San Mamés, año 2084. Olviden el fútbol. Ahora se alza la Catedral del Cálculo, el corazón de una sociedad sometida a la lógica implacable de los algoritmos. Miles de ciudadanos observan en absoluto silencio mientras enjambres de drones patrullan el cielo y una luz verde rasga la oscuridad del estadio. Un zumbido grave satura el ambiente como una interferencia permanente. Las pantallas vomitan consignas, advertencias y mensajes sistemáticos que nos recuerdan exactamente dónde estamos y qué somos.
En la pasarela central, un hombre confinado en una celda aguarda su triste final. Desconocemos sus delitos, pero la sentencia tiene una hora fija e innegociable: las diez en punto. Se rumorea que es el mismo insensato que, horas antes, en los aledaños del estadio, micrófono en mano, se encaramó a la estatua de Iribar para lanzar proclamas de resistencia antes de que los agentes del Nodo Cantábrico lo redujeran con violencia. Él sabía perfectamente cuál sería el precio de su desobediencia y, aun así, decidió seguir adelante Para nosotros, sentados en las gradas, su cautiverio funciona como un recordatorio explícito de la suerte que correríamos si intentáramos imitarle.

Nos movemos entonces en una extraña grieta temporal donde ficción y realidad comienzan a confundirse. El relato nos empuja hacia ese futuro totalitario de 2084, pero nuestros cuerpos siguen atrapados en la noche del sábado 20 de junio de 2026. Una fecha llamada a ocupar un lugar privilegiado en la historia de la música en euskera. Desde primeras horas de la tarde, una riada humana había tomado Licenciado Poza y las calles adyacentes. La experiencia de Mitoaroa III no comenzaba en San Mamés; llevaba horas desplegándose por los aledaños del estadio mediante intervenciones callejeras, personajes infiltrados y pequeñas piezas de teatro inmersivo que convertían la ciudad en una extensión natural del espectáculo. Todo estaba calculado con precisión milimétrica: el final de aquella intervención urbana y el inicio del concierto debían coincidir exactamente con la ejecución pública del prisionero.
Pero entonces ocurrió lo único que no se podía prever. Llovió. Y no una lluvia cinematográfica ni una tormenta diseñada para engrandecer la escena, sino una borrasca de verano capaz de desmontar cualquier planificación. Durante unos minutos, la maquinaria organizada por ZETAK y su equipo quedó suspendida en el vacío. Ni el desfile de artistas invitados, ni el hito histórico de haber agotado dos veces consecutivas las entradas de San Mamés, ni la retransmisión en directo para todo el País Vasco pudieron hacer nada frente a una tormenta que convirtió el estadio en un territorio gobernado por la incertidumbre.

ZETAK y la distopía
La espera se hizo interminable, y fue precisamente ahí donde apareció la genialidad. Lejos de achicarse, las pantallas incorporaron el accidente al propio relato, convirtiendo la tormenta en una incidencia dentro del propio sistema. El prisionero continuaba encerrado bajo el aguacero mientras el estadio entero observaba. Cuando el agua comenzó a caer con demasiada fuerza, los guardias lo retiraron temporalmente hacia el túnel de vestuarios para devolverlo minutos después a su celda, cubierto por una manta térmica plateada que convertía la imagen en algo todavía más grotesco. La realidad había sido completamente devorada por la ficción. Finalmente, casi a las once de la noche, la maquinaria del Estado volvió a ponerse en marcha: ha escampado, el suelo brilla como un espejo bajo los focos y una ráfaga de disparos le arrebata la vida. Bienvenidos a la dictadura algorítmica de Mitoaroa III.
Todo comienza ahí. En esa ejecución. En esa imagen de una sociedad que ha sustituido la memoria por el dato, la comunidad por la eficiencia y la identidad por la obediencia. La tercera entrega de la saga de Pello Reparaz nos traslada a una Euskal Herria distópica integrada en el Nodo Cantábrico, una entidad tecnológica que ha convertido la cultura en un elemento administrable, la diferencia en una anomalía a corregir y al artista, Pello Reparaz, en un simple personaje para entretener a las masas y hacer soportable el la dictadura. Su misión: actuar y sonreír.

