En Méridadas una patada a una piedra y aparece un templo romano. Lo que no te cuentan es que en ese templo, seguramente, hayan programado un concierto. Esa es la gracia: que en esta ciudad la música te asalta en cualquier esquina. Basta con asomarse a la puerta de un bar por inercia para salir de allí a las dos de la mañana con el nombre de un grupo apuntado en las notas del teléfono. Una banda de la que no sabías nada a las ocho de la tarde y que la semana que viene va a estar sonando en bucle en tus cascos. En Cinebeat, el espectador sólo tiene que echarse a la calle y dejarse llevar.
Aunque el festival llevaba semanas poniendo en movimiento la ciudad con distintas actividades, todo termina por confluir entre el 9 y el 11 de octubre, cuando cerca de medio centenar de actuaciones se reparten por distintos espacios de Mérida. Hay conciertos en bares, plazas, un skate park y un escenario a los pies del Acueducto de los Milagros. De un sitio a otro, la ciudad va cambiando de escala. Los restos de otra época dejan paso a un local, a una conversación interrumpida por el siguiente grupo o a un escenario que uno no habría imaginado encontrar allí. No hace falta encerrarse en un recinto ni esperar a que llegue el siguiente nombre del cartel. Cinebeat propone algo menos previsible: salir a buscar la música y dejar un margen para que sea ella la que te encuentre.
Esa forma de habitar la ciudad habla, en el fondo, de la propia naturaleza del proyecto. Frente a una industria empalagada de macrofestivales clonados en polígonos remotos, con su césped artificial, sus colas para todo y sus carteles intercambiables de provincia en provincia, esta propuesta traza otra vía. Y lo hace sin escatimar en ambición ni en solvencia artística, consciente de que el festival no arranca con el primer acorde: empieza en el rigor al elegir el cartel, en la imaginación para desplegarlo en el mapa, en el choque de propuestas que jamás convivirían en otros escenarios y en el pulso de un equipo que lleva semanas haciendo encajar cada engranaje.
Hay algo obstinado en esa manera de hacer las cosas. El do it yourself como punto de partida para construir algo propio. En esta edición el salto cualitativo y cuantitativo es evidente; el festival crece, gana estructura y avanza hacia la profesionalización sin desprenderse de ese impulso inicial. Hacer las cosas con amor no está reñido con hacerlas bien; de hecho, aquí parece ser precisamente lo que permite llevarlas más lejos y convertir un fin de semana en una sucesión de descubrimientos. Ahora toca comprobarlo en la calle.
VIERNES 9 DE OCTUBRE
Bastaba con cruzar la calle para cambiar de sonido. La mayoría de los conciertos del viernes se repartían entre Alvarado y Holguín, dos vías paralelas de la zona de ocio emeritense en las que, durante todo el fin de semana, conviven propuestas que poco tenían que ver entre sí. De un escenario al siguiente, el festival iba dibujando un mapa donde el rock de raíz, la rumba mestiza y las guitarras más abrasivas compartían espacio sin necesidad de parecerse. Ahí reside la virtud del cartel: en dejar que cada grupo encontrará su sitio y el público hiciera el resto.

Desde Villafranca de los Barros llegaban Los Restos del Ébano, reconocidos a la postre como Mejor Grupo Emergente y a las puertas de publicar su primer álbum de estudio, ‘El montón de arena’ (previsto para el 23 de octubre). Canciones como «Cada barra», «Va a explotar» o «A bailar» se mueven entre el pop rock clásico y el pulso narrativo del cantautor, respaldadas por una escritura directa. Durante sus cincuenta minutos en el Maruja Limón, la banda ofreció un directo sólido que sirvió para tomar el pulso a una escena extremeña en plena ebullición, más allá de nombres ya consolidados en el circuito nacional como Sanguijuelas del Guadiana. Coproducido por Álvaro Suite, guitarrista de Enrique Bunbury durante la última década, el disco está a punto de dar el siguiente paso en la trayectoria de una formación que dará que hablar.
