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Entrevistamos a Revinientes (Agustín Fernández Mallo y Pilar Rubí)

Faltan palabras para presentar a un escritor de amplio alcance como Agustín Fernández Mallo, una de las voces más exigentes de la narrativa española; quien acuñó el término de poesía postpoética y nos cautivo con el proyecto que terminó convirtiéndose en la trilogía de la Nocilla.

Autor multipremiado, con muchos otros hitos como El libro de todos los amores o el más reciente Madre de corazón atómico, comparte su oficio con Revinientes, proyecto sonoro junto a Pilar Rubí. Una ampliación de sensibilidades compartidas, que hasta la fecha nos ha dejado tres discos.

El dúo deja claro que este es un proyecto low-fi que nunca llegará al directo y solo emite desde la cueva en la que crean su música. Una música rica en matices e influencias, con una lírica que viniendo de donde viene tiene una profundidad manifiesta.

Aprovechamos la ocasión para charlar con Agustín y Pilar para ahondar en las motivaciones de Revinientes, un eco sonoro sin objetivo comercial, pero sí expresivo.

«El músico que experimenta, de algún modo está muriendo y resucitando en cada una de las etapas de su carrera»

Agustín, vienes de la literatura y eres físico de formación. Pilar, eres comisaria de arte y gestora cultural en Es Baluard. ¿Cómo se cruzan vuestros mundos profesionales en Revinientes? ¿Pensáis la música desde lugares distintos a los de los músicos convencionales?

Pues, la verdad, no estamos seguros, pero lo que sí sabemos es que tanto el uno como el otro en sus diferentes prácticas literario/artísticas sentimos afecto por lo experimental, lo vanguardista, y seguramente ese espíritu se vea reflejado en Revinientes. El cómo se vea reflejado y si gusta o no ya es otra cuestión, pero seguro que esa pasión por ampliar nuestro pequeño mundo conocido, está ahí, en nuestras canciones, las cuales creemos que nacen de una libertad estética y de cierto pragmatismo sonoro: si lo creemos pertinente, no nos importa que a un fraseo punk le sigan unos acordes medievalistas u otros de música ligera. Nos gusta el error ligero, el leve ruido, lo que parece que no está afinado, o que no encaja pero luego sí, desarrollar armonías complejas pero dúctiles al oído. Por supuesto, todo ello ha de tener un sentido global para nosotros. Después, cada uno viene de su propio lugar y tiene sus referencias, que son compartidas, aunque no siempre, y con diferentes pesos. Por nuestras profesiones, nos salen cosas que claramente dan vueltas a cuestiones artísticas y literarias. El rollo arty, está ahí, es inevitable. Por último, hay que decir que lo hacemos para pasarlo bien, ante todo, un experimento de pareja. Lo hemos dicho en algún otro lugar, nada hay más bello y terrible, extraño e infinito que el domicilio conyugal.

El nombre del proyecto remite a la serie Les Revenants, con música de Mogwai y guion de Emmanuel Carrère. ¿Qué os atrae de esa idea del retorno de los muertos, de lo que vuelve transformado, y cómo se manifiesta en vuestra música?

Pues, ante todo, el asunto de la resurrección es tan eterno como el humano mismo; no en vano, si como dice uno de los fundadores de la filosofía occidental -la nuestra-, no te bañarás dos veces en las mismas aguas, entonces los humanos estamos muriendo y resucitando a cada instante. Y, si te fijas, eso es una forma de experimentalismo. El músico que experimenta, de algún modo está muriendo y resucitando en cada una de las etapas de su carrera, o incluso disco a disco. Pot ejemplo, hace pocos días alucinábamos con el arrojo de Stevie Wonder en La vida secreta de las plantas, pero piensa también en el caso paradigmático de Frank Zappa, o Eno y Bowie. De algún modo son grandes faros que murieron y resucitaron muchas veces, son guías, no en cuanto al sonido en sí -o no necesariamente-, sino a la filosofía a la hora de crear. En una de nuestras primeras canciones, De Eón en Eón, hay una estrofa que dice: “los muertos se enrollan entre ellos (…), el coito es el único instante en el que todos somos médiums.”, y ahí está también la idea de que lo que resucita vuelve para ver las otras caras del mundo, las diferentes caras B de la realidad.

