La industria musical contemporánea es un matadero plástico que exige sonrisas prefabricadas y contenido viral cada veinticuatro horas. Anabel Lee prefiere otras cosas. Desde las calles de Terrasa, este cuarteto ha comprendido que la única forma de sobrevivir al colapso moderno es abrazar la esquizofrenia estilística sin pedir favores.
Con su tercer asalto sonoro, Todas las vidas, dinamitan la estéril frontera de los puristas para reclamar un territorio rabiosamente propio: una colisión frontal entre pop-punk, ska y hasta ráfagas de post-hardcore que te rompen el cuello. En tiempos donde la ansiedad se capitaliza como pose estética y las bandas operan con el pánico de volverse irrelevantes si no alimentan el circo de TikTok, ellos eligen la trinchera «old school».
Diseñan su propio arte visual, rechazan tajantemente que una Inteligencia Artificial les ampute el alma y asumen la tristeza como un acto de resistencia bailable. Nos sentamos con Vic y Vio de Anaabel Lee a destripar este nuevo disco, diseccionando la deshumanización crónica y el humor negro como chaleco antibalas.
«Una expectativa siempre te lleva a algo que rara vez será exactamente como lo planeaste»
Su frase: “Ni indie, ni punk” suena a declaración de guerra. Pero «Todas las vidas» muta sin pudor entre el new wave, el pop, el ska y el hardcore. ¿Cuándo dejaron de buscar asilo en una escena para emprender y pavimentar su propio territorio?
Vio: Yo creo que cada uno en la banda tiene influencias y viene de sitios muy distintos. Entonces, creo que la manera más honesta de enfrentarse a este disco ha sido desde ahí. No podría haber sido de otra manera; fuimos completamente honestos para llegar a un sitio en común al tener cuatro personas tan inconexas y conexas a la vez.
Vic: Totalmente. En un punto donde podríamos haber intentado disimular o dejar un poco en casa nuestras propias influencias o referencias, nos dimos cuenta de que lo mejor era dejarnos llevar y que cada uno compartiera lo que le apetecía que tuviera cada canción o a qué sonara cada parte. Y eso no creo que sea sencillo; estoy convencido de que en otros proyectos puede significar discusiones, pero aquí había muchas ganas de escuchar lo que se le había ocurrido al compañero. Eso creo que es muy importante.
En las canciones de este nuevo disco tocan temas como el aislamiento, la ansiedad, la indiferencia y la necesidad de encontrar un lugar donde pertenecer, temas muy actuales. ¿Por qué creen que en una época en la que estamos permanentemente conectados a internet y a las redes, tanta gente sigue sintiéndose profundamente sola?
Vio: Está claro que estamos viviendo un proceso de deshumanización. Las redes sociales presentan una versión de ti que realmente no existe, que muchas veces es lo que tú quieres ser o lo que otros quieren que seas, pero nunca eres tú en toda tu complejidad. Eso ha ido desconectando poco a poco a la persona consigo misma y, por tanto, con su entorno. Es algo muy peligroso que nos está llevando a sitios a los que yo no pensaba llegar nunca en mi vida. A mí me lleva a la completa indiferencia sobre lo que me rodea y a la no pertenencia absoluta, porque de repente nada se siente real. Es algo muy apabullante.
Vic: Nos alejan de lo comunitario, de la vida en compañía y, como dice Vio, de esa noción de pertenencia que es tan vital. Al final, nos deshumanizan. Quizás suene un poco conspiranoico, pero yo veo una especie de plan a largo plazo. Ya está pensado para nosotros: nos quieren anestesiados, pensando solamente en uno mismo, metiéndonos en la cabeza que la vida comunitaria no es lo que nos toca, cuando es precisamente al revés.
Esto se conecta con su tema «Estado mental». Hay una reivindicación de la amistad y de la percepción de uno mismo. ¿Creen que en la música en España se está empezando a hablar de la salud mental con mayor honestidad, o seguimos teniendo una tendencia a convertir el sufrimiento en una moda o en algo meramente estético?
Vic: Al final, lo que más le va llegando a la mayoría es el artista que, diga lo que diga, va a tener un foco y un titular en lugares muy masivos. Si de repente Leiva hace una canción sobre la salud mental y estrena el single en «La Revuelta» aquí en España, que es un espacio súper masivo y «mainstream», el discurso se percibe más fácilmente. Pero hay que prestar más atención a lo que se hace y se habla desde la base en proyectos que no son tan masivos; de lo contrario, corres el riesgo de quedarte en la moda o en lo que se está capitalizando en ese momento, sea la ansiedad o las quejas sobre las redes sociales. Por mis hábitos de consumo de música, estoy un poco desconectado de lo que está pasando puntualmente en la escena indie de España, por lo que a veces siento que no puedo abarcar o juzgar los discursos de otra gente con tanta profundidad. Pero sí es verdad que hay discursos y temas que se capitalizan, y con eso hay que tener cuidado.