Debutó también en Cinebeat Tamara Agudo, en el pub Malamadre, con una de las actuaciones más divertidas del festival. Su propuesta mezcla rumba flamenca con reggae, rock y guajira, sin preocuparse demasiado por las fronteras entre géneros. En ‘La mujer y el pájaro’ conviven buena parte de esas señas de identidad: color, energía y una sección de vientos que empuja las canciones hacia un territorio carnavalesco y cabaretero, con ecos de aquella escena del mestizaje valenciano de hace una década. Trompeta, trombón, piano y una base rítmica dispuesta a levantar al público hicieron del concierto una invitación constante al movimiento. La única pega fue tener que disfrutarlo bajo techo. En alguno de los escenarios al aire libre, como el del Conservatorio, aquellas canciones habrían encontrado todavía más espacio para extenderse y contagiar a quienes pasaran por allí.

El Relevo Alemán encontró en Maruja Limón el lugar adecuado para desplegar su rock underground, heredero de la escena norteamericana de principios de los noventa. En su música conviven el lado más pop y consciente de The Wedding Present y la abrasión disonante de Sonic Youth y Slint, por citar algunos referentes para ubicarlos sonoramente. Eso sí, el ejercicio de estilo lo hacen con personalidad y sin perder ese sonido primario, algo que deben en buena medida a su formato de trío. ‘Sigrar’, su sexto álbum, publicado hace un año, permite escuchar esa tensión en canciones como «Kennedy». En Cinebeat firmaron uno de los conciertos más destacados, y más teniendo en cuenta que el local donde les tocó actuar presentaba un sonido más tosco debido, entre otras cosas, a la cercanía del escenario. Aun así, el ruido, las disonancias y los cambios de intensidad encontraron allí un lugar propicio para llevar su propuesta hasta el límite.
Además, el concierto sirvió para mostrar el acierto de la programación, ya que justo después, en el Malamadre, fue el turno de La Joya. Dos caras de una misma moneda y un contraste sonoro que merece un diez para la organización. Si los primeros nos habían metido de lleno en el underground de los noventa a base de ruido y disonancias, La Joya recogía parte de ese mismo legado desde una esquina distinta: una propuesta slowcore en la que los silencios, la guitarra y las estructuras imprevisibles marcaban el pulso.

Ya había tenido la ocasión de disfrutar en directo de la banda de Ricky Lavado y Manel Hontoria en febrero de 2024, cuando pasaron por la Wurlitzer para presentar ‘Lower Hermosa’, su álbum debut. Esta vez llegaban a Mérida con ‘Las Cruces’, publicado en noviembre del año pasado, y con ese enfoque pausado en el que da gusto quedarse a habitar un rato. También para tomar nota de las recomendaciones literarias de Ricky, que siempre tiene un puñado de lecturas que compartir.
Lo mejor fue comprobar cómo el público se metía de lleno en el bolo en lugar de ponerse a charlar. Bastaba con atender a cómo iba entrando la guitarra, a los pasajes instrumentales y a unas estructuras que parecían conducir el tema hacia un lugar para terminar llevándolo por otro. Frente a la abrasión de El Relevo Alemán, La Joya demostró que no hace falta subir el volumen para encandilar a una sala. A veces basta con saber qué hacer con el silencio.
En la misma sala y una hora después, el Malamadre recibía a uno de los platos fuertes de la jornada. Longheads llegaban desde Norfolk, en el este de Inglaterra, como una de las pocas bandas internacionales de esta edición. Su presencia en Mérida había sido recomendada por los Black Maracas, que los conocieron durante la primera visita del quinteto a Madrid y Barcelona, en abril de 2026. La apuesta no pudo salir mejor. Lo que sucedió durante la siguiente hora fue una auténtica maravilla, una de esas actuaciones que te reconcilian con la capacidad de la música para sacarte de donde estás y llevarte a otra parte sin necesidad de moverte del sitio.

