Bowie, ¿a dónde vamos ahora?

News guy wept and told us
he said Earth was really dying
Cried so much his face was wet
then I knew he was not lying

(«Five years», Ziggy Stardust, 1972)

El domingo por la noche me acosté escuchando Blackstar, el recién estrenado álbum de David Bowie. Llevaba toda la semana muy emocionado con el nuevo disco, y también bastante acongojado ante la perspectiva de escribir la crítica. De hecho, el fin de semana estuve cambiando impresiones con mucha gente en las redes sociales y me asombraba la cantidad de opiniones diferentes que generaban las nuevas canciones, las distintas interpretaciones que de ellas se estaban haciendo. Lo que para algunos era un brillante resumen de una carrera, a otros nos parecía que abría nuevas e ilusionantes puertas; lo que unos interpretaban como aceptación de la vejez, otros lo hacían como un nuevo y excitante destello de genialidad, reflejo de una férrea voluntad por seguir avanzando a pesar de la edad, por no repetirse, por volver a sorprendernos. Ante un álbum tan críptico cualquiera puede llegar a sus propias conclusiones, pensé, y además con Bowie nunca está uno seguro de cuál puede ser la correcta. Esa es una de las cualidades que lo hacían tan grande, que hacían tan impresionantes sus mejores discos y canciones. Bowie no nos hablaba a nadie y nos hablaba a todos los que quisiéramos escuchar, pero cada uno de nosotros tenía que reconstruir el mensaje y adaptarlo para sí mismo. Yo me dormí intentando desentrañar los secretos de Blackstar, y recuerdo como sonaba en mi cabeza la última canción mientras mis ojos se cerraban…»I can’t give away…I can’t give everything away…» ¿No nos lo puede dar todo? ¿No nos lo puede revelar todo?

A la mañana siguiente, lunes, el despertador sonó a las 7, como de costumbre. Después de llevar a mi hijo al instituto volví a casa y sentí la irrefrenable necesidad de volver a escuchar Blackstar, pero empezando desde el final. Quería volver a escuchar «I can’t give everything away», necesitaba empezar justo donde me quedé la noche anterior, intentar recuperar los pedazos de esa canción que se desintegraba en mi subconsciente mientras yo me iba entregando al sueño. En ello estaba, tumbado en la cama y medio a oscuras, cuando mi compañero Manuel me mandó un mensaje por Facebook: «ha muerto David Bowie«.

 

Planet Earth is blue
And there’s nothing I can do

(«Space oddity», 1969)

Mi primera reacción fue de estupor, que inmediatamente convertí en un tranquilizante escepticismo. Seguro que era un fake, alguien que se quería aprovechar de que Bowie volvía a estar en el candelero para sacarse unos cuantos miles de visitas. No sería la primera vez: el número de famosos asesinados por las redes sociales en los últimos años es abrumador, y alguno de ellos varias veces. Menuda broma pesada. Me dispuse a desmontarla abriendo el buscador, tecleando «Bowie» y seleccionando la pestaña de «últimas 24 horas». El corazón se me heló al ver que sí, que gran cantidad de medios serios se estaban haciendo ya eco de la noticia. Mi vista no podía apartarse de la pantalla. ¿En serio? Me aferraba todavía a la remota posibilidad: quizás todos esos medios habían sido victimas del engaño. Era posible. Debía serlo. Pensar lo contrario me resultaba insoportable, así que no me quedaba más remedio. ¿Todos? ¿Cómo iban a estar todos equivocados? Actualizaba una y otra vez el navegador en busca de la noticia más deseada, la que me confirmara que todo había sido una gran e inoportuna broma de alguien que había llegado demasiado lejos sin que nadie lo desmintiera oficialmente. Entonces me encontré con la confirmación oficial, de gente del entorno de Bowie, pero en el sentido contrario al que yo deseaba. Con un nudo en la garganta, cogí mi móvil y nerviosamente busqué el contacto de uno de mis mejores amigos, sin ninguna duda el mayor fan de Bowie que conozco en persona. No me dio tiempo, llegó antes su mensaje: «¡¡Ha muerto Bowie!!».

 

So how could they know?
I said, how could they know?

