Hay algo extrañamente reconfortante en la manera despiadada que tiene Chat Pile de transmitir su mensaje de total desconsuelo. En unos días en que el rock que solía definirse como alternativo oscila entre pastiche reciclado de otros tiempos y una pulcritud insípida, el cuarteto de Oklahoma City irrumpe de nuevo como un alien de sangre corrosiva que disuelve cualquier atisbo de complacencia. Who Loves the Sun, su tercer álbum de estudio, no responde, ni mucho menos, a la intención de la banda de reinventarse. Tan sólo quiere compactar los cimientos que levantaron con God’s Country o Cool World, para que esa enfermiza sensación de desesperanza urbana que transmiten se amplifique al máximo.
Desde el corte inaugural, la aplastante «Creature», el disco deja bien claras sus intenciones. La producción, a cargo de la propia banda, prioriza una crudeza orgánica donde cada instrumento suena afilado como una navaja, como si se nos anunciara un peligro inminente. El bajo de Austin Tackett sigue siendo el corazón dislocado de la banda, un pulso matemático y violento que serpentea entre las guitarras afiladas de Griffin Sansone y la pegada implacable de Aaron Tackett, hermano del primero.
No hay grandes trucos de estudio, excepto un medido uso de la reverberación que contribuye a que el álbum huela a sótano húmedo, a asfalto recalentado, a lóbrego hospital abandonado. Este trabajo completa una trilogía, sí, pero en él la banda evoluciona y hace girar sus texturas hacia los recovecos más oscuros del rock alternativo de los noventa sin perder ni un ápice de su brutalidad metálica, lo cual es un plus muy a tener en cuenta. Cortes como «Deep Blue», la desconcertante y magnética «PEN I S MALL» o la mastodóntica “Family funeral“demuestran una madurez compositiva fascinante: saben bajar las revoluciones para inyectar tensión y desazón, jugando con dinámicas donde el silencio pesa tanto como el muro de ruido.
Las influencias del noise, el emo o el math-rock clásico (The Jesus Lizard, Big Black, Shellac, Sunny Day Real Estate), con el maestro Steve Albini muy en mente, dialogan aquí con un desasosiego existencial producto del signo de los tiempos que corren. Y en el centro de este huracán disfuncional se encuentra Randy Heyer. Su interpretación vocal sigue desafiando todo lo que huela a convencional. Randy no canta; escupe verdades incómodas, divaga como un paranoico insomne y oscila entre la zozobra casi susurrada con voz monótona y el grito de pura rabia visceral.
Temas como “Influence”, «Intruder» (probablemente lo más melódico del conjunto) o la tremenda «Christabel ’26» funcionan como radiografías de la psique humana llevada al límite, diseccionando la paranoia, la alienación social y la fealdad cotidiana de una norteamérica que ya no se entiende a sí misma. Todo ello sin caer en cinismos baratos, sino desde una empatía que recoge toda la tragedia del asunto, como en esa coda final que llega con “October all the time”, cuya insólita desnudez acústica no impide que sea probablemente lo más hiriente del conjunto.
Who Loves the Sun no es un disco fácil de digerir, eso es justo lo contrario de lo que pretende. Exige atención, estómago y predisposición para mirar fijamente al abismo. Y es en esa inmersión donde radica su grandeza: Chat Pile ha conseguido lo que muy pocos en su liga. En lugar de diluir su propuesta o buscar una accesibilidad forzada, han afinado su mirada clínica sobre el horror contemporáneo para entregar una obra tan dolorosamente honesta que resulta absolutamente imposible apartar las orejas de ella.
Escucha Chat Pile – Who Loves The Sun















