I know i’m just a singer-songwriter (but i like it). Asistimos al Festival de los cantautores

Un nuevo festival haciendo honores a la figura del cantautor –mejor denominarlo songwriter que queda más cool- se presentaba esta pasada semana en Madrid. Durante dos días, distintos artistas presentaron de forma íntima y cercana, con más o menos aderezo dependiendo del caso, su cancionero ante una audiencia que nunca mostró todo el debido respeto salvo en los platos fuertes. La sala ofreció para la ocasión la posibilidad de ver los conciertos sentado en mesas tomando algo para dar una sensación mayor de club, muy a las maneras de Galileo Galilei cuando se convierte en Neu club!, pero sin el mismo encanto, todo sea dicho. Otra cosa es el marco incomparable en cuanto a atmósfera y a sonido se refiere que es Joy Eslava.

El cartel que presentaba, lejos de acudir a mindundis de la nueva cuña folk, contaba con pesos pesados ya consagrados como Mark Eitzel, Nacho Vegas, Victoria Williams o Christina Rosenvinge entre otros. Como en cualquier gran cita, hubo momentos para todo, pero sin duda la noticia a retener fue la absoluta magistralidad con que defendió y adaptó su cancionero Chirstina Rosenvinge el segundo día y la solemnidad henchida de seriedad con que Nacho Vegas actuó en la primera jornada. Podemos decir, por tanto, que todo quedó en casa.

Visto lo visto, es asegurable un prometedor destino a la propuesta.


14 de octubre

Spoon River, era el joven grupo nacional que abrió la velada ambos días. Bien, pues con una vez fue más que suficiente el tragarse esta apolillada versión de unos Pereza de asociación de vecinos. Ni recurrir a Bowie les libró del sopor sumo. El final, con ese solo de guitarra sin venir a cuento de su cantante entre mesas medio vacías, es de lo más lastimero que recuerdo en años. Insufrible.

Franz Nicolay llegaba con la vitola de ser un Tom Waits de arrabal. Bien, pues, yo diría que no. El señor generó las mayores dosis de aburrimiento, al menos las anteriores fueron de indignación: interminables speechs entre canciones, afinando la guitarra más de una vez, pérdida de ritmo total, deslabazado. Gran traspiés de alguien que me esperaba mucho más. A estas alturas servidor estaba ya próximo al “¿Pero esto qué es?” de Matías Prats en el Mundial de Francia 1998, pero afortunadamente el volantazo ocurrió pronto.

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Con Mark Eitzel la cosa cambió. Y es que es verdaderamente impresionante el vozarrón que gasta el andóval. Maravilloso escuchar su canto inundando la sala y su propuesta crooner total en la que anda metido acompañado de su pianista Marc Capelle y puntualmente de Franz Nicolay al acordeón. Su cercanía, sus ademanes, su impertérrito bascular cantando…tan entrañable y fascinante como siempre.

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Abrió el repertorio con una versión de “I left my Heart in San Francisco” de Tony Bennett. Con un carisma desbordante y con el micro sin problema a un metro de su garganta, fascinó a la audiencia, pese a los inevitables cuchicheos que reprendió con energía el pianista. “The windows of the world”, “No easy way down” y “The thorn in my side is gone” fueron destellos deslumbrantes antes del final con otra versión: “Me and Mrs. Jones” de Billy Paul, mutando el sexo de la señora Jones. Una garantía escénica por los siglos de los siglos.

La gente había venido por Nacho Vegas. Y Se notó desde el principio con una cerradísima ovación de recibimiento. Para nada parece ser que afecte su creciente popularidad al asturiano que lejos de intentar resultar cercano, mostró una seriedad e introspección admirables.

Se mostró muy profesional, tanto que parecía tornarse distancia al acercarse a las letras más desgarradas. Pero no nos engañemos, eso sólo son los síntomas de un directo apabullante, conseguido una vez más por la ayuda inestimable de fieles escuderos responsables de su puesta escénica tan deslumbrante: Abraham Boba a las teclas y Manu Molina a la percusión. Gigantes ambos.

