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Lee Fields & The Expressions (Sala 16 Toneladas) València 29/01/26

Poner a pegar botes, como si de una clase de zumba piscinera se tratara, a una audiencia que en su mayoría oscilaba entre los cincuenta y sesenta años bien cumplidos, no es moco de pavo. Y es que Lee Fields y sus Expressions podrán haber visitado tu ciudad (en este caso, Valencia) unas cuantas veces, Lee podrá tirar siempre de los mismos trucos escénicos, su repertorio podrá no haber cambiado en lustros, pero uno nunca, jamás, se cansa uno de verle.

Elmer Lee Fields, un señor de ya 75 años, no ha perdido ni un ápice de su capacidad para encender el escenario. Su voz sigue sonando atronadora, con emoción y modulada, al servicio de un repertorio sobre el que él -y, por supuesto, los excelentes músicos que le acompañan- se mueve como pez en el agua, llevando a su audiencia a todos los lugares que se le antoja. Por algo es Lee Fields, un hombre que se tuvo que trabajarse a base de sangre, sudor y lágrimas el estar hoy ahí. Un tipo cuya carrera, tras ser varias veces desahuciada, de repente remontó gracias a unos chavales blancos que creyeron en él. Y él se toma muy en serio su responsabilidad de mantener eso bien arriba.

Se ha convertido en una auténtica institución del soul. Podríamos decir incluso que, tras las muertes de Charles Bradley y Sharon Jones, él es el único que queda en pie con un sello de autenticidad al que, aunque hay músicos jóvenes que también lo hacen muy bien (Jalen Ngonda, por ejemplo), él añade experiencia y una excelente forma, pese a su avanzada edad. Eso convierte cada experiencia en directo con él y sus chicos en un verdadero privilegio, un “yo estuve ahí” en toda regla, que nadie te podrá arrebatar.

Por ello no es de extrañar el sold out de la sala 16 Toneladas de València que se colgaba días antes del evento. La voz ya ha corrido demasiadas veces y toda la afición sabe que esto va a ser imperdible. Y es que no falla, el tío. Tras hacerse algo esperar y la consabida introducción instrumental de la banda, apareció, ataviado con una deslumbrante chaqueta negra con mil lentejuelas y una sonrisa de oreja a oreja con la que preguntaba al personal “are you happy?”.

Pero cómo no vamos a estar “happy”, Lee, si tú traes la alegría del soul a manos llenas. Y es que, ni corto ni perezoso, la emprendió con “You can count on me”, toda una declaración de amor a su público, con ese ritmo funky sincopado con que esta soberbia banda, capitaneada por el genial bajista Benny Trokan, arropaba al vocalista. A los pocos segundos, el público está totalmente rendido a sus encantos. Lee los lleva a todos y cada uno en el bolsillo y de ahí no vamos a salir.

A este fantástico primer número de la noche le siguen otras apuestas seguras: “Work to do”, ese “Ladies” con el que el de Carolina del Norte aprovecha para pegar un buen repaso a todas las mujeres de las primeras filas, dando, eso sí, la enhorabuena a sus acompañantes masculinos. Algo demodé, sí, igual de manido y oxidado que el estar todo el rato (todo el rato) pidiendo al público que de palmas, que ondee sus manos en el aire o incluso de saltos, pero a él le funciona a la perfección. Nadie replica, nadie se queja. Todos felices.

Llega el momento más emotivo de la noche: un “Wish you were here” con la que Lee intenta no romper a llorar, dada la carga emotiva que dice que tiene para él esta canción de deep soul que formaba parte de aquél Faithful Man, uno de sus mejores elepés.  La emoción que desprende aquí es palpable. Puede que algo sobreactuada, pero en absoluto impostada: estamos ante una auténtica representación de lo que el soul debería ser siempre. Pura explosión de emociones a flor de piel. Los vientos y demás arreglos suenan majestuosos. La banda está pletórica y se nota que, pese a todo el camino que llevan recorridos con el cantante, cada noche disfrutan todos de lo lindo.

“Talk to somebody”, “Never be another you”, “My world” o ese “Forever” que alguien, un buen día, decidió colocar en un anuncio de televisión emitido hasta la saciedad y que garantizó a Lee una jubilación dorada, forman una secuencia verdaderamente arrebatadora. De duración no excesivamente generosa, sí, pero con plenitud de entrega. Y eso siempre es más que suficiente. Así, llegamos a los bises y tras otra muestra de la maestría de los Expressions a la hora de elaborar pasajes instrumentales tan paisajísticos como vibrantes, Lee reaparece y se marca un “Honey dove” que nos lleva a todos al cielo. Con un final en plan desiderátum que hace que todos los problemas que cualquiera de los presentes pudiéramos tener no importen lo más mínimo. De nuevo acabamos todos dando botes. Ya hemos hecho el cardio del día. Y es que, con monitores como Lee Fields, no hay cansancio ni edad que valga. Hasta un señor de ochenta años saltaría como un canguro.

Fotos Lee Fields & The Expressions: Susana Godoy

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