Nos gusta la idea del retorno de los muertos como jamás lo hubiesen pensado: con mucha hambre de comida y de vida, como en la serie Les Revenants. Nuestras canciones nunca siguen como esperas y aparecen desarrolladas como no habías pensado que continuasen. Y la verdad es que esto es espontáneo, nos salen así.

Desde el inicio habéis sido muy claros: no actuáis en directo, sólo emitís desde vuestra «cueva» o «laboratorio doméstico». En una época donde el directo es casi obligatorio para cualquier proyecto musical, ¿qué representa para vosotros esta decisión de manteneros en la dimensión compositiva?

Aquí entran muchas cosas en juego. La primera es que nuestra pretensión es doméstica, crear desde nuestra casa, hablar de nuestras cosas, y por ello creemos que lo ideal es este formato. Por otra parte, cada uno tiene su profesión y no queremos profesionalizarnos en la música. No aspiramos a vivir de ella, solamente exponemos lo que hacemos. Y luego está el hecho de que disfrutamos con la composición en sí. Eso es todo un debate que remonta siglos: qué es la música, ¿lo que se compone o lo que se interpreta en directo?, ¿o las dos cosas? Nosotros creemos que las dos cosas son música en diferentes estados y formas. Bien visto, se trata del mismo debate que ocurre en la literatura: la oralidad -es decir el recitado en vivo- versus la escritura. En mi caso (aquí habla Agustín), como escritor, prefiero la escritura a la oralidad, es decir, prefiero la composición de un texto que luego es leído en soledad y en silencio. Ya sé que no es lo mismo, pero lo de componer música sólo para ser grabada es algo parecido, ya que la música, al componerla y grabarla, queda entonces “escrita”. En realidad, la diferencia entre la música clásica y la popular es que la primera está creada para ser leída -partitura- y la segunda no. Por otra parte, en un mundo en que hay tanto ruido, nos resulta pertinentemente romántico y un tanto felizmente quijotesco crear una explosión silenciosa que cada cual pueda escuchar en su intimidad, si así lo desea. En ese sentido, no aspiramos a más.

En un momento en que la inteligencia artificial, la hiperproducción y la aceleración dominan muchos discursos culturales, ¿qué lugar ocupa un proyecto artesanal, doméstico y sin fines comerciales como Revinientes?

Es un poco lo que estamos comentando, en un tiempo de ruido e inflación de sonidos humanos y no humanos, un tiempo de inflación de producciones rápidas y fáciles, un tiempo en el que con más frecuencia las herramientas tecnológicas no son usadas para hacer avanzar a la música sino para hacer creer que algo es lo que no es, en tiempos en los que lo primero que hace mucha gente, incluso sin tener obra mínimamente desarrollada ni tener “contenido”, es, irónicamente, contratar a un community manager y a un creador de contenido (sic), en tiempos así, nos apetece apostar por algo que diga: “sabemos que no vamos  a cambiar el mundo, sabemos que nos so os nadie, pero las cosas pueden hacerse también de este modo”.

En vuestras letras habláis de conceptos como los eones (etapas históricas), el amor como fundación de mundos propios, la construcción de un «imperio» de dos personas. ¿Cómo se relacionan estos temas con el momento que estamos viviendo? ¿Hay una crítica o una huida del mundo contemporáneo?

Si hablamos de la sociedad en general, no es tanto una crítica, no hacemos una música explícitamente reivindicativa, es más una actitud general ante el entorno, una interacción que viene a decir que las pequeñas cosas son muy importantes para cambiar la grandes. Pequeños gestos de amor doméstico, traducidos en canción, y que luego puedan ser escuchados en cualquier otra parte, provocando, aunque sea infinitesimalmente, que un día en la vida de alguien se vea un poco modificado, o a crear una sensación y, con ello, una reacción en una persona que ni hemos visto ni jamás veremos. Eso ya nos parece un milagro. En tiempos de superproducciones hay algo implícitamente subversivo en el hecho de, con tan poco, conseguir tanto. No olvidemos que ambos, aunque, como hemos dicho, bebamos de músicas y estilos de toda clase, popular y culta, nuestra base anímica, nuestra matriz en cuanto a filosofía viene del underground, con todo lo que ello implica, el DIY, el “hacerlo tú mismo” y con los mínimos elementos posibles.