En este disco también abordan la frustración y el desencanto, pero con canciones que son muy divertidas, con mucho humor e ironía, que invitan a saltar y a bailar. ¿El humor es para ustedes una forma de resistencia emocional?
Vic: Yo creo que sí. Ayer veía una portada de El Último Vecino que me hacía mucha gracia, decía: «La vida es un chiste demasiado largo». Lo llevamos un poco al extremo, pero coincido y entiendo a qué se refería.
Vio: Más allá de resistencia emocional, para mí es un canalizador de lo absurdo. Hay muchas situaciones que, si no las canalizas desde el «en realidad esto no es tan importante» o desde el humor, tomarían tal magnitud que nos desbordarían de forma muy poco realista.
Vic: Claro. La canción «Me das asco», por ejemplo, habla de un momento y de unas personas concretas. La emoción o la experiencia vital que te lleva a querer plasmar eso es real; has pasado por un mal momento en tu vida en el que tus amigos te abandonaron. Pero sentí la necesidad de contarlo sin hacer una súper balada profunda y triste, porque quizás sería un poco pretencioso asumir que a la humanidad le importan tanto mis problemas. Se puede exteriorizar lo mismo desde un lugar más desenfadado y gamberro.
Y a través de la ironía funciona como ese catalizador para no tomarse todo tan en serio.
Vic: A mí esto me ha llevado a reflexionar por qué casi todo el mundo se piensa que es humorista. Vas a Twitter y el código es que todo el mundo utiliza la comedia. ¿En qué momento hemos llegado a pensar que toda la sociedad tiene que ser humorista? Es raro, a veces lo pienso.
Vio: Pasa con todo. Ahora todo el mundo es psicólogo y todo el mundo es humorista.
De las influencias musicales del disco. Se percibe pop, punk, ska, hardcore y new wave. ¿Buscaron conscientemente usar estos estilos o aparecieron de forma natural mientras componían?
Vic: Tengo la sensación de que fueron ambas cosas. A veces era buscado, encontrábamos un filón y decíamos: «Quiero seguir en esto a ver hasta dónde llegamos». Y otras veces simplemente aparecían.
Vio: Yo no funciono mucho por estilos concretos. Si se asomaba alguna influencia, salíamos por ahí y decíamos: «Vamos a llevarlo por este sitio a ver hasta dónde llegamos». He decidido que no existen esas categorías porque si no, me pierdo.
Vic: Ese «hasta dónde llegamos» es clave. Si una canción nos recordaba a Avril Lavigne, veíamos hasta dónde podíamos llevarla. O con el ska, por ejemplo en «Wilson«, había que ir con ojo, porque si te pasabas de notas sonaba demasiado ska. Y luego surge el debate: «¿Qué es ser ‘muy ska’?». Porque no es lo mismo The Specials que La Pegatina. Había que tener cuidado, y siempre teníamos debates al respecto días después de grabar.
Tres colaboraciones del disco conectan generaciones y sensibilidades distintas del pop-rock español, Sidonie, Despistaos y Magüi de Ginebras. ¿Qué buscaban realmente en cada colaboración: una voz que encajara con la canción, una amistad, una influencia artística o la posibilidad de abrir una puerta que solos quizá no habrían podido abrir?
Vic: Lo que pasó en las tres es que, antes de siquiera preguntarles, en nuestra cabeza ya sonaba su voz para esas partes. Lo imaginabas perfectamente. Con Despistaos fue muy curioso porque no queríamos ser pesados y pensábamos que quizá no querrían, pero nos respondieron súper bien a la primera. Nos quitó un peso de encima y nos demostró que, al final, todos somos personas que quieren hacer canciones; todo el trato fue súper sencillo.
Vio: Despistaos es el referente de mi adolescencia. Me he escuchado todos sus discos y para mí todo esto era surrealista, lo viví como si mi referente fuera Taylor Swift. Cuando me dijeron que sí y fuimos al estudio a grabar una canción que ya de por sí sonaba a Despistaos, me voló la cabeza.