El armazón conceptual de la obra bebe de las grandes tradiciones de la ciencia ficción totalitaria, hay ecos de Orwell, destellos del pesimismo de Blade Runner y de los capítulos de Black Mirror, pero reducir Mitoaroa III a una distopía futurista sería quedarse peligrosamente corto. En el fondo, esta historia habla de cómo recordar y, mediante las raíces, construir un futuro habitable. Frente a la vigilancia permanente del sistema, la resistencia emerge desde lugares mucho más antiguos: la lengua, la tradición oral, los rituales populares y el vínculo con la tierra. Allí donde el régimen impone uniformidad, a lo largo de seis capítulos y casi una veintena de canciones, ZETAK reivindica el error, el recuerdo y la comunidad como los últimos refugios de lo humano; el mapa detallado de cómo el artista va encontrando su propia grieta para salir de la Matrix.
No es casualidad que la fuerza antagonista sea la Sare Beltza, una red clandestina dedicada a preservar aquello que el régimen considera inútil: canciones, símbolos y recuerdos que jamás cabrán dentro de una hoja de Excel. Bajo el gigantesco despliegue técnico y la espectacularidad visual, late una pregunta extraordinariamente sencilla, pero profundamente compleja: ¿qué sucede con un pueblo cuando deja de recordar quién es? ¿Qué ocurre cuando la tradición se convierte en una reliquia y la lengua en una molestia?

El momento más crucial del concierto no vino con las canciones, ni las llamaradas, ni con el desfile de invitados. Sucedió en mitad del segundo capítulo, en un silencio sepulcral que encogió el estómago de San Mamés. Dos de los personajes que sostienen el despertar del artista, Libe y Sustrai, discuten sobre las razones de por qué el Árbol de Gernika ha desaparecido bajo el yugo del sistema. Es entonces cuando Pello, quebrado, lanza la pregunta que sostiene toda la angustia de nuestra época: “Y si el árbol cayó, ¿qué queda de todo esto?”.
Un espectáculo con mensaje
La respuesta de los personajes debería grabarse en piedra en cada escuela y en cada trinchera cultural: “Antes de que talaran el árbol, una pequeña red de guardianes consiguió sacar de allí un esqueje. Un pueblo puede debatir sobre sus símbolos, pero no puede quedarse sin ellos. No lo salvó una sigla, ni una estampita, ni una asamblea. Lo salvó una cadena de cuidados. Al principio fue un esqueje, después un brote y ahora… ahora vuelve a ser un árbol”.
Y una historia así, evidentemente, no se podía contar en un formato pequeño. Responder a esa pregunta le llevó a Mitoaroa III tres horas, levantando una de las producciones más ambiciosas, arriesgadas y deslumbrantes que ha conocido la música, ya no solo en el País Vasco sino en todo el Estado, en los últimos años. Es cierto que el metraje podría resultar excesivo, saturado de detalles microscópicos que el espectador corría el riesgo de pasar por alto, o penalizado por un sonido donde los diálogos teatrales estaban mucho más bajos que las canciones, haciendo que en ocasiones fuera difícil seguir el hilo. Igualmente, el hecho de que fuera transmitido en vivo y en directo hacía que, en cortos momentos, el show estuviera más pensado para los espectadores que lo estaban viendo desde el sofá que desde la pista o las gradas.

Aun así, pese a ello, el concierto fue un rotundo éxito. Lo ocurrido en San Mamés trasciende por completo el marco del directo. Ochenta mil personas repartidas en dos noches consecutivas, más de trescientos artistas sobre el escenario y cerca de dos mil trabajadores implicados en un engranaje que convirtió el estadio en una ciudad efímera gobernada por sus propias leyes.
Sobre la pasarela central convivían músicos, actores, bailarines, coros, y criaturas llegadas de un pasado mitológico. Los capítulos de la obra se entrelazaban con el repertorio de sus tres álbumes, desde su debut homónimo hasta Zeinen Ederra Izango Den (20) y el reciente AAZTIYEN (23), dialogando con las voces solemnes de la Sociedad Coral de Bilbao. Uno de los momentos culminantes de este choque de planetas ocurrió nada más empezar, con la colaboración de las gallegas Fillas de Cassandra en “Anguleele”, una irrupción de polifonía y percusión tradicional donde decenas de figuras del imaginario tradicional vasco, navarro y gallego atravesaban el escenario bajo el extraordinario diseño de vestuario de Nerea Torrijos. No había caos; la sensación era la de estar asistiendo a la edificación de un mundo entero.

