El periodista Nando Cruz, autor del obligado Pequeño circo: historia oral del indie en España, acaba de publicar el libro Macrofestivales: el agujero negro de la música (Península, 2023), una obra que pone frente al espejo el modelo de negocio de los grandes eventos musicales de este país.
Un interesante ensayo que levanta alfombras para descubrir que no es oro todo lo que reluce debajo de muchos modélicos festivales construidos con el apoyo de grandes fondos de inversión. Espacios idealizados en los que la música cada vez es menos importante, donde prima la experiencia tiktokizante de muchos de sus visitantes que llegan a ellos como a parques de atracciones donde poder hacerse la foto.
Como comenta su hoja de promo: «Los grandes festivales se han convertido en un fenómeno que trasciende la propia música, cuando no contribuye directamente a su estrangulamiento». Hablamos con su autor para ahondar en lo que denuncia en sus páginas.
«En España, las bandas post-Vetusta Morla diseñan su estilo y repertorio pensando en encajar lo mejor posible en un contexto festivalero»
Primero te quería preguntar cómo surge la idea de hacer un ensayo sobre algo tan goloso, a nivel institucional, político y económico, como son los macrofestivales.
Llevo años escribiendo sobre macrofestivales en diferentes medios y cada vez desde una perspectiva más crítica y amplia, pero nunca se me había ocurrido ordenar todos esos argumentos y opiniones. Fue una propuesta de la editorial que, en plena pandemia, la verdad, no tenía mucho sentido. Pero cuando el mundo volvió a la normalidad, empezó la temporada festivalera de 2022 y vimos que la primera noche del Primavera Sound tantísima gente decía que no volvería nunca más allí porque se había sentido tratada muy mal pensamos que sí, que era el momento de ponerse manos a la obra. Ya no solo se quejaban de los macrofestivales personas que en realidad nunca habían estado en uno o hacía tiempo que habían dejado de ir, sino el público festivalero. De algún modo, intuimos que incluso entre los asiduos a estos eventos podría haber gente interesada en saber por qué este tipo de espacios son cada vez más incómodos e incluso hostiles para los melómanos.
Uno de los aspectos que siempre me han llamado la atención de este tipo de eventos es la opacidad que siempre ha existido alrededor de ellos, como si nadie tuviera que rendir cuentas. ¿A qué crees que es debido?
A la dejadez de funciones de la administración. Se entrega dinero público a estos macroeventos pero no se les fiscaliza lo suficiente. Apenas hay inspecciones laborales para ver en qué condiciones trabaja la gente. Los consumidores están totalmente a merced de lo que quiera hacer con ellos la empresa que organiza el festival: cobrar precios indecentes por la cerveza, impedir que recuperen el dinero que pagaron por el vaso reutilizable, prohibirles entrar comida en el recinto, cobrarles si quieren salir a comprar algo fuera… Ni siquiera se vela por la dignidad laboral de muchos de los músicos de la parte media o baja de la tabla.
Defines los macrofestivales como experiencias parecidas a resorts de lujo. La música es cada vez menos importante en un macrofestival. ¿Qué diferencias detectas entre tus primeros escarceos en un Reading o en un PS y los actuales?
Es normal e incluso saludable que en un festival coincida gente muy apasionada por la música con otra que simplemente va por curiosidad. Nadie nace enseñado y estos festivales pueden ser el rito de iniciación para mucha gente que con el tiempo se apasione por determinados grupos. El problema llega cuando el porcentaje de curiosos o de gente que simplemente está en el festival por estar supera al de los verdaderos melómanos. Pero, claro, la única forma de que un macrofestival siga creciendo en un país donde no hay tanta gente interesada en la música es atraer a otros tipos de público. De hecho, creo que un macrofestival hoy por hoy es mucho más atractivo para gente a la que no le interesa especialmente la música que para los que van solo por la música y tienen que sufrir numerosas incomodidades para escuchar a sus grupos favoritos. Tremenda paradoja, que un macrofestival de música ahuyente cada vez a más melómanos.
¿De qué forma está afectando a la red de salas de conciertos?
Las salas de conciertos ya solo pueden programar lo que no quieren los festivales. Su capacidad de maniobra es cada vez menor y, por lo tanto, la mayoría han dejado de ser espacios de prescripción musical para limitarse a ser espacios de alquiler para los grupos que puedan o quieran pagar por subir al escenario esperando recuperar la inversión en la taquilla. No creo que los festivales hayan generado más público de salas. Creo que los festivales generan público de festivales. La prueba es que 25 años después de los primeros macrofestivales, el circuito de salas español sigue siendo bastante famélico fuera de las grandes capitales culturales.
¿Qué tipo de presiones está dispuesto a ejercer un evento tipo Primavera Sound, FIB, Mad Cool para seguir con su hegemonía?
Cada cual tendrá su estrategia, pero el de los macrofestivales es un sector, como tantos otros en este contexto de canibalismo empresarial capitalista, que tiende a la homogeneización y a la concentración de poder. Desde España nos parecen grandes empresas, pero a al mismo tiempo son pequeñas fichas de un tablero a escala mundial: el de las multinacionales del ocio y los fondos inversores. Los tres que mencionas están en manos de The Yucaipa Companies, Live Nation y Providence Equity, respectivamente. Y estas tres macroestructuras dominan a su vez decenas de macrofestivales a lo largo y ancho del planeta.