El quinteto británico bebe de la psicodelia, el stoner doom y el krautrock, con las guitarras saturadas de fuzz y overdrive como hilo conductor de un viaje que mira tanto a la oscuridad de Black Sabbath como a la escena psicodélica que resurgió durante la década pasada, con nombres como Ty Segall y King Gizzard & the Lizard Wizard en el horizonte. Pero las referencias sirven de poco cuando las canciones empiezan a crecer y la sala queda atrapada en esa maraña de guitarras.
Longheads construyen largos pasajes instrumentales que avanzan lentamente, se enredan y terminan desembocando en auténticos muros de sonido, densos y pesados, que golpean directamente en el pecho. No hay prisa por llegar a ninguna parte. La gracia está en dejarse llevar por el desarrollo de los temas, en seguir una guitarra hasta que otra la atraviesa y en descubrir cómo, casi sin darse cuenta, el grupo ha convertido un pasaje hipnótico en una descarga que parece no tener fondo. En la sala, con el sonido desplegándose por cada rincón, aquello fue una gozada.
La banda venía, además, de actuar en el escenario The Wishing Well de Glastonbury en 2025, aunque en Mérida no necesitó más credenciales que las guitarras creciendo frente a nosotros y un público entregado a sus desarrollos. El jurado del festival también cayó rendido y eligió a Longheads como la mejor actuación de esta edición, un premio que les permitirá volver el próximo año. La decisión prolonga lo vivido esa noche y deja abierta la posibilidad de encontrarnos de nuevo con una banda que, al menos por aquí, todavía tiene mucho camino por recorrer.

Aunque todavía quedaban conciertos repartidos por distintas salas, como D’ Baldomeros en Maruja Limón, Spank en Malamadre o KutreSociety en el Jazz Bar, decidimos poner rumbo al Bujío. Los últimos, por cierto, habían aprovechado el festival para entrevistar a bandas y organización, sumando otra forma de narrar lo que ocurría en Cinebeat. Pero nuestro objetivo era Escombros: a la banda madrileña le basta sonar unos minutos para que empieces a buscar referencias con las que explicar lo que tienes delante.
La Banda Trapera del Río aparece pronto en la conversación, y no es difícil entender por qué. En Escombros hay algo de aquella tradición de rock de barrio, una mezcla de actitud punk, desparpajo y guitarras sin demasiados remilgos, que también conecta con la vertiente más cruda de Biznaga y con el rock urbano de nombres como Leño o Coz. Lo interesante es que no suenan a un ejercicio de nostalgia. Hay una manera de plantarse sobre el escenario que parece venir de otro tiempo, ajena a buena parte de los códigos del pop rock actual, pero con la energía suficiente para hacerla propia. Basta escuchar «Nuevas Generaciones», de su segundo trabajo, ‘Por Alusiones’, para entender por dónde van los tiros. El Bujío, con su cercanía y su aire de refugio para quienes todavía prefieren el rock sin demasiados adornos, parecía el lugar idóneo para encontrarse con ellos.

En el mismo local, aunque con algo de retraso, arrancó después el concierto de Balarrasa, proyecto de Chema Castaño, compositor y productor autodidacta extremeño a quien parte del público situaba ya como una figura de culto en la región. A falta de un LP publicado, su recorrido suma un buen puñado de sencillos y EP, material suficiente para armar un directo que no se conforma con quedarse dentro de las canciones. Lo suyo es divertido, desenfadado y musicalmente sólido, pero también guarda algo de representación, de juego con el personaje y con las reglas de la industria. Por momentos, Castaño parecía adoptar la gestualidad de un político en campaña; en otros, la actuación mutaba en una suerte de comentario sobre el negocio musical o el contexto social. La música funcionaba como mero punto de partida para algo más difícil de encasillar. Quizá por eso el lema del cartel, «Balarrasa en tu casa», terminaba de encajar con un concierto empeñado en llevar la sala a su terreno.
