Esta es una historia bonita. Gilroy Mere cogía el tren durante semanas para ir a sus sesiones de radioterapia. En esos trayectos se quedaba embelesado con los paisajes que veía, unas hermosas vistas que desde St Leonards-on-Sea (Brighton) recorrían las colinas calcáreas de los Downs, y en donde -de camino a su Brighton natal- conseguía ver también el Man of Wilmington, el geoglifo más conocido de Inglaterra que representa la figura de un ser humano agarrado a dos largos bastones. Unas hermosas postales que interiorizó el artista inglés para ir confeccionando su magistral nuevo disco.
Estos mismos parajes también fueron los que inspiraron al acuarelista Eric Ravilious. Unas obras preñadas de melancolía otoñal, trazos ondulantes, y sensación de quietud a través de su trabajo con las luminosidades tenues. La campiña inglesa tiene en Ravilious un referente casi fantasmal, diría que atravesada por los efectos de la evocación de lo espectral.
Este magistral Furlongs (Clay Pipe Music, 2026) está inspirado enteramente en estas obras pictóricas a dos niveles: el influído por el pintor por su obra, y por otro lado, el latido borroso de unos paisajes retenidos en la retina de Mere que le sirvieron de terapia sanadora para nuestro. Furlongs -de ahí el titulo de este disco- era la casa en la que Eric y su esposa Tirzah se alojaban, y lugar idílico para esos experimentos cromáticos.
Estamos ante un álbum que es un cúmulo de virtudes que se van ampliando a cada escucha. No sólo por la maestría a nivel meramente técnico -melodías y la producción-, sino esa capacidad para modelar texturas sonoras que, definitivamente, desprenden una cualidad innata para activar los resortes más emocionales. Es música que se puede palpar, se puede oler, se puede ver. Música sinestésica que, para quien esto escribe, ha sido toda una revelación.
Una atmósfera hauntológica recorre todo los surcos. Desde el inicio con “On The Road” una flauta nos transporta por una campiña imaginaria, y la vemos sobrevolando a vista de pájaro por hermosas tonalidades terrosas. En “Chalk Paths” nos mece una suave melodía, casi velada por el sol de invierno, en la que trompeta y sintetizadores crean una simbiosis perfecta entre los sonidos ambient y la kosmische. El piano y un sample de una radio a lo lejos moldean el vals “Hope Gap”, y el resultado es de una extraordinario magnetismo, y en el último tema, “Beachy Head”, el sintetizador de Gilroy Mere dialoga con el sonido de lo que, en apariencia, parece un acordeón, para después, en el tramo final, adentrarse por terrenos luminosos al amparo de cierto barroquismo parapetado en cajas de ritmo que marcan un paso marcial para soldaditos de juguete.













