091 (Teatro De La Axerquía) Córdoba 01/07/16

Fotos: Raisa McCartney

“No puedo recordar jamás cómo acaban los sueños”… Pero sí cómo empezaron. A mediados de los ochenta fue, si no recuerdo mal, cuando la memoria adolescente de una generación aún imberbe se empapaba de poesía sentimental; cuando descubría que el rock en castellano era algo más que una sucesión de proclamas rabiosas e invitación al baile y al hedonismo; cuando aprendía que se pueden escribir las propias emociones en boca de otros; cuando sabía que un puñado de canciones significarían mucho al transcurrir de los años, las décadas y puede que los siglos. Entonces aún algunos no éramos conscientes de todo ello, ni de que pasada la cuarentena veríamos pasar muchos trenes que iban llenos de “Otros como yo”. Como nosotros. Como la vida misma.

La cobertura es la propicia, en plena era de relaciones superficiales, para refrescar recuerdos y volver a un tiempo en el que escuchar música era una solución en lugar de un problema. El momento es el ideal, porque pocos esperaban una maniobra de resurrección apta tanto para verdaderos creyentes como para advenedizos indecisos atraídos por el olor de una leyenda que perdurará tras esta y seguramente otras improbables reencarnaciones. Las canciones… ¡ay, las canciones! Esas son el motivo primero y último de que sigamos aquí, admirándolas, aplaudiéndolas, coreándolas y llevándolas consigo para siempre. En muchas de ellas renacimos y volvimos a morir mil y una veces, y lo haríamos con los ojos cerrados (nunca con los oídos) un millón de veces más. La memoria, a la que apelo una vez más, es la única capaz de justificar la reincidencia, y es perfectamente comprensible cuando has dedicado media vida a buscar el amor “Debajo de las piedras” paseando tu desdicha por “La calle del viento”. Lo demás es historia, o mejor dicho, historias de amor y odio, de androides y de soledades, entonadas bajo decenas de acordes eléctricos y sustentadas por un sentimiento universal que te impulsa a regocijarte en tu propia condición hasta reconocer que no quieres salir de tu burbuja, que todo lo que te pase a partir de entonces carecerá de importancia alguna. Ya ha quedado dicho, todo eso a fin de cuentas son las canciones. Tus canciones.

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Hay unas cuantas que 091, a los que los dioses del rock, no ya español sino universal, tengan para siempre en su gloria, han convertido en necesarias. Para declarar devociones con coartada intelectual (“Para impresionarte”), para reivindicar condiciones sin morir en el intento (“Zapatos de piel de caimán”), para caminar a la deriva sabiendo que vas por el camino correcto (“La torre de la vela”), para cavilar sobre el destino y su extraña fuerza de atracción (“Tormentas imaginarias”), para volver a un tiempo y un lugar inciertos pero sobradamente conocidos (“En la calle”), para cantarle a la vida con ciencia y conciencia (“El baile de la desesperación”), para mirar al cielo y ponerse a salvo (“ Nubes con forma de pistola”), para buscarle otra vuelta a la tuerca (“El lado oscuro de las cosas”), para observar y ser observado (“Huellas”)… Para sentirse libre, que es el primer y casi único objetivo del ser humano, porque “Si hay tormenta” lo mejor no será rezar, sino seguir “En el laberinto”, como tú y como cada cual, intentando encontrar la salida que nos vuelva a meter dentro. Son los círculos viciosos a los que te conducen tus hábitos de escucha, más de dos veces confusos con los vitales, pero gracias a ellos somos hoy lo que somos y estamos aquí, delante de cinco tipos de mediana edad, espigados y sobrios, conscientes de su importancia pero enemigos de aspavientos, apartados a propósito de los daños colaterales que puede provocar el misticismo, entregados única y exclusivamente a la causa que los reúne, tanto tiempo después, ante un desfile de acólitos apasionados por una música celestial, robusta, perenne, devastadora.

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Sí, señores, “Este es nuestro tiempo”, y aquí están ellos, los que desde los versos del jefe José Ignacio Lapido, el contrapunto de las guitarras de su hermano Víctor, el bajo de Jacinto Ríos, la batería de Tacho González (cuenta él mismo que tuvo que volver a ensayar gran parte del repertorio como si fuese la primera vez) hasta la voz, ya no tan brillante pero no demasiado maltratada por los años de escenario, de José Antonio “Pitos” García, lo han retratado a lo largo de dos décadas y lo siguen haciendo después de otras dos, y recuerdan otra vez “La noche que la luna salió tarde” en el mismo tono, serenando el tempo y dejando ver que entre tanta rabia también hay resquicio para el escalofrío, como en la “Canción del espantapájaros” que dibuja “Un cielo color vino” y cede el espacio para la oración explosiva de “Sigue estando Dios de nuestro lado”, la melancolía de “Esta noche” y el único hit (sé que odian esa palabra, por injusta con sus pretensiones) que sigue vigente noche sí y noche también en los repertorios paralelos, “Qué fue del siglo XX”. Los psicoanalistas, el jazz, el Big Bang y las guitarras eléctricas unidos en un salmo más terrenal, dedicado como coda final a “La vida qué mala es”, concediendo terreno a líneas más folclóricas y arrastrando la evolución de una banda que tiene la decencia de incorporar temas menores en popularidad pero igualmente ilustrativos de una trayectoria impecable. “Nada es real” y “Esperar la lluvia” no habían sido tocadas con tanta fuerza ni cuando eran una banda punk que ni siquiera sabía afinar sus instrumentos. Eso es sabiduría, amigos.

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Llegará un día en que recordemos estos últimos conciertos de los granadinos como un regalo, una ocasión para reanimar solo temporalmente a un grupo fundamental que en un país con más memoria (disculpen la insistencia del término) y menos desvergüenza debería ser entronizado por todas las pequeñas cosas que consiguió, que para muchos fueron muy grandes. Hoy, cuando sabemos que todo lo que empieza tiene que acabar, es el día de la resurrección definitiva, porque los sueños pueden hacerse realidad, aunque “después de despertar se desvanecen y los pierdo”.

 

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