SONRAÍZ 2026 (Carcabuey, Córdoba)

La ocasión la pintan calva. Si hemos llegado a un punto en que a cualquier concierto de un artista más o menos conocido se le describe como “evento” –así, con toda la amplitud de acepciones y la estrechez total de matices- y a un festival más o menos multitudinario se le adscribe la cualidad de “experiencia”, hemos de dejarnos arrastrar por dichas acepciones renovadas y acumular momentos, musicales y de los otros, que contar después vía redes intrascendentes, crónicas apresuradas de mesa y mantel o vídeos de dudosa calidad con los que ocupar absurdamente memoria y tiempo inservibles. Pero es que esta ocasión era especial, así que tendrán que disculparnos quienes se ocupan y preocupan más por los accesorios que por el auténtico contenido. Por el maquillaje más que por la chicha, para que nos entendamos.

Al festival Sonraíz le ha sonreído desde hace cinco años la inmensa fortuna de nacer y renacer cada final de verano al amparo de una topografía envidiable y al refugio de un público consciente e implicado con la causa. Es hermoso, a la vez que curioso, comprobar cómo una localidad ubicada en pleno corazón de la Subbética cordobesa, cuya población regular no sobrepasa los dos mil quinientos habitantes, recibe en sus plazas, parques y castillo a otros tantos oyentes curiosos, conocedores largos o meros aventureros que deciden apurar el crepúsculo de un astro rey aún empeñado en prolongar durante unos días el yugo térmico con el que nos suele someter cada pocos meses. Aquí, en Carcabuey, las lomas nos protegen por la noche y nos empujan por el día hacia los muros en sombra y los ríos sin caudal de sus calles. Pudimos dar fe por primera vez de las múltiples bondades y las pequeñas miserias –estas en un plano meramente artístico- de una experiencia, ya sin entrecomillar, tan plácida como los últimos y más leves rayos de sol estival.

Con cierto sinsabor por haber pasado por alto las actuaciones de dos de los grandes nombres de esta edición, que no son otros que los de Queralt Lahoz y Vinila Von Bismark. A la primera le perdimos apego tras la incursión en la música urbana de su último y celebrado disco, 9:30 PM, mientras que a la segunda nunca hemos dejado de tenérselo, más por su halo de artista y sus dotes escénicas que por el jugo verdadero de su música, a fin de cuentas un refrito de muchas de las que mamó y ahora regurgita basculando entre el electro pop, el deje flamenco y otros sones vodevilescos en los que se mueve como pez en el agua. Después de un buen período de forzada retirada por problemas de salud, las expectativas ante su regreso a tierras cordobesas eran altas, aunque insatisfechas en nuestro caso. Así pues, centrémonos en lo que vivimos, escuchamos y disfrutamos, esto último en mayor o menor medida, en la jornada del sábado.

La coqueta plaza donde se hicieron fuerte piñas coladas, maracuyás y variados tipos de cócteles, incluyendo esa curiosa combinación de vino blanco, canela y melocotón que los oriundos llaman “charco”, vivía el inicio del día grande con la sesión de las autoproclamadas Hijas de la Cumbia, el paraguas que les sirve de excusa a un par de DJs valencianas para hacer bailar al respetable con el escaparate de estilos que manejan. Cumbia colombiana, vallera, electro cumbia… Tal vez para oídos más expertos o pies más propensos al despegue podrían hacer honor a su nombre de guerra con todas las de la ley. A otros, en cambio, nos pudo más la sed que la sintonía con un set tirando a plano y alargado hasta más allá de lo aconsejable, justo para que Carmen Xia, la gaditana eterna, apareciera en escena resguardada por su productor habitual Suzio Tarik a las programaciones, bases y palmas. Un look entre “arreglao” e informal, como diría su admirada Martirio, con falda-chándal y palabra de honor maravillosamente conjuntados, dispara sus dardos anti fascistas y suelta perlas costumbristas rapeando a su tierra y a su gente, incluso confesando neuras comunes y tomándose la vida como lo que es: una broma que sólo puede aliviar la ironía. “Candela”, la icónica “Orguyoça”, otra divertidísima y certera “Premenstrual” y ese himno de barrio universal que es “Marujeo” la dotan de una capacidad de conexión poco habitual en un género tan trillado. Su éxito, si es que se puede hablar de algo parecido a eso, radica en la observación y el gracejo para transformar himnos casi de chirigota en temas despreocupados donde canta las cuarenta a más de uno a los que casi nadie se atreve a invocar. Una suerte de coplera moderna con la voz justa y las manos siempre dispuestas a caracolear sobre nuestras cabezas.

