Poco antes del concierto de Fontaines D.C., un amiga me comentaba que le costaba entender cómo se habían vuelto tan masivos. Quizá no tenga una respuesta convincente, pero diría que son la banda que mejor han sabido captar el sentir de nuestro tiempo y transformarlo en grandes canciones.
Desde poco después de su irrupción, los irlandeses han entendido la música como un lenguaje en movimiento. Ya en su segundo disco decidieron aventurarse en una exploración que como vemos, aun no ha llegado a su fin. En sus discos asoma un ramillete de influencias claramente identificables, pero con el tiempo y gracias a un arquitecto de altura como James Ford, han sabido crear un estilo totalmente identificable.
Con Dopamine Changer culminan su evolución del post-punk gris hacia una new wave de vocación cinematográfica, ampliando el sonido de Romance con sintetizadores brillantes, voces etéreas y atmósferas oníricas. La liberación pop que atravesaba su anterior trabajo, se transforma en inquietud y el placer en paranoia, en un viaje de apariencia que puede parecer deslumbrante, pero que termina sumergiendo al oyente en lo más oscuro.
Y es que ayer, pasarela incluida, había momentos en los que parecía que estábamos en una actuación de Depeche Mode ya no solo por las pesadas bases, porque compartan productor o ese sonido ondulante; Grian Chatten ha mutado en un frontman carismático que con su voz de barítono, agita a las masas y las invita a un intenso festín en el que optaron por repasar su nuevo trabajo y asomarse a los mejores momentos de los dos anteriores.
El arranque con «Tongue» y «Here’s the Thing» demostró cómo son capaces de generar tensión desde la oscuridad envolvente hasta el nervio de unas guitarras que parecen explorar de golpe. «Nabokov» llevó esa intensidad hacia un terreno casi hipnótico, conviviendo a la perfección con su nueva gema «Marianne». Por la oscuridad se abrió una rendija por la que asomaron la electricidad callejera de «Boys in the Better Land», el desencanto de «Jackie Down the Line» o «In the Modern World» y el brío de «Bug» y «Favourite». El poso tan Echo & The Bunnymen de las maravillosas «You Miss Me» y «Roman Holiday», nos dejó listos para una «Where Is Gone?» sin Rosalía, que nos recordó más a Scott Walker que a Lee Hazlewood y Nancy Sinatra (cuyo «Some Velvet Morning» sonó al encenderse las luces).
El bis no fue menor. «Japan» e «I Love You» aportaron la dosis de desgarro antes de que «Starburster» desatara la histeria e hiciera saltar todo por los aires. Todo parecía terminar de la mejor manera cuando apareció «Six Shot Morning», la pieza que abre su último trabajo. Una maniobra que podía parecer extraña, pero que funcionó prolongando esa sensación de amenaza y movimiento ante la que no había dios que se resistiera.
En el lado negativo, quedan lejos aquellos tiempos en los que Connor Deegan III se mostraba sorprendido, e incluso molesto, al descubrir que en sus conciertos había una zona front stage con entradas más caras. Eran años en los que Fontaines D.C. todavía concedían entrevistas y necesitaban a la prensa para darse a conocer. En la era de Dopamine Changer, a muchos medios nos ha resultado imposible hablar con los irlandeses sobre su nuevo disco. También se nos hace raro que el entorno de una banda claramente comprometida, pretenda imponer unas condiciones inaceptables a los fotógrafos. Algo que pudo reconducirse ante las quejas, lo que obligó a modificar las condiciones del contrato poco antes del concierto.



