«Nada hay más bello y terrible, extraño e infinito que el domicilio conyugal»

Tras «Sobre estas bases sentaremos los cimientos de nuestro imperio» y «Nosotros queremos realizar el arte y destruirlo al mismo tiempo» llega «El último Reino», canciones compuestas y grabadas a lo largo de dos años. ¿Cómo convivieron el paso del tiempo y la coherencia del disco durante ese proceso largo y fragmentado?

Pues ahí has dado en un punto clave, y difícil de resolver. Ocurre que como no tenemos presión para acabar el disco, ni de discográfica ni de fans, ni de nada, vamos haciéndolo en casa, a nuestro aire. Esto, que es muy atractivo, también ambos sabemos que es peligroso, porque si no pones puertas al campo, el campo termina por desparramarse, se te va de las manos, como una lava que sin nada que la detenga ni le dé forma corre montaña abajo. Pero no queremos renunciar a esa libertad temporal, de modo que lo que hay que buscar es la unidad en determinadas bases de sonido, en este caso creemos que son las guitarras, el modo en que están utilizadas las diferentes distorsiones, así como el sonido de las percusiones y batería, que se mantienen. Por lo demás, sí, es un disco bastante dispar en cuanto a los temas tratados, pero todos tienen algo en común, que sería cierta filosofía que desde dentro las anima y una composición más accesible, quizás algo más amable que los dos anteriores. En general, en una misma canción, nos atrae mezclar líneas sonoras dark y monódicas, casi monocordes, con otras más coloridas, casi pop.

El título del álbum procede de un libro de Pascal Quignard. ¿Qué resonancias conceptuales o emocionales encontrasteis en esa idea de “último reino” y cómo dialoga con las canciones que lo componen?

A eso vamos, bueno, interpretamos el Último Reino como un lugar en el que los cuerpos se encuentran con las almas, un lugar donde cada cuerpo se haría perfecto porque se uniría con sus propios sueños, la perfecta unión de la materia y del espíritu. Cada persona interpretará El último Reino de un modo diferente. Para unos, puede ser el Paraíso Final, para otros el Edén, para otros, la mejor fiesta de su vida y para otros el instante en el que les dijeron que habían aprobado las oposiciones a Abogado del Estado? Para nosotros, El Último Reino se halla en la perfecta, aunque siempre utópica, unión de dos cuerpos, sin más.

Vuestra música ha sido descrita como una «red de ideas que proceden de muchos lugares». En el segundo disco mencionasteis referencias como Décima Víctima, Can, Raincoats, Arto Lindsay, Laurie Anderson, Young Marble Giants e incluso películas como «El Mago de Oz» o «Hanging Rock». ¿Cuáles han sido las referencias culturales, musicales o cinematográficas que han alimentado «El último Reino»?

Es que, en cuanto a influencias musicales, tenemos más o menos las mismas, por eso no las hemos especificado. Como todo el mundo, trabajamos sobre una base que es nuestra formación musical, y eso siempre está ahí. Para este disco en concreto, rondaban mucho por nuestra casa las canciones de Low, Sparklehorse, los eternos Golpes Bajos u Ornette Coleman, aunque yo (habla Pilar) siempre tengo en mente a Electrelane y Broadcast, y yo, (habla Agustín), siempre tengo en mi cabeza a músicos como Milton Nascimento o Zappa o Pat Metheny.

Las tres fases del proyecto están muy bien delimitadas temporal y conceptualmente. ¿Pensáis Revinientes como una obra abierta y potencialmente infinita, o existe una idea de final?

En principio, continuamos. De hecho, estamos trabajando ya en una nueva colección de canciones.

Escucha los discos de Revinientes, en su web.

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