Se suponía que el traslado al escenario ubicado en las faldas del castillo, mirando a la imponente ermita, era el trasiego necesario para resituar el norte artístico del festival, y de paso hacernos sudar durante la subida. Apenas unos cuantos metros después, con los escalones de piedra convertidos en alfombras y los poyetes encalados tornándose en butacas de cine, la joven cordobesa Teresa Jiménez intentaba demostrar por qué es la guitarrista flamenca con mayor alcance global en redes sociales y cuáles son los argumentos que la han llevado a tocar en festivales por medio mundo. Profesora de guitarra clásica, anda enfrascada en la grabación de un disco instrumental titulado La Ribera, del que presentó varios temas, y demuestra querencia por sus maestros con una templada pero insípida versión de la “Danza del fuego”, el movimiento más reconocible de la impecable partitura de El Amor Brujo que compuso a principios del siglo XX el maestro Manuel de Falla. Acompañada al cante en los palos más flamencos por la rumana Jihan, que luego ejercería de maestra de ceremonias, la frialdad de su actuación sólo fue igualada por el virtuosismo de la sevillana Elisabet Iglesias, conocida en los círculos musicales como LEWA, maestra en el manejo de un instrumento tan imposible como el handpan y experta en crear ambientes etéreos y cinematográficos. Escuchándola en aproximaciones a la música más racial, como sucede en “Milonga del Genal”, uno no puede dejar de imaginarse leyendo los títulos de crédito de cualquier película de aventuras medievales al final de una sesión vespertina. Lo acústico y acogedor de su música, adornada con líneas de piano igual de incitadoras a la meditación, hizo que recibiéramos al crepúsculo con la temperatura sonora y meteorológica adecuadas al momento y lugar en cuestión.

La encargada de cerrar las puertas del castillo, como si de una princesa bajo cualquier tipo de hechizo maligno se tratase, fue una Blanca Paloma vestida de azul oceánico y dispuesta a desplegar las alas que su naturaleza física no le concedió. Su prodigiosa voz le permite explayarse en cantes de siega (“Todo lo cría la tierra”) que ponen los pelos de punta y la sitúan a la vanguardia del historicismo musical, abrirse en canal en piezas aparentemente frías en formato reducido como “Tu recuerdo” o en revisiones de otro hito del inmortal Falla, “Niña de fuego” junto con su amor infinito, que también es el nuestro, por la inmensa obra de Lorca en la enésima relectura de “Anda jaleo”. La secunda el músico que mejor ha entendido su propuesta, José Pablo Polo, controlando las bases electrónicas y moldeando el folclore con texturas y riffs mínimos de guitarra totalmente matrimoniados con la garganta y las dotes de estrella de esta alicantina que aún pasea por los escenarios el dudoso prestigio de haber participado en Eurovisión con “EAEA”, un tema que pasó sin pena ni gloria entre los países votantes pero que está bastante por encima de la media de mediocridades exhibidas posteriormente por RTVE, un collage de ópera flamenca, beats y coros con el que suele poner punto y final a su actuación. Se trata de una artista tan dotada y multidisciplinar –no olvidemos que también es una reconocida escenógrafa- que nos dejó patidifusos con una exhibición de poderío vocal y comunión total con un público ante al que acabó rendida literalmente, al sentarse en mitad de la colina para recibir un aplauso comunitario y unánime, especialmente sonoro en el caso de quienes, como nosotros, no esperábamos toparnos de bruces con el que probablemente haya sido el gran pequeño concierto de la presente edición. Divinas bofetadas de realidad estas, y ojalá nos queden por recibir muchas más.

En el camino de vuelta, pausa de hidratación incluida (gracias a la FIFA por introducir en nuestras vidas tan bello y necesario concepto), intuíamos que el verdadero cogollo de la fiesta iba a recibirnos en el parque municipal, un coqueto y casi idílico emplazamiento donde la brisa nocturna cohabitaba con los excesos líquidos y un clima de unidad y concordia más propio de una reunión lisérgica comunitaria en las colinas del Hollywood de los setenta. Cosas del entorno rural, de la calma a la que teóricamente te empujan las propuestas musicales reservadas para dicho momento o simplemente cuestión de ánimo. Morgana Souljah, a la que escuchamos de lejos mezclar los subgraves del dub experimental con las raíces reggae del penúltimo sound system radicado en Kingston, se afanaba en demostrar que el origen de sus habilidades a los platos se remonta a la prolífica tradición que al respecto floreció en Bizkaia, tierra de la que procede, según la cual el vinilo debe prevalecer por encima de cualquier otro formato y la modulación de frecuencias erigirse en condición sine qua non para que la incorporación de cualquier otro instrumento, como la melódica que en su caso dota de un nuevo timbre a sus mezclas, sea siempre recibida como lo que es: Pura innovación. Otra vez, la bienvenida al fin de fiesta lo protagonizaban unas PA al volumen justo y una invitación a integrar música con alma y tecnología.