SÁBADO 10 DE OCTUBRE
La jornada del sábado comenzó a la una de la tarde en uno de los escenarios novedosos de esta edición: el skate park de Mérida, a orillas del Guadiana y a los pies del Puente de Lusitania. Una buena forma de sorprender también desde la programación, con un inicio de jornada dedicada al skate punk, el metal y el hiphop en sus diferentes variantes. Más de un centenar de personas nos congregamos bajo un sol de justicia para disfrutar del directo de Pitera, otro de los nombres propios de Cinebeat.
El sexteto extremeño es pura energía en directo. Las barras de rap se mezclan con cortes más cercanos al metal y al punk, en una combinación de denuncia y músculo instrumental que se acopla a la perfección a la dualidad vocal de sus protagonistas. No es de extrañar que, en su corta trayectoria, hayan sido nominados dos veces al premio al mejor directo de Extremadura. Después de verlos en Mérida, se entiende perfectamente. No es sencillo enganchar al público a las 13:00, con el sol cayendo a plomo sobre el skate park, y ellos lo consiguieron a base de actitud y un sonido difícil de encasillar. Podrían compartir parte del espíritu de Riot Propaganda o Los Chikos del Maíz, pero con una pegada instrumental que por momentos recuerda a Def Con Dos. El próximo 17 de octubre publicarán ‘VHDP’, su álbum de debut, una buena ocasión para seguir de cerca a una banda que ya ha demostrado de lo que es capaz sobre un escenario.

Por la tarde, el Jazz Bar nos esperaba con Xispa & The Wild Pigs. Quien no conozca el local encontrará algo de esos pubs de Nueva Orleans donde las mesas, la barra y el escenario parecen formar parte de un mismo espacio. A las siete de la tarde, el trío barcelonés ofreció uno de los conciertos más destacados de Cinebeat, solo por detrás de Longheads en mi particular balance del festival. Y eso que, como nos contaron, llevaban casi una docena de días sin pisar Barcelona. La carretera no pareció pasarles factura.
Entre el cowpunk y lo que ellos mismos llaman folk punk, Xispa & The Wild Pigs hacen de la mandolina, el banjo y la batería una combinación tan bailable como divertida. Hay oficio en la manera de tocar y cantar, pero también mucho desparpajo. Mientras el trío iba encadenando canciones, los camareros no dejaban de moverse al ritmo de la música y los tercios circulaban por el local como si alguien los estuviera regalando. La banda acaba de publicar su primer EP, ‘Don’t Drop My Beer’, del que sonó, entre otros temas, «Wild Time». El repertorio se completó con versiones de artistas como The Clash y Stray Cats, además de canciones de otros de sus proyectos. Un concierto de esos que te hacen querer volver a encontrarlos en una sala, con tiempo por delante y una cerveza en la mano.
A las ocho, en Maruja Limón, era el turno de Mordaza. La banda madrileña apenas lleva apenas dos años de recorrido, pero ya se mueve con la soltura de quienes han encontrado en el directo su mejor carta de presentación. Sus canciones parten de un costumbrismo social que encaja con esa nueva escena de guitarras que transita entre el noise pop y el pop punk, con letras directas y poco interés por adornar demasiado el mensaje. Buena parte de la atención recaía en Daniel Fernández, su vocalista, que durante todo el concierto permaneció entre el público, acortando la distancia con la banda y convirtiendo la sala en parte de la actuación. «Verde Hierba», incluida en el EP homónimo que publicaron a principios de año, fue una buena muestra de esa mezcla de urgencia y cercanía. Mordaza forma parte de Mazmorra, el entorno por el que también se mueven bandas como Fuet! y Medalla, con quienes han compartido recientemente cartel en Madrid, y cuenta con el apadrinamiento de Jota Pop. No me extrañaría nada que el nombre de esta banda madrileña empezará a copar titulares y carteles. Lo cierto es que encajan como un guante en la escena estatal y tienen poco que envidiar a grupos como Mala Gestión o Rata, cuyos discos previsiblemente aparecerán entre lo mejor de la música nacional de este año.

