Pasa muy a menudo que buena parte del tiempo de un concierto lo inviertes en identificar influencias, o querencias por canciones o estilos musicales de la banda en cuestión. En el caso de los brasileños Papangu lo más sensato es abandonar cualquier intento de esclarecer nada y rendirse a la pregunta “¿Qué demonios está pasando aquí?”
Algo más de un centenar de personas se acercaron el pasado jueves, en pleno mes de agosto, para recibir a los brasileños en otro concierto del ciclo Mad Psych Fest propiciado por Nooirax Producciones. No era una entrada multitudinaria, evidentemente, pero tampoco parecía razonable esperar milagros en una ciudad medio desierta durante estas fechas para una propuesta que es de todo menos asequible para “oídos facilones”
Lo importante fue que Papangu parecieron no darse cuenta. O, mejor aún, no les importó lo más mínimo, tocaron para unas cuantas personas como si delante tuvieran miles. Antes, los madrileños King Fucking Mob abrieron la noche con su particular combinación de stoner instrumental, progresivo y experimentación. Sin necesidad de voces, el cuarteto encontró en la incorporación del violín a buena parte del repertorio un elemento capaz de aportar una diferenciación dentro de un género en el que resulta sencillo terminar transitando lugares comunes.
Arropados por una nutrida representación de seguidores, amigos y familiares, estuvieron a la altura de las circunstancias y dejaron el terreno convenientemente abonado para el disparate que estaba a punto de llegar desde Paraíba.

Tratar de definir exactamente qué hacen Papangu se puede convertir en una empresa de escasa rentabilidad. Nacidos en João Pessoa en 2012, los brasileños han ido construyendo durante tres discos un universo donde rock progresivo, zeuhl, black metal, jazz, psicodelia y ritmos propios del nordeste brasileño conviven sin pedir permiso unos a otros. Así escrito, todo parece una combinación abocada al desastre, sobre el escenario, incomprensiblemente, funciona rematadamente bien.
Y lo hace porque Papangu no usa esas músicas como los que van colocando cromos en un álbum de influencias, lo brasileño no aparece como exotismo ni el metal como un ejercicio de contundencia. Todo parece pertenecer a un mismo lenguaje que cambia varias veces en una misma canción sin que nadie pierda el hilo de tal locura.

En el centro del escenario, parapetado tras sintetizadores y teclados, Rodolfo Salgueiro podía parecer visualmente el director de operaciones, alternando además sus instrumentos con las voces. Pero hablar de liderazgo en Papangu resulta complicado, ya que esta es una banda entendida como colectivo en la que cada uno es pieza fundamental del engranaje.
A la izquierda del escenario Hector Ruslan aportaba guitarra y las voces guturales que por momentos empujaban las canciones hacia territorios próximos al black metal. Al otro, el multi instrumentista Pedro Francisco permaneció buena parte del concierto guitarra en mano, aunque dejó la guitarra cuando fue necesario para introducir las flautas y todavía encontró tiempo para acercarse a los sintetizadores de Salgueiro.

Fue entonces cuando llegó una de esas escenas que explican mejor a Papangu que cualquier tratado sobre rock progresivo, Francisco ySalgueiro tocando los teclados a cuatro manos mientras el primero continuaba simultáneamente con la guitarra. Todo resultaba más parecido a cinco tipos divirtiéndose, comprobando hasta dónde podían complicar las cosas sin provocar un accidente, que a una demostración académica de técnica instrumental.
Detrás de semejante locura, George Alexandria a la batería y Marco Mayer, cofundador del grupo, al bajo sostenían una base rítmica endiablada sobre la que se sustenta todo esto y es capaz de mantener unido ese montón de piezas.

El setlist permitió recorrer las diferentes vidas de una banda que se ha negado sistemáticamente a repetirse. Del carácter más pesado y extremo de Holoceno (2021) a la apertura hacia el jazz-rock, la música nordestina y el progresivo setentero de Lampião Rei (2024), hasta desembocar ahora en Celestial, Papangu han ido ampliando sus horizontes sin preocuparse demasiado por dónde termina un género y comienza el siguiente.
Temas como “Colosso” o “Calado (de Olho)” mostraron el momento actual del grupo, mientras otras como “Boitatá”, “Oferenda no Alguidar”, las diferentes partes de “Acende a Luz”, “São Francisco”, muy celebrada por el público, “Mau-Olhado”, o “Maracutaia” terminaron por definir un set en el que cualquier intento de acomodarse fue inútil.

Podían aparecer unas voces guturales, casi black metal, pasar de ahí a una síncopa imposible, dejarse arrastrar por ritmos brasileños y terminar envueltos entre sintetizadores que parecían llegados de algún disco progresivo perdido en 1974.
Más de una vez resultaba inevitable volver a formularse la pregunta del principio: “¿Qué demonios está pasando aquí?”. La respuesta sobre el escenario: pasa exactamente lo que Papangu quiere que pase. Se puede hablar de Magma, King Crimson, Zappa o de las múltiples tradiciones musicales brasileñas que enriquecen sus composiciones, pero llega un momento en el hablar de referencias explica menos que la propia palabra Papangu. Han conseguido algo mucho más difícil que mezclar estilos: hacer que esa mezcla resulte inequívocamente suya.

Y, sobre todo, brasileña. No porque introduzcan determinados ritmos para colorear una estructura de rock progresivo esencialmente anglosajona, más bien porque su procedencia, su imaginario y la música del nordeste ellos la hacen formar parte del mismo esqueleto sonoro que el metal, el jazz o el zeuhl.
No llenaron la Sala El Sol, pero tocaron como si lo hubieran hecho. Y mientras salíamos todavía intentando averiguar qué demonios nos acababa de pasar por encima, probablemente ellos ya estuvieran pensando en la siguiente manera de complicarlo todo un poco más.
Fotos Papangu + King Fucking Mob: Fernando del Río