Vic: Te juntas con Magüi, con Sidonie o con Despistaos y al final terminas hablando de otros grupos, de camisetas, de bandas… te das cuenta de que casi todos estamos en lo mismo. Por cierto, nos pasó una anécdota muy curiosa con Despistaos. La misma tarde que fuimos al estudio, nos contaron que venían de Inglaterra y se iban de gira a Latinoamérica. Les dijimos con envidia sana lo guay que sería vivir eso, y a la vez les contamos que nosotros nos íbamos a la semana siguiente a Angola. Entonces ellos fliparon y de repente querían estar en nuestro lugar: «Nosotros no hemos ido a África, queremos ir, ¿cómo lo habéis conseguido?». Se generó un momento de admiración mutua muy bonito.
Después de haber vivido la industria desde dentro, ¿Qué creen que determina realmente hoy que una banda tenga oportunidades: las canciones, el directo, el trabajo, los contactos, el algoritmo o una mezcla de todo ello? A veces pareciera que sigue habiendo mucho favoritismo en las altas esferas.
Vic: Qué difícil. Me gustaría que esa pregunta la contestaran más a menudo los que están arriba, los que ya tienen un éxito masivo. Si yo, que sigo picando piedra y luchando desde abajo en cierta precariedad, me pongo a hablar de privilegios y oportunidades ganadas por tráfico de influencias o contactos, es muy probable que suene a victimización. Y me da miedo que quejarse desde abajo deslegitime una realidad. Tengo una opinión muy clara, pero me gustaría escuchar primero qué opinan o asumen los que tienen ese éxito.
Vio: Yo vengo del conservatorio y de otros sitios donde realmente es el talento indiscutible lo que te lleva a los lugares. Siento que en la industria hay otro tipo de corrientes y pasillos por los que se accede. Pero para no entrar en una crisis existencial, no pongo el foco en cómo llegar, sino en lo que yo hago; no sé hacerlo de otra manera. La gente lo valorará o no, lo dejo al libre albedrío. No le veo lógica a ponerme a analizar unas estructuras de la industria que son muchísimo más grandes que mi propia existencia individual.
Y ahora llega la pregunta del tema inevitable; la inteligencia artificial ya puede escribir letras, imitar voces, generar instrumentaciones, producir videoclips y hasta construir artistas virtuales completos. ¿Qué parte del proceso creativo de Anabel Lee jamás permitirían que una IA hiciera por ustedes? ¿Y existe alguna herramienta de IA que sí estarían dispuestos a utilizar?
Vic: Es una herramienta que tienta cuando tu proyecto gráfico es muy «do it yourself«. Para este disco, «Todas las vidas«, todo el diseño lo hemos hecho nosotros mismos en la banda. Y cuando se acumula el trabajo y las fechas aprietan, tienta mucho utilizar la IA. Pero al final es una decisión activa y ética. Si yo dibujo todo a mano en Illustrator y de fondo quiero un bosque totalmente desenfocado, pedírselo a ChatGPT me ahorraría un buen rato. ¿Es anecdótico o no?… Yo antes borraría con IA un avión que se me coló al fondo de una foto casual para Instagram, pero no lo haría para el arte de un disco. Fuimos muy claros en que no queríamos que nada visual estuviera hecho con IA, porque la gente está pagando por una obra física en las tiendas, como un vinilo, y nos parecía feo. Aunque sé que hay bandas que dicen abiertamente que hacen sus letras o arte con ChatGPT, y la gente va igual a sus conciertos. Es como de película distópica, muy fuerte.
Vio: Siento que hemos vuelto al punto uno: a la deshumanización impulsada por la productividad y por un capitalismo muy extraño. Se siente como un «post-futuro» rarísimo, donde el individuo y sus deseos mandan sobre todo lo demás. Yo creo que de la inteligencia artificial Víctor puede hablar más, porque al final el trabajo visual del disco es suyo y de Perdi. Ahí no me puedo meter mucho porque no tengo la capacidad de emitir un juicio. Pero a nivel musical, que sí lo he tratado más… para mí un simple sample de trompetas de los sintetizadores ya me impacta. Que se haga eso y no se llame al trompetista, cuando nosotros hemos intentado llamar a músicos reales en la medida de lo posible. Para mí vuelve a ser una deshumanización. Entiendo que, a la velocidad a la que vamos, el presupuesto nos define el proyecto. Como ha dicho Vic, si a lo mejor no me puedo permitir una tuba o un bombardino, me lo invento; eres un artista y es lo que hay. Pero hay que ser conscientes de que ese no tiene que ser el statu quo. Por ejemplo, ahora que doy clases a niños, no tiene sentido que de repente todas las canciones estén hechas por IA. Siento que estamos perdiendo al humano como parte creativa y como eje del mundo, y de verdad me agobia. ¿Qué sentido tiene hacer un puente musical si le voy a preguntar a la IA qué notas poner? Ya es un nivel de productividad absurdo que me lleva, otra vez, a la indiferencia. ¿Qué nivel de valor realmente tiene esto, aparte de una cuestión literalmente económica? No lo entiendo.
