Hay conciertos que se pueden considerar como una experiencia singular en sí misma. De esta forma era como planteaba acudir a la celebración de los 30 años de Pink (05), gira en la que se han embarcado los inclasificables Boris para conmemorar el alcance de la que es su obra más emblemática.
El inclasificable trío nipón ha publicado una cantidad ingente de discos desde su fundación, pero ninguno ha alcanzado la repercusión de la obra protagonista el pasado viernes en Madrid. Un disco exigente, incómodo por momentos, abisal en su desarrollo y catártico en su escucha.
Una nutrida Sala Mon, plagada de una audiencia sorprendentemente joven para una conmemoración que cumplía tres décadas, se disponía a recibir a los protagonistas con fervor y pasión desatada. Takeshi, Wata y Atsuo llegaron eufóricos a la par que comedidos, mostrando esa característica dualidad emocional japonesa, destacando su guitarrista, Wata, encantadora, técnica y magnética en su ejecución durante todo el concierto, si bien bastantes miradas se dirigían al bajo-guitarra de dos mástiles que sostenía entre sus manos Takeshi mientras que las arengas constantes de su carismático batería Atsuo ejercían como cable conductor de todo el desenfreno vivido.
Desde los pesadísimos riffs de “Blackout”, seguida de la locura colectiva desatada por la desquiciada “Pink” y llegando a pasajes mucho más ralentizados, puro drone metal, como los vividos con el rescate del muro de sonido licuado que fue “The Evilone Which Sobs”, perteneciente al coetáneo Dronevil (05), los pogos, algún que otro moshing y los contoneos de cabeza en trance fueron una constante a lo largo de la velada.

Una velada que, por encima de todo, estaba siendo prueba flagrante de dos hechos: por un lado, la influencia fundamental de Boris sobre toda la corriente de doomgaze actual y, por otro, el tremendo amor devoto de la banda por Black Sabbath, demostrando una vez más que sin ellos hubiera sido prácticamente imposible disfrutar de gran cantidad de bandas y movimientos musicales que tanto hemos amado a lo largo de nuestra existencia.
El éxtasis y la ovación masiva llevó a que el trío regresara al escenario para ofrecernos un bis mucho más directo, conexión evidente con otra de sus grandes pasiones, el stoner, reservando para cerrar una sudorosa defensa de “Dyna-soar”, contenida en su Heavy Rocks (02) “naranja”. Adorable anomalía fuera del mediocre panorama global.
Foto Boris: Sergio Albert














