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Raül Refree y Niño de Elche (Teatro Circo Price – Inverfest) Madrid 22/01/26

“La emoción es el objetivo final al hacer música. Al componer, al decidir hacia dónde llevar una pieza, la emoción es la clave. No me interesa la perfección ni la técnica por sí mismas; me interesa que todo esté al servicio de que la música emocione”. Con estas palabras abríamos, hace apenas unos meses, la entrevista que desde este medio realizamos a Raül Refree. La conversación giraba entonces en torno a su último libro y a una forma (o formas) muy concreta de entender el hecho creativo. Por aquel momento, Cru+es, el trabajo conjunto con Niño de Elche, aún no se había publicado. Hoy, esas frases funcionan como una síntesis precisa, casi profética, de lo ocurrido el pasado jueves en el Teatro Circo Price de Madrid.

“¿Qué significa eso de la emoción?”, se autopreguntaba Raül. “Que no te deje indiferente. Que te toque, que te atraviese, que te llegue a un nivel que no puedas frenar”. Con el cartel de entradas agotadas, incluidos los pases de prensa, cuesta pensar que alguien saliera de la sala sin llevarse esa idea adherida al cuerpo.

El concierto se inscribe en el recorrido que ambos llevan años construyendo, primero sobre el escenario y ahora también en el estudio. Cru+es, su primer disco firmado a cuatro manos (aunque realmente Raul ya había trabajado como productor con el Niño de Elche en el disco Antología del Cante Flamenco Heterodoxo), no se entiende sin Ecstasis, aquella propuesta escénica que ambos han ido desplegando por distintos teatros y que se sostiene más en la repetición, la tensión y el gesto ritual que en la estructura tradicional de un concierto. El álbum recoge ese mismo impulso: piezas abiertas, sin voluntad de cierre, donde la música se mueve desde la intuición, el riesgo, la escucha constante del otro y, sobre todo, desde la experimentación.

Esa lógica se trasladó desde el primer minuto al Teatro Circo Price. La sensación te atravesaba desde la planta de los pies. El espacio permanecía casi a oscuras, sumido en una penumbra constante que solo se rompía, de forma puntual, por un azul profundo que articula la estética visual del nuevo álbum. Algún foco paralelo aparecía en momentos concretos, más como un subrayado de los artistas que como iluminación, dejando claro que aquí todo estaba dispuesto para que lo emocional, una vez más, tomará el mando.

El concierto comenzó pasadas las 20:15 y se extendió durante poco más de una hora. Un formato breve, pero ajustado a la medida exacta para recorrer las diez canciones que conforman el álbum. La distribución de las piezas no seguía el orden del disco y, en directo, las canciones mutaban: se extendían las partes instrumentales y las atmósferas electrónicas iban tomando cuerpo una a una, en ocasiones, eso sí, un poco bajas en volumen. También resultó especialmente destacable el rango vocal de Niño de Elche, muy superior al que presenta la grabación, así como su manera de jugar con el gesto, con las manos y con el propio micrófono, convirtiendo la voz en algo físico, casi escultórico.

Desde la grada, la escena era austera y muy medida. Raül Refree ocupaba el lado izquierdo con teclados y electrónica; Niño de Elche, al otro, sostenía todo exclusivamente desde la voz. Ambos vestidos con mono azul, casi como una prolongación de la iluminación. Esa disposición se rompía sólo en momentos concretos, como en “Salmo XXI” o “Tu voluntad”, cuando se sentaban en un lateral del escenario y Refree cambiaba los teclados por la guitarra. El gesto era mínimo, pero el efecto inmediato: el concierto se recogía sobre sí mismo y encontraba algunos de sus instantes más frágiles y precisos.

“Nadas”, canción que abre el disco, apareció ya en el tramo final del concierto, seguida de “Mil maneras de salvarse”, uno de los momentos más altos de la noche. Un cierre tan etéreo como ruidista, con el azul intenso volviendo a ocuparlo todo. Después aún quedaba una bala más: “La escalera”, última canción de la noche y único bis. El final estuvo a la altura de la emoción. No hizo falta nada más. Un guau compartido que terminó convirtiéndose en un Teatro Circo Price completamente entregado.

Niño de Elche y Raül Refree han sabido construir un disco y unas actuaciones a la altura de su propio legado, algo que no es sencillo. Y hacerlo desde un lugar donde el silencio, la tensión y la espera forman parte del lenguaje, no como adornos, sino como materia compositiva. No es un gesto amable ni complaciente, pero tampoco frío. Es una experiencia que no se resuelve al salir de la sala: se queda. Te acompaña. No tanto como una respuesta, sino como una sensación persistente, difícil de nombrar, que vuelve más tarde, cuando ya no suena nada y las luces se han encendido.

Fotos Raül Refree y Niño de Elche: Víctor Terrazas

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