La industria exige cada vez más que los músicos sean también creadores de contenido, gestores de redes, vendedores de merchandising y casi pequeñas empresas. ¿En qué momento sienten que una banda deja de hacer música para empezar a trabajar para alimentar una maquinaria que necesita contenido nuevo todos los días?
Vic: Es que parece que no hay opción. Ayer le decía a Perdi, ya no como músico, sino como persona sobre el uso de las tecnologías; ¿por qué ahora es obligatorio que utilicemos WhatsApp? Cualquier información que se da por un canal donde se supone que estoy, se asume que ya me di por enterado y que tengo que reaccionar. Se me requiere atención en momentos en los que a lo mejor digo: «Hoy no quiero hablar con nadie», pero no puedes escogerlo. Lo relaciono con esto porque parece que ya nos viene dado. Por ejemplo, Jordi, nuestro batería, creció con Instagram; él se desarrolló con esa necesidad y lo ve como una realidad de la vida. Pero yo descubrí las redes sociales con cierta edad, y para mí es una decisión activa decir cómo me quiero relacionar con ellas. Da la sensación de que no tenemos otra alternativa: los músicos tienen que ser creadores de contenido y punto. Perdi hace tiempo que se quitó las redes sociales y veo el bombardeo continuo que recibe: «Tienes que volver a hacerte el Instagram». ¿Por qué? ¿Qué necesidad hay? Ninguna. Ayer fantaseaba con borrarme el WhatsApp, pero pensaba que la gente no me lo iba a permitir, porque dan por hecho que debo tenerlo.
Vio: Es muy loco, e incluso se da la vuelta a la tortilla: ahora en vez del músico como creador de contenido, vemos al creador de contenido queriendo ser músico. De verdad que no entiendo nada.
Vic: O el creador de contenido que de repente vive la vida como un pseudoperiodista, teniendo oportunidades que un periodista de tomo y lomo hubiera deseado y por las que ha luchado toda su vida sin conseguirlas. Supongo que todo el mundo tiene derecho a comer, pero es raro. En la pandemia en España se lió parda. Se hizo famosa una creadora de contenido que hacía rutinas de ejercicio en casa, y mucha gente la tomó como una especie de gurú de la vida. Efectivamente, todo salió mal.
¿Qué tiene que pasar o qué tiene que explotar para que, en diez años, Anabel Lee sea realmente una necesidad y no solo el eco de una moda pasajera en España?
Vio: ¡Hostia!
Vic: Qué duro. El eco de una moda, madre mía… Pues no sé. Yo creo que lo importante es que continuemos fieles a nosotros mismos y a lo que estamos haciendo. A menudo nos toca ser una nota discordante y me parece bien. Creo que lo peor que nos podría pasar es empezar a cambiar o a evaluar demasiado lo que hacemos pensando en funcionar o agradar más. Si intentamos ser algo que no somos para «molar más», como ponernos a hacer música electrónica por pura estrategia, nos estaremos cargando nuestro proyecto. No te rindas, sigue haciendo lo que te gusta y te apetece. Ojo, si lo siguiente que nos apetece genuinamente es hacer música electrónica, genial, pero tiene que nacer desde nuestra verdad en ese momento. Intentar ser otra cosa por pura estrategia me da alergia. ¿Dónde estaremos en diez años? Espero que vivos y felices; ya veremos dónde estamos. No creo en eso de «estaremos donde nos merecemos», porque ya hemos visto que la industria no funciona así. No sé qué opine Vio, me he ido un poco por las ramas.
Vio: Me parece una pregunta muy tramposa, porque para mí proyectar un futuro siempre ha sido muy conflictivo; el futuro, en verdad, no existe. Siento que si lo proyecto, siempre va a haber una decepción. Entiendo el concepto de «soñar en grande» y visualizar, pero una expectativa siempre te lleva a algo que rara vez será exactamente como lo planeaste. Creo que donde llegues va a estar bien, porque habrás llegado con tus herramientas y gestionando lo que llevas dentro. Me focalizo más en quiénes somos ahora y en estar a gusto con eso. Igual en diez años la inteligencia artificial está dominando el mundo y hay robots pegándonos o haciendo guerras, qué sé yo. Siento que lo que somos ahora es lo que está bien y lo que importa es cómo vas construyendo el camino.
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