Al caer la noche, la Plaza del Conservatorio se convirtió en uno de los puntos de encuentro de Cinebeat. Era una de las nuevas ubicaciones de esta edición y, a juzgar por la respuesta del público y el sonido que ofrecía, una de las incorporaciones más acertadas, solo por detrás del entorno del Acueducto de los Milagros. Allí nos esperaba Luback, una de esas bandas que ya forman parte de la historia particular del festival. El año pasado, el escenario se les quedó pequeño. Esta vez regresaban al aire libre, ante un público considerablemente más numeroso, con ese sonido de raíces americanas que llevan años haciendo suyo.
Con más de una década de carretera a sus espaldas, Luback es una banda que parece avanzar al margen de las modas y los artificios, fiel a una identidad propia y alejada de la homogeneidad que impera en buena parte de la industria. ‘Human Side On’, su nuevo álbum, da cuenta de una propuesta abierta, pero es sobre el escenario donde mejor se entiende el recorrido de una formación que ha pasado por festivales como Sonorama, RocknBlues o Sargentes Blues, donde actuaron este mismo año, sin perder de vista aquello que la hace reconocible. Su directo está a la altura de una trayectoria construida a base de carretera, oficio y una cercanía con el público que no necesita grandes aspavientos para hacerse notar.

A mitad del concierto, un problema con la batería interrumpió momentáneamente el ritmo de la actuación. Fue entonces cuando apareció otra de las cosas que hacen especial a Cinebeat: la cercanía entre quienes están sobre el escenario y quienes trabajan para que todo funcione. Mientras el equipo trataba de resolver el contratiempo, Luis Cotallo, técnico de sonido, subió a la palestra para contar unos chistes y entretener al público. Lejos de convertirse en un paréntesis incómodo, la espera terminó formando parte del concierto. Cuando todo estuvo listo, Luback retomó el repertorio y afrontó los últimos compases con una energía renovada, entre aplausos y vítores. Una de esas actuaciones que, cuando por fin empiezan a despedirse, hacen que una hora se quede demasiado corta.
DOMINGO 11 DE OCTUBRE
La última jornada de Cinebeat tenía reservado el que, para mí, es uno de los mejores escenarios en los que he visto música en directo. No solo del festival, sino de todos los que recuerdo. La explanada de hierba a los pies del Acueducto de los Milagros tiene algo difícil de encontrar en otros lugares. Allí, música, patrimonio y público conviven sin que ninguno de esos elementos quede en segundo plano. Era el día grande, con conciertos desde las cinco de la tarde y buena parte de los nombres más reconocidos del cartel. La reunión de los históricos Búcefalo, la visita desde Portugal de CobraFuma, los ganadores de la última edición, Black Maracas, y dos de las bandas más queridas de la escena extremeña, The Buzzos y Bulo, daban forma a una jornada que concentraba buena parte del espíritu de Cinebeat.
Entre las propuestas que más sorprendieron estuvo CobraFuma. Por el recinto circulaban comentarios de quienes habían descubierto a los portugueses durante esta edición del SonicBlast y todavía tenían presente la contundencia de su directo. Bastaron unos minutos para entender por qué. Antes de empezar, dejaron clara su procedencia y su sentido del humor. «Somos de Oporto, tierra del fado. ¿Sabéis alguna canción de fado? Pues genial, escuchadla en casa, aquí vamos a otra cosa». Y vaya si iban a otra cosa.