Lo de reinventar el folclore ibérico a través de la electrónica empieza a estar tan manido como las ideas que promovieron la idea. Hay artistas voluntariosos que no encuentran la fórmula mágica que otros en cambio amplifican y promulgan con un éxito ciertamente insospechado. La fusión sin fronteras que promueven los jovencísimos componentes de Isla  Kume (el exotismo que pretenden transmitir con su música proviene ya del mismo nombre, que es el de una isla de las japonesas islas de Okinawa) parece sacada de un cajón de sastre en el que el auto tune, los violines y chelos elécricos y las bases se confunden en un totum revolutum de drum & bass y techno experimental que a veces funciona y otras desemboca en un caos de procedencia equívoca. La propuesta de los aragoneses aún necesita un refuerzo ideológico más allá de las típicas proclamas antibelicistas e invocaciones al buen rollo y a la autodeterminación.

Han recibido algún que otro premio, suponemos que por la osadía de su propuesta. Sin embargo, algunos acabamos confundidos entre tanto coro tuneado, música de clubbing en mitad de un solo de pandereta y pogos aptos para la desconexión. Más De Mil Motivos es el nombre del disco que los trajo hasta aquí y temas como “Grita”, “Salvaje”, “Atrapá” o “No pido más” hablan alto y claro de sus pretensiones. Debería haber sido un subidón, ustedes perdonen.

Parece que el aura de leyenda de la imponente mujer que presidió el escenario durante la siguiente hora y pico no fue suficiente para desatar la emoción. Hija del legendario percusionista Albert Johnson, miembro del histórico sound system Jah Love Muzik, las enseñanzas paternas sobre el hermanamiento de la cultura rastafari con la pulsión del afro beat y la profundidad lírica del hip hop calaron hondo en la presencia y la garganta de Hempress Sativa, la nueva generación decidida a integrar sus raíces con las producciones y las mezclas contemporáneas.

Su álbum Woman es el esqueleto sobre el que construir el repertorio de un concierto apto en su mayoría para fanáticos del género o gente que a ciertas horas asimilan un concepto aún por redescubrir en muchos puntos de occidente. Sumado al hecho de que el formato no era el habitual, nota común en un festival que parece empeñado en privarnos de instrumentos orgánicos (cómo echamos de menos una batería real, un bajo con el groove que intentan aportar las programaciones o una banda contante y sonante arropando y dando otra connotación al sonido), apuntes de identidad racial como “Revolution” o “Fight for your rights” quedaron algo disipados en manos del improvisado dubmaster Dominico Piccino, incorporado a última hora en sustitución del productor habitual Paolo Baldini, coautor del disco en cuestión. Una música milenaria y profunda que debería haber dejado más huella en el tramo final de una noche tan bonita.

Y para terminar, más cumbia. Y también mezclada con electrónica y salpimentada con ritmos afro latinos y otras especias del folclore del noreste argentino, zona de la que procede La Yegros, estrella del worldbeat y la fusión con fundamento. La mejor y más coherente forma de acabar la jornada, con la indumentaria multicolor habitual en su protagonista y las tablas de haber paseado su orgulloso crisol musical por los principales festivales europeos de la escena.

Sin duda la propuesta más bailable, con un estelar “Viene de mí” coreado sin complejos ni límites, otra “Iluminada” demostración de poderes y la explícita “Linda la cumbia” como puntuales picos de un concierto que nos empujaba a esperar la conclusión a la que llegaría el colectivo gallego Terrae con otra excursión étnica, en este caso a la música tradicional gallega, y su correspondiente fusión con sones orientales y afrocubanos ocultos tras las máscaras con las que suelen armar sus mezclas.

El cuerpo y la cabeza, tristemente, no daban para más y el camino de regreso debía atestiguar nuestra maltrecha integridad. Para la próxima cita prometemos llevar la lección mejor aprendida, aunque para haber asistido a unas clases tan aceleradas no tuvimos la sensación de irnos sin haber cumplido un mínimo de nuestro deber. Un festival como el Sonraíz, tan acogedor logística y geográficamente hablando, merece el esfuerzo.

Fotos:  Jaime Walfisch

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