Tal vez no haya un género más proclive al integrismo y a las suspicacias en cuanto a la experimentación o el mestizaje que el metal. Por no hablar del aperturismo a sonoridades más comerciales. En este sentido, el doble cartel que recalaba en Barcelona y Madrid formado por Messa y The Night Eternal, más allá de uno de los más interesantes en cualquier género de este otoño, constituía un desafío, una buena prueba para medir las propuestas y particulares fórmulas estilísticas de ambas formaciones.
The Night Eternal, en una expectante sala Copérnico, fueron los primeros en abrir fuego, y nunca mejor dicho. Huyamos aquí del tópico de que fue un concierto de menos a más, del engrasamiento progresivo, de que la cosa mejoró hacia el final. La banda salió a matar desde el primer minuto, con un ímpetu insólito para unos músicos que ejercían un rol de telonero frente a una audiencia que aún, en buena medida, estaba llegando y ocupando su lugar. A este explosivo arranque ayudaría la canción elegida, “The Veins Of Time”, una composición que concentra y sublima todas las virtudes de este grupo alemán, además de uno de los temás más inspirados y magnéticos deparados por este estilo en mucho tiempo. Resultaba contagioso contemplar a Ricardo Baum, el cantante, agitar sus rastas, lucir con orgullo su chaqueta de los Misfits y desplegar semejante intensidad.

Con una base muy heavy metal, pero con unas texturas más sombrías de lo habitual en el estilo y un timbre vocal bastante más cercano en espíritu y sensibilidad a Andrew Eldritch que a Bruce Dickinson, el aire siniestro que se apoderó de la actuación, con ramalazos muy Paradise Lost o Blue Öyster Cult, fue convincente y seductor. A destacar también el sonido, modélico, y un adecuadísimo juego de luces, que potenciaba esa inclinación a lo gótico y subversivo del grupo, y que por momentos parecía situarles en cualquier antro infecto de The Crow. Quizá la actuación no rayara siempre a un nivel tan excelso como en el de esta irrupción, pero temas como “Eurydice (Don’t Look Back)” o “Caught In A Spell” sobresalieron y constataron, además de que la banda se encuentra en la cima de sus posibilidades, que Cold Velvet (26) es uno de los discos más estimulantes del año y un manual de cómo huir del heavy rancio y apolillado en el que a menudo incurre el género cuando no hay frescura y talento a los mandos. Muy reforzados de la cita.
Messa, a continuación, redoblaban la apuesta en cuanto a osadía formal y regate al estereotipo. Un ejemplo palmario de cómo engalanar el metal con diversas influencias y salir airoso del trance es The Spin (25), un formidable álbum que supone un ejercicio de depuración e inmediatez como pocas veces se ha visto en esta escena, tan tendente al relleno y a la estéril farragosidad. Otra formación, como la anterior, en su momento, y que apetecía muchísimo ver en acción. Un rescate del pasado como “Babalon”, concretamente de su debut, Belfry (16), servía para que la banda italiana comenzara a tomar el pulso a la situación. Al tratarse de un tema, con sus matices, más cercano al doom tradicional, resultó convincente.
No así, por desgracia, “Fire On The Roof” y “At The Races”, de su última obra, con la voz de Sara Bianchin ahogada en la elegante muralla sónica levantada por sus compañeros. Aquí si hay que aferrarse al cliché de que la actuación fue repuntando con el paso de los minutos, ya que “The Dress”, que sonaría a renglón seguido, ya nos devolvió a la cantante y su seductora garganta lindando con la plenitud. No escuchar la trompeta en su maravilloso interludio jazzístico, pese al encomiable ejercicio de suplantación con la guitarra de Alberto Piccolo, empañó ligeramente la experiencia, pero se trata de un tema tan hipnótico e imaginativo que resultaba imposible, desde ese momento, no rendirse a la singularidad de este grupo. Lo que acontecería a continuación, ajustado ya el sonido, careció de cualquier tipo de mácula, y la segunda mitad fue un admirable derroche de cómo aunar influencias con naturalidad y capacidad para la emoción.
Difícil elegir un solo momento. Quizá “Thicker Blood”, el imperial corte final del último disco, con esa recta final tan extraordinaria y aledaña a etiquetas como el blackgaze o el post-metal. O tal vez la rotunda “Reveal” y su impecable alquimia entre el country, con esos slides iniciales tan Ry Cooder, y el blues más cenagoso y flamígero. Aunque nada conmovió más que “Immolation”, seguramente el corte de mayor delicadeza, finura y ensoñación que han firmado nunca, y que podría rivalizar perfectamente con alguna de las mejores canciones etéreas y de duermevela de referentes como Cocteau Twins o, incluso, de las de esa banda tan mágica e infravalorada llamada Concrete Blonde. Extremadamente educada, y tras rematar el set, Sara agradeció la atención prestada y la banda se retiró, dejando un marchamo de banda especial y claramente diferencial en su estilo en la actualidad. Y es que sí, aunque en fútbol últimamente parecen empeñados en contradecirlo, toca rendirse a la evidencia: los italianos lo hacen mejor.














