La historia de Juana Everett es poco habitual, por desgracia: la de los sueños que se cumplen. También es cierto que no todo el mundo se anima a perseguirlos cueste lo que cueste. Juana lo hizo. En 2016 dejó un trabajo, un piso y un coche en Madrid para trasladarse a Los Ángeles con una guitarra y un par de maletas. Quería grabar un disco solista en California, y aunque tardó un tiempo finalmente lo consiguió. Su título, Move On (2021).
En 2024, después de casi una década residiendo en la Costa Oeste y viviendo intensos cambios personales, Juana tuvo otro impulso que la llevó a Nashville para grabar un segundo disco. Por distintas circunstancias no previstas acabó haciéndolo en los míticos estudios FAME en Muscle Shoals. Casi nada. Allí se reencontró con un viejo amigo, Alex Muñoz, quien se encargó de la producción.
El título es bastante descriptivo. Past Lives In California es dejar cosas atrás, entender que se acaba una etapa que te ha dado cosas y te ha quitado otras. Ser consciente de que has estado en el centro del huracán, viendo como algunos mitos se desmoronaban y otros resistían. “Bring me back” suena a vuelta al hogar, una vuelta que puede ser física o quizás solo un deseo y un puñado de recuerdos. “Roulette” es su reverso oscuro, un ajuste de cuentas con el pasado. Quizás por eso la primera suena más suave y amable que la segunda. La vengativa “One million dollars”, “Your worst enemy”, “Night shift” o “The janitor” nos muestran la cara más oscura del sueño americano. Vidas rotas, sueños que, al contrario que el de Juana Everett, nunca se cumplirán.
El sonido de Nashville y de la música americana de raíces en general se filtra a través de todo el disco, no podía ser de otra forma. A veces en forma de un folk rock ligeramente psicodélico, otras tomando prestadas esas canciones polvorientas que hablan de carreteras y moteles perdidos en la nada. Si el disco nació como un viaje de California a Nashville, parece como si en cada parada su autora hubiese absorbido algo – un sonido, una textura, una historia, una melodía al piano, una pedal steel quejumbrosa – y lo haya volcado en estas canciones.
Un disco de contrastes – ahí están los conflictos internos de “Donde todo se queda” -, de paisajes cinematográficos y de historias que oscilan entre el desgarro y la esperanza, la pena y la redención. No quiero acabar sin mencionar las colaboraciones de Dylan LeBlanc y Nicki Bluhm, además del buen trabajo de los músicos participantes. La suma de todo ello, junto al talento de Juana Everett para convertir sus experiencias y sensaciones en música, da como resultado esta delicia de disco.















