Los Estanques & El Canijo de Jerez (Sala But – Inverfest) Madrid 15/01/26
La libertad creativa suele aparecer en los textos sobre música como una palabra comodín. Se utiliza cuando faltan palabras mejores. Un lugar común al que recurrimos en muchas ocasiones para explicar, o rodear, lo que sucede encima de un escenario. Lo interesante de la alianza entre El Canijo de Jerez y Los Estanques es que aquí la libertad creativa no se enuncia: se da por hecha. No es un objetivo ni una conquista, sino una condición previa. Un punto de partida. A partir de ahí, todo se entiende mejor.
¿Y cómo se come uno eso? Hay formaciones que alcanzan esa libertad a través del ensayo, de las canciones, de la melodía, de salirse poco a poco del molde. Otras lo hacen porque ya cuentan con una carrera consolidada y el suficiente poder simbólico como para permitirse, por ejemplo, no tocar su particular “Creep”. En el caso de esta alianza, lo que manda es el disfrute personal. Un vitalismo escénico que se transmite al público casi sin esfuerzo. Cuando se abre el telón y aparecen estos seis tipos sobre el escenario, queda claro que, por encima de la repercusión, la venta de entradas o incluso las propias canciones, están ahí porque se lo están pasando bien. Y si no fuera así, seguramente estarían en otro lugar. Probablemente cerca de la playa o en algún valle pasiego.

Nada de esto nace de la nada. Detrás hay trayectorias que confluyen con naturalidad en Lágrimas de plomo fundido, un disco que defiendo, tanto en público como en privado, como uno de los mejores de la cosecha de 2025. El Canijo, con todo lo aprendido junto a Los Delinqüentes, el G5 y su camino en solitario; Íñigo Bregel y la cuadrilla de Los Estanques, expertos en convertir la rareza en un lenguaje propio. Cuando ese bagaje se cruza, todo resulta más sencillo de lo que puede parecer a priori. No hay sensación de proyecto diseñado al milímetro ni de encuentro calculado: lo que ocurre responde más a una afinidad ética que a una idea estática.
A partir de ahí, todo puede pasar. Y pasa. El concierto se mueve en esa lógica inestable donde puede parecer que nada termina de encajar y, sin embargo, todo funciona. Un caos controlado. O mejor: un caos feliz. Se lo pasan bien. Se nota. Y eso lo ordena todo. La teatralidad aparece en las composiciones y en las formas, pero no hay máscaras. No hay personajes. No hay representaciones. Son ellos. Tal cual. Y desde ahí nos arrastran a un carnaval extraño, mitad garrapatero, mitad rock progresivo, donde la norma no existe y la canción se permite torcerse, estirarse y mutar.

Desde ese lugar, todo se vuelve posible. De repente puede aparecer Kike Babas recitando un soneto; el backliner, guitarra al cuello, salir por bulerías entre vítores; David “El Indio” (Vetusta Morla) asoma entre el público, recibe una pandereta y sube al escenario; Tomasito decide sumarse y se le da un micrófono. Sucede así, sin anuncio. Como si el concierto no respondiera a un guion previo, sino a una cadena de impulsos compartidos, a una lógica interna que solo se puede realizar cuando no existen ni los egos ni las posiciones
En términos estrictamente musicales, el concierto en la Sala But (originalmente previsto en La Riviera) supuso la verdadera puerta de entrada de la gira en Madrid, una gira que está recorriendo otras ciudades bajo la misma lógica. Para quienes pudimos ver su primera toma de contacto en las fiestas de la Hispanidad, aquí se corrigió todo lo que allí había fallado: un sonido bajo, un ambiente menos cercano. Esta vez, todo funcionó. El sonido estuvo a la altura y el resultado, sólido. Y se agradeció. Mucho.

Entre bromas, chascarrillos y abrazos, las canciones de Lágrimas de Plomo Fundido demostraron su peso en directo. Algunas como “Ciclo vital”, “Fumata grupal” o, sobre todo, “Estamos listos para golpear” ya se sienten como clásicos añejos. También brillaron las piezas con un aire más flamenco, como “La llave secreta del bazar” o “Mi despedida”, estas últimas con un Víctor Iniesta especialmente inspirado. En esta última, un solo que transitó de Triana a Albéniz y a “La leyenda del tiempo” de Camarón se convirtió en uno de los puntos más altos del concierto,
Otro de los grandes momentos de la noche llegó con “Luna, tú me llevas”, donde el colectivo se acerca al sonido de Caño Roto. Un auténtico cañón en directo que terminó desembocando en una versión de “Son ilusiones” de Los Chichos. Probablemente, el momento más alto del concierto.

El show arrancó pasadas las nueve de la noche y se extendió durante casi dos horas. Y, pese a la locura general, se podía distinguir claramente un concierto en dos actos. La primera parte estuvo orientada a presentar el proyecto; la segunda, ya en el bis, se convirtió en un carnaval. Y qué carnaval. En esa segunda mitad surgió algo que no se puede ensayar: la sensación de estar asistiendo a algo vivo, en movimiento, lejos del formato de gira cerrada o del repertorio intocable. Ahí se dejaba ver aún más la actitud vitalista de la banda, y cómo esta nueva formación suma mucho más que los nombres de sus partes individuales.
Canciones históricas de Los Delinqüentes como “A la luz del Lorenzo” se mezclaron con temas de Los Estanques como “La aguja” o “Mr. Clack”, además de “Volar sin alas” del Canijo, con fragmentos de “Hey Jude” incluidos. Todo ello pasado por un filtro libertino, plagado de extensiones y solos. Desde Íñigo Bregel comandando las teclas hasta Andrea Conti aporreando la batería sin concesiones. El final, como no podía ser de otra manera, llegó con el himno de Los Estanques, “Soy español, pero tengo un kebab”, y un pitido ensordecedor que, sinceramente, por la salud auditiva de los presentes, quizá convendría empezar a limitar.

Al final, lo que dejó la noche no fue tanto un listado de canciones memorables como una certeza: hay proyectos que funcionan porque comparten una misma forma de estar en la música, aunque en la superficie parezcan diferentes. Los Estanques y El Canijo de Jerez se relacionan con el presente sin cinismo. Sin impostura. Sin cálculo. Y eso, en un tiempo donde casi todo parece responder a una estrategia, no es poco. Es livertad. Con v de victoria.
Fotos Los Estanques & El Canijo de Jerez: Víctor Terrazas