Lo suyo fue uno de los ejercicios de fuerza más contundentes de todo el festival. Con el legado de Motörhead como referencia, CobraFuma se mueve entre la agresividad del hardcore punk, la densidad del sludge y la velocidad del thrash metal, sin dar demasiado margen para tomar aire. Su sonido avanzaba como un puño en el pecho, pesado y directo, con esa clase de intensidad que obliga a prestar atención incluso a quien acaba de encontrarse con la banda. No hacía falta conocer sus canciones de antemano. La actuación se encargaba de presentarles.
Con Black Maracas, en cambio, la relación con Cinebeat venía de lejos, aunque hablar de distancia resulte extraño en el caso de una banda que había actuado hasta tres veces a lo largo de los tres días del festival. A estas alturas, la formación son hijos adoptivos de Mérida. De ellos se podría escribir un libro, y no solo por su capacidad para moverse entre registros que rara vez conviven con tanta naturalidad. Esta última actuación era su prueba de fuego: uno de los horarios más codiciados, el escenario principal y un público que conocía bien sus virtudes y parecía dispuesto a dejarse llevar desde el inicio.

Black Maracas cumplieron con creces. El rock abrasivo, de aristas stoner y psicodelia cruda, que define ‘The Anecdote’ (2025), convivió con los pasajes más pausados y las derivas psicodélicas de tintes country de ‘Dilly Child Early Mournings’, publicado este mismo año. Lejos de funcionar como dos caras separadas, ambos registros se encontraron sobre el escenario y ampliaron las posibilidades de un directo que no pierde pegada cuando baja las revoluciones. La crudeza vocal, por momentos gutural, encajaba con ese gusto por los sonidos de otra época, mientras el trío avanzaba con una soltura que hacía parecer sencillo un equilibrio nada evidente.
Pocas bandas resultan tan difíciles de encasillar y, al mismo tiempo, tan sólidas cuando toca defender sus canciones en directo. Black Maracas pueden ofrecer uno de los conciertos más sonados de un festival como el Resurrection Fest y, en otro contexto, llevar su particular sentido del humor hasta el terreno del country lo-fi en el Teatro María Luisa de Mérida, durante una entrega de premios. Esa capacidad para cambiar de registro sin perder personalidad es parte de su atractivo. También lo es la actitud despreocupada, casi desvergonzada, con la que el trío se mueve sobre el escenario y la vida. En Cinebeat volvieron a demostrar que su versatilidad no diluye su identidad, sino que la hace todavía más reconocible. De nuevo, de los mejores conciertos de esta edición.
La actuación de Bulo tenía detrás una historia que va más allá de lo estrictamente musical. Como contaba Enrique Zamorano en una excelente entrevista publicada en El Confidencial, para Lorenzo González y Woody Amores, dos de sus miembros, conocidos durante años como «los músicos de Robe», la marcha del artista ha supuesto un año difícil, tanto en lo profesional como en lo emocional. Pero quedarse ahí sería contar solo una parte de lo que está ocurriendo con la banda. Bulo nace de la complicidad de varios artistas que comparten mucho recorrido, del respeto a lo vivido y, sobre todo, de la necesidad de seguir componiendo sin quedar atrapados en la nostalgia. No se trata de borrar el pasado, sino de encontrar qué hacer con todo lo que viene después.
Y motivos para mirar hacia delante no les faltan. Este mismo año han agotado las entradas en salas como Villanos, en Madrid, y han acompañado a Loquillo, mientras preparan la publicación de su álbum de debut, todavía sin título anunciado, que verá la luz próximamente bajo el sello El Dromedario Records. Aunque el disco aún no se ha publicado, algunas de sus canciones ya están encontrando su sitio sobre el escenario. «Ingravidez», su primer adelanto, y «La piel en el aire» funcionan en directo con una naturalidad que invita a pensar que acabarán ocupando un lugar importante en el repertorio del grupo. En Extremadura, además, parecen haber encontrado un público dispuesto a hacerlas suyas desde el principio.