(«Rebel, rebel», Diamond Dogs, 1974)

Mi amistad con J. se remonta a nuestra infancia. Él venía de la ciudad a pasar los fines de semana al pueblo, y pronto congeniamos. Poco a poco nos dimos cuenta de que compartíamos dos aficiones importantes a esas edades: los cómics de la Marvel y la música. Gracias a él descubrí mucha música a la que en nuestro pequeño pueblo no teníamos acceso, y pronto empezamos a compartir discos, cintas y gustos musicales: la Electric Light Orchestra, Adam and the Ants, los Bee Gees… Con el paso del tiempo unas influencias se marcharon y otras ocuparon su lugar, pero siempre hubo un ídolo compartido de manera invariable: David Bowie. Yo lo había descubierto con el vídeo de «Ashes to ashes» y me quedé prendado. No recuerdo si alguna vez hablamos de cómo lo descubrió J., pero tampoco importa demasiado. Lo que importa es que nuestra amistad, que dura ya cuatro décadas, está salpicada de encuentros compartidos con Bowie: la cinta que me grabó con sus mejores canciones y que me hizo interesarme por sus discos de los 70; el día en que me descubrió una versión de «Space Oddity», en italiano, que rápidamente quise compartir con la que hoy es mi mujer; nuestra primera y última visita a un karaoke, donde él y su entonces novia cantaron a dúo una enorme y muy sentida «Rebel, rebel»; los DVDs y vídeos que vimos en su casa, los discos que escuchamos juntos y los momentos intentando sacar a la guitarra los acordes de «Space Oddity»; la Nochevieja en que le regalé un CD con versiones de temas de Bowie que había ido recopilando pacientemente de aquí y de allá… Un regalo que me devolvió con creces un día en el que me quedé mirando con envidia su colección de vinilos y me puse a manosear el de Heroes. «¿Lo quieres? Llévatelo, lo tengo repetido«, me dijo. Cuando se casó, me hizo el honor de poner en mis manos todo el hilo musical del banquete. Sonó Bowie, claro.

Una de nuestras últimas experiencias musicales compartidas  fue un concierto-tributo a Bowie que se organizó en Valencia, con un montón de músicos y cantantes que pasaron por el escenario para hacer un homenaje a nuestro artista favorito y que en su momento reseñé aquí. A falta de poder ver a Bowie en directo juntos, pensamos que sería una buena idea asistir a una velada sin más pretensiones que pasar un buen rato escuchando versiones en directo de nuestro ídolo. Lo cierto es que lo pasamos genial, y seguro que ambos, aunque no lo dijimos, salimos de allí pensando que quizás, sólo quizás, hubiese una última y remota posibilidad de que Bowie volviera a girar, pasara por España y pudiéramos disfrutar de la experiencia genuina de verlo en directo, aunque la verdad es que salimos muy satisfechos de aquel homenaje. Aunque sabíamos que era complicado, prácticamente imposible, lo cierto es que es duro hacerse a la idea de que ahora, ya definitivamente, nunca va a poder ser.

 

He took it all too far
But boy could he play guitar

(«Ziggy Stardust», 1972)

La semana pasada me piqué con un amigo en Facebook para confeccionar una lista con nuestros 100 artistas favoritos. No tuve que pensar mucho para asignar la primera posición. Me sorprendió mucho esa seguridad a la hora de poner de número 1 a Bowie. A lo largo de mi vida he tenido muchos artistas favoritos: Bruce Springsteen, The Jam, Police, Supertramp, Frank Sinatra… Sin embargo, tal como comenté en un texto que escribí hace un mes en la excelente revista cultural Lecturas Sumergidas, cuando hago balance de toda una vida (cincuenta años cumpliré en abril, ahí es nada) escuchando y viviendo música, es Bowie la presencia que permanece inalterable, siempre ahí, algo más arriba o más abajo, según las épocas, pero imperturbable y firmemente instalado en mi Olimpo musical particular. Lo estaba incluso cuando, en los 90, prácticamente le perdí la pista. Mientras él experimentaba con Tin Machine, yo volvía a los clásicos. Cuando él sacó Black Tie White Noise, supongo que yo estaba descubriendo Young Americans, Diamond DogsStation to Station. Durante su época Buddah of Suburbia no le presté demasiada atención, seguramente ocupado deleitándome con Ziggy Stardust, Hunky Dory o Scary Monsters. De mi letargo me despertó, cómo no, mi buen amigo J. el día que me dijo «toma, hazte una copia«, y me pasó los CDs de Heathen y, si no recuerdo mal, Reality. Aunque no estaban al nivel de sus clásicos de los 70, estaba claro que Bowie seguía en forma y todavía tenía cosas que decir, momentos mágicos que aportar a mi vida.

