaba vigente, todo sonaba a Dylan. Y durante todo el recital las caras de la gente que, sin móviles en la mano, no despegaban la mirada y el oído del escenario, mostraban esa extraña satisfacción de saber que estábamos asistiendo a un espectáculo único, a una de esa experiencias que, aunque la cuentes, no la  puedes explicar, a ese disfrute privado que te gusta que siga siendo privado porque el resto, tus amigos, tus compañeros de trabajo, no lo iban a entender. Que te empuja a escribir una falsa reseña que se escribe sola porque tienes la necesidad de contar al mundo que no volverás a salir de un concierto de Bob pensando en no volver, aunque el mundo no lo vaya a entender. Porque de Bob Dylan no hay que dudar nunca. Y si lo haces ten por seguro que la razón la llevará él. Hasta la próxima, Bob.

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