Tradicionalmente se ha considerado a los discos de versiones como “parientes pobres” de los que ofrecen material original, sobre todo cuando se trata de artistas consagrados y con una autoría de canciones patente tras de sí. Es como si pensáramos que se les ha secado el pozo de la creatividad. Cuando, como músicos (que lo son, además de autores) es perfectamente lícito que sientan que las canciones, sean de quien sean, son simplemente la materia prima con la que trabajar.
Lo demuestran, por ejemplo, los viejos buenos discos de gente como Linda Ronstadt o Joe Cocker, intérpretes que no solían componer, pero que al hacer suyas las canciones de otros, las elevaban a la estratosfera. Y ejemplos de buenos discos de versiones por parte de autores consagrados podríamos citar también unos cuantos. Acuden a la mente, por ejemplo, El Kicking Against The Pricks, de Nick Cave, Pin Ups, de Bowie o Covers Record, de Cat Power, así como cualquiera de la saga American, de Johnny Cash, que se nutrió principalmente de composiciones ajenas a la mano del hombre de negro.
Casi ninguno de ellos, de acuerdo, tiene demasiado que ver con el que nos ocupa. Pero el decimoquinto álbum de estudio de la norteamericana (aunque nacida eventualmente en Berlín) Meshell Ndegeocello, tercero con el mítico sello Blue Note, sí que nos sirve igualmente para apoyar nuestra tesis sobre los discos de versiones. No solo demuestra esa concepción de las canciones ajenas como una materia prima para hacer algo muy propio, sino que el disco, además, aborda un concepto que cobra pleno sentido y otorga coherencia dentro de la obra de esta artista, inquieta como pocas.
Desde los tiempos de su debut, Plantation Lullabies (1993), y, a través de discos como Peace Beyond Passion (1996) o Cookie: The Anthropological Mixtape (2002), esta virtuosa del bajo, cantante y compositora ha explorado a fondo temas como la libertad sexual, la religión, la raza, las desigualdades sociales o los derechos civiles. Esto no ha sido una excepción en su recién inaugurada etapa en Blue Note. Con The Omnichord Real Book (2023) exploró sus raíces tras la pérdida de sus padres y con No More Water: The Gospel According To James Baldwyn rindió tributo a la figura de este escritor fundamental en la reivindicación de los derechos de su raza.
Con Synonym se cierra un ciclo y también una suerte de trilogía a través de la exploración de las desigualdades de género, del orgullo queer y de la dictadura del binarismo. Lo hace a través de un conjunto de canciones, en su mayoría (algunas, como el “Here We come” original de Brian Eno, no lo son) que inicialmente fueron duetos de voces femenina y masculina. Ella, además de reimaginarlas musicalmente, ha organizado una serie de duetos, en su mayoría entre mujeres, a través de los cuales también da un giro argumental a los originales que abunda en ese concepto del que hablamos.
Además, en cuanto a producción recupera un sonido más cercano al r’n’pop que cultivaba en los noventa de la mano de David Gamson, productor de sus dos icónicos primeros álbumes, que vuelve a hacer aquí un gran trabajo. El sonido, así, se distancia de los dos discos previos de la artista, más jazzísticos, aunque no de una forma homogénea. Hay sitio para todo: aquél “I knew You Were waiting for me” que cantarán Aretha Franklin y George Michael en los ochenta tiene aquí (con la voz de Cynthia Erivo) una sonoridad más cercana al neo soul que Ndegeocello contribuyó a inventar.
Pero ahí queda la cosa: en seguida llega “Don’t you want me”, el hit synth pop de Human League cantado a pachas con una estremecedora Cat Power, que a base de ritmo dub y una ambientación especialmente brumosa queda transformado por completo. Y resulta en una de esas canciones que no puedes parar de escuchar ni aunque lo intentes. Y no es un caso aislado, a nivel de sorpresa, en un disco que cuenta con sobrados motivos para prestarle toda la atención posible: la recreación en clave pop del clásico dueto country entre la recientemente fallecida Dolly Parton y Kenny Rogers, “Islands in the stream”, también resulta cautivador, a su modo radio-friendly, al igual que otros pasajes más arriesgados atrapan por su aventura.
Hay momentos especialmente memorables, hasta sobrecogedores: el “I got you babe” a medias con ANOHNI, que alcanza una insospechada clave jazz; la sedosidad de un “Guilty” que casi sobrepasa en groove al de Barry y Barbara; la sorprendente recuperación de todo un clásico grunge, “Hunger strike”, de Temple Of The Dog, aquí rediseñado con ayuda de la voz de la reivindicable Willow Smith como una fantasmal elegía; o, por supuesto, la recuperación por partida doble de los clásicos duetos de Donny Hathaway y Roberta Flack: “Be real black for me” y “The closer I get to you” alcanzan toda la emoción que tenían sus originales con esas interpretaciones que parecen acariciarle a uno el alma.
Synonim no es, quizás, el disco más relevante de su autora, pero sí la muestra una vez más a ella como alguien relevante en un panorama acomodaticio. Alguien siempre preocupado por darle a las conciencias motivos para replantearse las cosas y que convierte lo que para otros sería un “simple” disco de versiones, en todo un alegato por la igualdad entre hombres, mujeres, comunidad LGTBIQ+ o lo que cada uno quiera ser. Y así Meshell completa de una forma notable su primera trilogía -esperemos que no la última- en un sello mítico que con ella ha fichado a la excelencia hecha mujer.
Escucha Meshell Ndegeocello – Synonym