Lo interesante de Bulo es que su propuesta no necesita apoyarse continuamente en lo que sus integrantes hicieron antes. Hay una identidad rockera reconocible, canciones que buscan su propio camino y una cercanía con el público que no depende de apelar a recuerdos compartidos. En una jornada como la de Cinebeat, rodeados de bandas con trayectorias y sonidos muy distintos, su concierto servía para recordar que empezar una nueva etapa no significa empezar de cero. A veces, consiste precisamente en aprovechar todo lo aprendido para encontrar una voz propia.
Y si hay una voz propia en Extremadura, esa es la de Carlos Masegosa y Bucéfalo. Cuarenta años sobre los escenarios avalan a una formación pionera que hizo del rockastúo una seña de identidad, mezclando la contundencia del rock urbano con el dialecto extremeño y llevando al terreno de la música unas palabras y unas formas de hablar que también forman parte de su patrimonio cultural, tanto como el acueducto que les daba cobijo. Buena parte de sus composiciones nacen, además, de adaptaciones de poetas comoLuis Chamizo y José María Gabriel y Galán. Su huella alcanza a buena parte del rock que vino después. Basta con escuchar algunas de las expresiones que atraviesan las canciones de Extremoduro, como «Agíla», para encontrar ecos de un imaginario que Bucéfalo contribuyó a construir.
En 2022, la banda emeritense se despidió de los escenarios con S’akabó, un concierto concebido como homenaje a cuatro décadas de trayectoria. Cuatro años después, regresó al mismo lugar, esta vez para celebrar algo mucho más sencillo y, precisamente por eso, más importante. Como ellos mismos dijeron desde el escenario, volvían para celebrar la vida, celebrar que seguían vivos y que todavía tenían música. Era el reencuentro con un público que ha crecido escuchando sus canciones y que sabe lo que significa que una banda como esta siga en pie.
El regreso de Bucéfalo fue el centro de la clausura de Cinebeat, que también acogió la entrega del Premio Eterna 2026 a Juan Flores, Chino, y Luis Cotallo, dos figuras estrechamente ligadas a la historia de la banda y al desarrollo del rock extremeño. Flores, guitarrista, compositor, productor y músico de sesión, ha sido una pieza fundamental de esa trayectoria, al igual que Cotallo, técnico de sonido y pieza clave en el mundo audiovisual extremeño.
El repertorio recuperó algunas de esas canciones que ya forman parte de la memoria colectiva de la región, desde «Manque tú no lo creas» hasta «El desahuciado» o «El Gurriato». Pero fue «El Noviajo» la que terminó de levantar al público. «Hay que dinguela», cantaban, con una expresión que viene a decir algo así como que hay que fijarse bien en las cosas. Y razón no les falta.
Quizá por eso tiene tanto sentido que un festival como Cinebeat suceda aquí, en una tierra que demasiadas veces ha quedado al margen de las prioridades políticas y de los grandes circuitos culturales. Lo que ocurre en Mérida demuestra la importancia de sostener espacios propios, recuperar a los referentes y permitir que nuevas bandas compartan escenario con quienes llevan décadas abriendo camino. Pero para que esa riqueza no dependa únicamente del empeño de quienes la mantienen viva, hacen falta algo más que aplausos: políticas culturales que miren también hacia aquí, recursos y espacios donde la música pueda crecer sin tener que marcharse para encontrar oportunidades.
En la explanada del Acueducto de los Milagros convivían generaciones, acentos y maneras muy distintas de entender la música. Lo que las unía no era una etiqueta, sino la posibilidad de encontrarse allí, en un lugar que también les pertenece. Frente a la tendencia a concentrarlo todo en los mismos lugares, Cinebeat recuerda que la cultura también se construye desde los márgenes, gracias a quienes se empeñan en mantenerla viva. Pero ese esfuerzo merece algo más que reconocimiento puntual: merece continuidad, apoyo y la posibilidad de que Extremadura no tenga que reivindicar una y otra vez su derecho a formar parte del mapa político y cultural.
Fotos Cinebeat: Víctor Terrazas