 

We can beat them, for ever and ever
Oh we can be Heroes,
just for one day

(«Heroes», 1977)

Momentos como los vividos cuando, inesperadamente, Bowie lanzó en 2013 aquel The Next Day que parecía, eso pensé yo, el broche final a toda una carrera. El Gran Duque Blanco, el Alienígena que llegó del espacio para salvar a la Humanidad o condenarse con ella, se revelaba ahora como un hombre mayor, cansado, arrugado, que nos lanzaba su canto del cisne echando una mirada al pasado con melancolía (¡¡por primera vez!!) para recordar aquellos mágicos días de Berlín. Sonaba a despedida, para qué negarlo. Y tal vez lo hubiera sido, quién sabe, aunque la presencia de un tema nuevo como «Sue (or in a season of crime)» en su triple recopilatorio de 2014, Nothing Has Changed, presagiaba que aquel todavía no había sido el último acto del Cracked Actor, de aquel joven al que el gran Lindsay Kemp introdujo en el mundo del mimo y de la expresión corporal, abriéndole los ojos a la importancia de la imagen en la expresión artística en general, y musical en particular. Ahora, a posteriori, entendemos que Blackstar es un regalo que Bowie nos ha hecho antes de partir. Un tesoro preciado construido con mimo, con exquisito gusto y nuevamente con una sorprendente apertura de miras, pero también repleto de pistas, mensajes (ahora no tan) ocultos y reflexiones que, a la luz de su trágica desaparición, cobran unos matices espeluznantes que, seguramente, tardaremos tiempo en poder digerir adecuadamente.

 

Where are we now, where are we now?

As long as there’s sun
As long as there’s sun
As long as there’s rain
As long as there’s rain
As long as there’s fire
As long as there’s fire
As long as there’s me
As long as there’s you

«Where are we now», The Next Day, 2013

Debería haber escrito este texto el mismo lunes, pero no pude. Me pasé el día bloqueado mentalmente. Tuve que ir a trabajar porque, aunque me gustaría vivir en un mundo en el que pudieras llamar al trabajo y decir «lo siento, hoy me quedaré en casa, ha muerto uno de mis ídolos musicales y estoy muy apenado» y a nadie le resultara extraño, lamentablemente ese mundo no existe ni existirá jamás. Suena raro que uno pueda verse afectado de una manera tan brutal por la desaparición de alguien a quien nunca has conocido personalmente, con quien nunca has hablado, que nunca ha tenido ni el más mínimo conocimiento de tu existencia y de quien lo único que te interesa, su música, permanecerá siempre a tu lado. De hecho, David Bowie podría ser un fantasma, una leyenda, alguien que no ha existido jamás, y yo podría perfectamente seguir disfrutando de su presencia, de la magnitud inabarcable de su obra, de su música, de su mensaje. Visto así, hay motivos para ser optimistas: mientras tengamos oídos para escuchar, y oxígeno para respirar, seguiremos gozando y disfrutando de la música. La de ahora, la de antes, la de siempre. Sin preocuparnos de si sus autores viven o no, porque siempre vivirán en sus canciones.

David Robert Jones, nacido en Londres el 8 de enero de 1947, falleció en Nueva York el pasado 10 de enero, apenas un par de días de cumplir los 69 años, víctima de una cruel enfermedad que arrastraba a lo largo del último año y medio. David Bowie, sin embargo, sigue con nosotros, eternamente. Al menos mientras haya Sol, mientras haya lluvia, mientras haya fuego, mientras exista yo, mientras existas tú.

 

I’m screaming that I’m gonna be living on till the end of time
Forever
(«Never get old», Reality, 2003)

bowie1967

 

Look up here, I’m in heaven
I’ve got scars that can’t be seen
I’ve got drama, can’t be stolen
Everybody knows me now

(«Lazarus», 2016)

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