Chris Cornell – Higher Truth (Universal)

A la hora de acometer la reseña del nuevo trabajo de Chris Cornell es necesario poner al lector en una serie de precedentes para que pueda comprender y entender mi postura con respecto a Higher Truth (15).

El primero, que Chris Cornell me parece un compositor y un músico a la altura de muy pocos, no sólo ya vocalista como es objetivamente indiscutible. Así, su trabajo al frente de Soundgarden en discos como BadMotorFinger (91) o Superunknown (94), o el proyecto tributo al fallecido Andrew Wood (Mother Love Bone), Temple of the dog (91), figuran entre mis obras maestras de cabecera. Otra cosa muy distinta son otras obras aledañas con Chris Cornell como protagonista; me refiero a la irregular carrera de Audioslave, con un muy digno debut, y, especialmente, con la errática y desconcertante carrera del de Seattle en solitario.

Su primer lanzamiento despojado de su banda madre, Euphoria Morning (99), pese a estar lastrado por una producción muy de la época -ya saben, esa resaca del sonido Radiohead de O.K. Computer (97)-, contaba con temas espectaculares como “When Im down” o “Disappearing one” que, ciertamente, ya no ha vuelto a componer en solitario más. Carry on (07), el cual pude reseñar para esta casa, ya no dejaba atisbo de duda: Cornell había sido abducido por unos extraterrestres y un marciano de Ganímedes ocupaba su cuerpo. Aseado, rancio, complaciente, sin alma, insultantemente comercial,… el horror.

Y ahora les diré la gran trampa de todo esto. El controvertido Scream (09) producido por Timbaland, esa aberración electropop y R&B; uno, que tiene su corazón y no le gusta ver revolcarse por el cieno a sus héroes inmortales, no tuvo el valor de escucharlo -como, por ejemplo, tampoco hago con los trabajos de Blind Melon tras la muerte de Shannon Hoon-. Ya saben, arrebatos de fan musical quizá incomprensibles, pero que denotan una actitud viva ante la música alejada del funcionariado crítico imperante.

Más tarde, y lavando su imagen, recupera a los brutales Soundgarden y se marcan un disco notable, King Animal (12), ninguneado por la crítica predispuesta, como no podía ser de otra forma, pero que reúne una serie de canciones con el genio y el nervio pretérito, si bien Cornell hace de la suyas al componer temas sonrojantes como “Halfway there” o “Black Saturday”. Está claro que su faceta más íntima lleva años lejos de poder hacer un “Fell on black days”, “Call me a dog” o “Like suicide”.

Y llegamos a 2015. Tras su gira acústica y la publicación de Songbook (11), colección en vivo en formato acústico recogiendo los grandes hitos de toda su carrera musical; es tiempo de continuar en esa veta, dejar a los mandos a un hombre de la casa en estos sonidos como Brendan O´brien y seguir lavando su imagen para los puristas. Y no nos consigue convencer del todo. Innegable una mayor dosis de honestidad e intensidad -relativa-. Intimista y acústico, alejado de toda parafernalia inútil y en un estado vocal envidiable, eso es verdad, como ya atestiguaba su acertado single “Nearly forgot my broken heart”.

Pero el problema sigue siendo el mismo: no hay canciones buenas de un tío capaz de haber compuesto muchas de las canciones más apabullantes de los últimos veinticinco años. Reconozco que “Dead wishes”, “Through the window “, “Wrong side” o la exótica y sorprendente “Our time in the universe” son más que correctas y, sin ser ninguna maravilla, dan el tipo, pero por lo demás el tono lacio, apagado, lineal y carente de verdadera inspiración para el que, digámoslo, fue un genio capaz de componer muchas de las mejores canciones de los últimos veinte años no deja de ser frustrante o, al menos, anecdótico.

 

 

 

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