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Y es esa calidad y oficio conseguido en vivo, a galaxias del amateurismo e irregularidad de sus shows de hace años, lo que ya definitivamente, teniendo en cuenta la genialidad en estudio desde Actos Inexplicables (01), le convierten en un mito. La solemnidad de “Canción de palacio #7”, la adaptación al formato de “Perdimos el control” o el rescate de “Maldición” fueron los momentos que más disfrute, habida cuenta de la forma de hurgar en las miserias del corazón que tan bien relatan las cimas de terror de El manifiesto desastre (08): “Dry Martini S.A.” y el cierre sin aliento de “Morir o matar”. Vegas es tan bueno a día de hoy que ni te das cuenta. ¿Eres consciente?


15 de octubre

El segundo día, dos féminas compartían los honores de abrir: la veterana, entrañable y siempre tapada Victoria Williams por un lado y la frescura y amabilidad de la inglesa Simone White por otro.

Simone White, simpática y con el detalle de haberse elaborado algunas de sus presentaciones en castellano, deleitó con levedad, pero deleitó con un folk de bolsillo en la línea de las Rosie Thomas o Alondra Bentley más desnudas.

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Dio paso a Victoria Williams. Agradable, vivificador y hasta emocionante resulta verla todavía en escena, pese a su enfermedad y reveses vitales. La gente, por supuestísimo, no entendía nada, de hecho ni aplaudió cuando llego a escena. Vestida con un atuendo digno de haberse escapado de Ciempozuelos –qué grande, por Dios- tocó escasas cuatro canciones con su timbre particular absolutamente para ella misma y sus circunstancias. Los Seattleheads que pudiésemos haber en la sala -¿dos o tres?- disfrutamos enormemente su glorioso “Crazy Mary”.

Y esto dio paso al cenit del festival. Impresionante como se lo curró Christina Rosenvinge, protagonista y triunfadora absoluta, sacándose de la manga uno de los directos del año y de paso resarcirse de su irregular última cita en esta misma sala. Para ello contó, aparte de con el esmero y fidelidad de su inseparable Charlie Bautista, tan solvente como acostumbra, con la aportación de una violonchelista, realmente fascinante, aportando a sus canciones una hondura mayor. El sonido ayudó sobremanera: nítido, percibiéndose cada detalle, muy bien. Ella, con muchas tablas, con comentarios graciosos, ingeniosos y con un halo de misterio siempre.

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El show se centro, como no podía ser de otra forma, en las virtudes de su obra magna, Tu labio superior (08). El inicio con “Nadie como tú” cortó ya la respiración y me tuvo hipnotizado durante la generosa actuación entera. La dimensión que alcanzaron temas como “Eclipse” o “Alta tensión” con ella al piano fueron sublimes y esta vez sí que no hubo carencia alguna en su puesta de largo. No faltaron miradas atrás certeras (“Tok, tok”) y apuntes de su gran epílogo-EP Tu labio inferior (09) (“A contrapelo”).

Segura y confiada, presentó un nuevo tema maravilloso que cuenta el mito de cómo la ninfa Eco perdió por castigo divino de Hera su bien más preciado: su voz, impidiéndola confesar su amor a Narciso a quien deseaba. Prometedor destino.

Para terminar, Josh Rouse. Comunicativo, cachondo y acompañado de un plantel de lujo con Raül –Refree- Fernández al piano y los musicazos multiinstrumentistas que acompañan de gira a Alondra Bentley: Xema Fuentes y Caio Bellveser, hizo las delicias del respetable.

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La verdad es que yo tras el shock producido por la nieta del hombre que renunció a comercializar la Coca-Cola en Dinamarca –los que fueron me entenderán-, no acabé de conectar con esta versión soft de Ryan Adams, que convence cuando saca cartas como “Love vibration” o “It’s the nighttime”, pero que casi remite a Andrés Pajares y las suecas cuando saca su lado spanglish de turista accidental.

 

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