Llevamos cerca de ochenta minutos de concierto y una decena de canciones cuando los aplausos del público consiguen que el trío capitaneado por Vieux Farka Touré regrese al escenario de la sala Mon. Agradecido, el guitarrista maliense escoge «Diarabi» para abrir el bis. Como ha sucedido a lo largo de la noche, se toma ciertas libertades con la estructura, dejando que las cuerdas se entretengan en sus propios recorridos mientras sus compañeros recogen cada frase y la empujan hacia nuevos márgenes.
Hay composiciones cuya historia desborda los minutos que dura su interpretación. La elección no es casual. En bambara, diarabi significa amor o pasión. Una palabra que resume buena parte de la esencia musical de este artista. Nacida en la tradición oral de África occidental y transmitida entre generaciones de griots, intérpretes de kora y guitarristas, la canción ha ido mutando al incorporarse a las voces de diferentes músicos. Su recorrido alcanzaría una proyección internacional de la mano de Ali Farka Touré, padre de Vieux, quien la grabó en ‘Talking Timbuktu’ (1994) junto a Ry Cooder. Casi tres décadas después, su hijo recuperaría la composición en ‘Ali’ (2022), acompañado por los texanos Khruangbin.

Escuchar ambas versiones permite seguir el rastro de una música que ha cruzado el Atlántico en ambas direcciones. Apenas hay cambios sustanciales entre ellas, pero sí suficientes matices para entender cómo un mismo tema puede encontrar nuevos cauces sin perder aquello que lo mantiene vivo. El fraseo de la guitarra de Vieux nos lleva a pensar en un río por el que navega todo lo demás. Un movimiento circular que atrapa al oyente y en el que cuesta distinguir dónde termina una melodía y empieza la siguiente. En la tradición de los griots, narradores y guardianes de la memoria oral de África occidental, la música es también una forma de transmitir historias. La guitarra de Touré parece prolongar esa conversación. Cuando no canta con la garganta, lo hace a través de las cuerdas.
El trío había ido levantando una atmósfera que encontró en «Diarabi» uno de sus momentos más intensos. Había gente bailando, otros cantaban las estrofas y algunos preferían sentarse en las escaleras o en los poyetes para observar. Cada cual parecía encontrar su manera de estar dentro de la canción, de llevarla a su propio terreno. Después llegaría «Savane», antes de que Vieux abandonara definitivamente el escenario y se acercara al público para firmar vinilos y hacerse fotografías. Una forma de prolongar, fuera de la tarima, la cercanía que había mantenido durante toda la noche.

Desde el comienzo, cerca de las nueve, la guitarra de Vieux Farka Touré había ido marcando el recorrido. Antes de que cada canción terminara de tomar forma, el músico se detenía en pequeños preludios espontáneos, frases que parecían surgir sobre la marcha y anticipaban lo que estaba por venir. Poco a poco, el resto de instrumentos se incorporaba a ese recorrido. La guitarra abría el camino y el bajo y la percusión encontraban la manera de seguirlo. El percusionista alternaba la calabash, un instrumento de percusión hecho con la mitad de una calabaza y presente sobre todo en los primeros temas, con una batería tradicional, incorporada en distintos momentos del concierto.
Vestido con túnica tradicional y luciendo un colgante con la silueta del continente africano sobre el pecho, Touré sostiene la guitarra como un apéndice de sí mismo. Su técnica es deslumbrante, pero jamás ostentosa. Hace parecer sencillo lo que es sumamente complicado. Los dedos recorren el mástil con una fluidez delicada, se detienen, vuelven y encuentran nuevas variaciones. Hay algo de monólogo interior en esa forma de tocar, aunque sus compañeros se encargan de que nunca llegue a convertirse en un discurso en solitario.

La música de Vieux Farka Touré se mueve entre distintos territorios. Los ritmos tradicionales de África occidental conviven con el blues del desierto y momentos en los que la guitarra adquiere una sonoridad más cercana al rock anglosajón. Sobre el escenario, los tres músicos intercambian miradas, risas y bromas que dan cuenta de una complicidad evidente. En algunos temas, el sonido remite al Sahel; en otros, el pulso se acelera, las canciones ganan cuerpo y la sección rítmica empuja al conjunto hacia terrenos más contundentes. Es en ese diálogo entre tradiciones donde la música encuentra buena parte de su personalidad, mientras las canciones se estiran hasta que la sala empieza a responder también con el movimiento.
Hay conciertos en los que uno acaba teniendo la sensación de formar parte de una familia ampliada, unida por una música que, aunque haya nacido a miles de kilómetros, también puede sentirse como propia. Aquí lo importante no es tanto reconocer las canciones o esperar esos temas que acumulan millones de reproducciones en plataformas como Spotify, sino dejarse llevar por algo que funciona antes de que uno se detenga a pensar en lo que está escuchando. El cuerpo responde primero. Quizá por eso «Diarabi», una canción que ha pasado de unas manos a otras, de una generación a la siguiente y de un lado del Atlántico al otro, sigue encontrando su sitio cada vez que alguien vuelve a tocarla.
Fotos Vieux Farka Touré: Víctor Terrazas