Ahí reside la verdadera trascendencia de la noche. No en las cifras, sino en cómo canciones como “Errepidean”, “Akelarretan” o “Itzulera” formaban parte del propio guión dramático. La emoción alcanzó cotas históricas cuando el espectáculo emuló aquel mítico derbi de 1976: la aparición en escena de los tótems Iribar y Kortabarria, portando juntos de nuevo la Ikurriña y sumando esta vez la bandera de Navarra, congeló el tiempo en un San Mamés que estallaba con “Aralarko Dama”. La música pop, la electrónica de club y la instrumentación orgánica se fundían así en algo mucho más amplio.
ZETAK y el euskera como lenguaje universal
Entender este show es también entender la insurrección que lleva años transformando el panorama cultural de todo el Estado. Desde Galicia hasta Canarias, pasando por Asturias, Andalucía, Murcia, Cataluña o las Castillas, una nueva generación de creadores ha comenzado a excavar en las capas más profundas de la memoria popular para construir algo radicalmente contemporáneo. Lo que Rodrigo Cuevas hace con la tradición asturiana, Califato ¾ con el legado andaluz, Maestro Espada con la huerta murciana, DelaMeseta con los sonidos castellanos, Baiuca con el imaginario gallego o Marala y Tarta Relena con la polifonía mediterránea catalana responde a una misma intuición: el futuro no siempre se encuentra mirando hacia delante; a veces hay que buscarlo detrás.

Durante demasiado tiempo el dogma centralista nos enseñó que la modernidad consistía en desprenderse de todo aquello que oliera a raíz; que el progreso exigía el sacrificio de las lenguas y los relatos de nuestros abuelos. Que si quieres que tu voz sea escuchada tienes que cantar en castellano. Por eso resulta tan revolucionario comprobar cómo las raíces no eran una cadena, sino una herramienta. Es de levantarse y aplaudir que uno de los discos del año sea el de Fillas de Cassandra y uno de los conciertos históricos de la década sea este de ZETAK. Hace dos décadas habría sido impensable que culturas subyugadas por el rodillo de un sistema central no solo generan identidad propia, sino que ensancharan la riqueza musical de todo el Estado desde su propio hogar.
Pero toda esta catarsis también nos muestra todo lo que queda por aprender. Al volver la mirada hacia la grada, viendo a varias generaciones unidas cantando a pulmón una versión del «Gernikako Arbola» de Iparragirre, justo antes de romper junto al coro en «Zeinen Ederra Izango Den», cuesta no sentir cierta tristeza por el profundo desconocimiento que existe fuera de estos territorios. Qué extraño resulta que en los colegios sigamos aprendiendo de memoria listas de reyes godos, ríos y cordilleras, mientras apenas dedicamos tiempo a comprender la riqueza simbólica, cultural y emocional de los pueblos que comparten este mapa, donde sus culturas continúan siendo, para demasiada gente, geografías invisibles. De ahí, esa importancia en la cadena de cuidados que mencionamos antes, y de ahí, la importancia de conciertos como el de ZETAK. Teatro y concierto. Memoria y electrónica. Aprendizaje y celebración. Durante unas horas, San Mamés dejó de ser un estadio de fútbol para convertirse en un espacio donde imaginar colectivamente otro futuro sin renunciar al pasado.

Esa fue una de las grandes victorias. Incluso tras los pasajes más lúdicos de la noche, como la delirante aparición de Grison metido en un baño haciendo beatbox o Loles León atreviéndose con el euskera,, el tramo final devolvió el artefacto a la tierra. Pello Reparaz apareció de repente en mitad de las gradas, fundido con el público, para lanzar un discurso tan lúcido como necesario: denunció con firmeza el genocidio en Palestina y la ocupación del Sáhara Occidental, habló de las dificultades vitales de su abuela y del orgullo de su madre, y miró fijamente a los futbolistas que ocupaban los palcos del estadio para recordarles que sus palabras, sus formas y sus posicionamientos políticos importan, porque son el espejo de miles de niños y niñas.
ZETAK dejó clara una última premisa antes de que las luces de la Catedral del Cálculo se apagaran definitivamente: no hace falta entender todo para ser parte de algo, pero sí que es necesario querer sentarse a escuchar.
Fotos ZETAK: Vera Novela y Vera Valentín