El capítulo dedicado a la precarización laboral en estos entornos es descorazonador, salvo alguna excepción como el CanelaParty por ejemplo. Las redes sociales han servido para denunciar muchas de estas injusticias a través de grupos de WhatsApp, Tiktok, etc. aunque las Administraciones siguen mirando hacia otro lado…
Así es. Las redes sirven para idealizar estos espacios tan problemáticos como para denunciar las tropelías que se cometen contra trabajadores y consumidores. Por suerte, estamos en un momento en que estas denuncias ya no se quedan solo en las redes, sino que cada vez más medios de comunicación se hacen eco de estas quejas. Ya solo falta que las administraciones sean conscientes de la situación y asuman su responsabilidad. No puede ser que protejan siempre al empresario y no defiendan al contribuyente.
Los macrofestivales parecen un reducto a la nostalgia a la que es difícil escapar. Dice el autor Gafton Tanner en su libro Las horas han perdido su reloj que “suponer que todos somos páginas en blanco en las que la industria de la nostalgia puede inscribir su propaganda es tanto obviar nuestra capacidad interpretativa” ¿Crees que los organizadores de estos eventos subestiman al oyente, o crees que los músicos que integran estos carteles que se repiten son tratados como meros objetos museísticos?
Hay macrofestivales de todo tipo en España. Los que más llaman la atención a los melómanos de edad avanzada tienen en la nostalgia un gancho evidente: sean de indie, heavy, power pop, blues o electrónica viejuna. Pero en España está creciendo de forma imparable otro perfil de festival para un público más joven y con menos dinero para gastar. Pienso en Arenal Sound, Medusa Sunbeach, Puro Latino y todas las franquicias del Reggaeton Beach Festival. En todos estos macrofestivales la nostalgia no es tan predominante. Son festivales que viven del presente.
El mercado de cachés está por las nubes y parece que no haya vuelta atrás.
No la hay porque cuanto más grandes son los macrofestivales, necesitan artistas más grandes para garantizar la venta de abonos. Y en el mundo ya hay muchos más macrofestivales que grupos capaces de llenarlos, con lo cual la ley de oferta y demanda favorece a los agentes de estas bandas. De todos modos, el problema es que ese aumento de cachés ya no solo afecta a los cabezas de cartel, sino también a los grupos internacionales medianos e incluso pequeños. Y esos precios ya solo los pueden pagar los macrofestivales, de modo que los festivales medianos y pequeños lo tienen cada vez más crudo para montar carteles atractivos a precios razonables. El ejemplo más reciente es el AMFest, que ha decidido desaparecer.
«El de los macrofestivales es un sector, como tantos otros en este contexto de canibalismo empresarial capitalista, que tiende a la homogeneización y a la concentración de poder»
Hablas de un estilo de música festivalera. ¿A qué te refieres y de qué manera a atomizado gran parte del sonido pop-rock actual en España?
Me refiero a esos grupos de estribillos muy coreables (a veces incluso sin letra), cantantes con voz afectada y pose mesiánica, con ritmos de batería bien marcados para que el público dé palmas y guitarras envolventes y nada hirientes al oído. Todas esas bandas post-Vetusta Morla que diseñan su estilo y repertorio pensando en encajar lo mejor posible en un contexto festivalero. ¡A veces, incluso con letras que evocan ese ambiente festivalero! Es un sonido ganador que ha encajado como guante de seda en los carteles de festivales. ¡Cómo no! Fue diseñado a tal efecto.
Qué piensas del déficit de políticas destinadas a la gestión y promoción de la cultura alrededor de estos macrofestivales. Estoy pensando en el caso que comentas de La Mina, y toda la lucha por sacar adelante su festival de cante.
Pienso que la cultura es un derecho, que todas las personas deben tener acceso a ella y que la obligación de las administraciones es garantizar ese acceso. Pienso que los macrofestivales no garantizan ese derecho porque en muchos casos los precios son inasumibles y porque muchos están orientados a un mismo tipo de público y de música. El estado debería llegar allí donde la empresa privada no llega y no alimentar con subvenciones a empresas privadas que ya son solventes y que solo se dirigen a un público de alto poder adquisitivo que, a menudo, ya tiene sus necesidades culturales cubiertas. Es tremendamente injusto que pequeñas asociaciones de toda la geografía tengan que mendigar cinco o quince mil euros mientras en otros despachos se conceden subvenciones millonarias a macrofestivales. Todo eso pasa también porque desde la administración se tiende a ver estos grandes eventos como una máquina de generar dinero y turismo. Ese es para mí el gran problema: entender la cultura sólo como una actividad que genera reservas de hoteles y gasto en restaurantes. La cultura tiene muchas otras potencialidades: nos ayuda a conocernos a nosotros mismos, nos ayuda a conocer otras personas y derribar recelos ante al diferente, a desarrollar un espíritu crítico, a desahogarnos…
¿Es posible pensar en un tipo de macrofestival más sostenible y respetuoso a todos los niveles? ¿El desgaste de este modelo es un hecho?
La idea de macrofestival sostenible es una contradicción en sí misma. Eso no existe. Y menos, en un contexto capitalista que empuja a cualquier empresa festivalera a crecer cada año un poco más para poder garantizar su subsistencia y no ser engullida por sus competidores. Más inversión, más escenarios, más grupos, más público, más metros de recinto, más anunciantes, más subvención, más escenarios, más público, más grupos… Es un bucle infinito y cada vez más insatisfactorio. Solo decreciendo podrían ser entornos más amables con el público, con el entorno y con la música misma. Solo decreciendo y cooperando entre sí. Pero decrecimiento y cooperación son palabras que apenas existen en el lenguaje macrofestivalero.
Puedes comprar el libro: Macrofestivales: el agujero negro de la música de Nando Cruz (Península) en la web de su editorial.





















