De entrada cabe señalar que, por desgracia, siguen siendo una anomalía grupos como Hulm. Con una escena rock, la estatal, muy apegada al conformismo tanto formal como estético, a la repetición de fórmulas ganadoras sin aspiración a reproducir nada nuevo a un futuro, porque la industria -(¡vaya término tan vago!, ¡tan vacío de contenido!)- tiene cooptado esos sonidos “indie” y los reproduce en serie y a baja escala, porque de lo que va esto es de llenar espacios grandes, franquiciar salas y gustos, y dar gato por liebre al consumidor.
Pues bien, después de este pataleo que igual no venía al caso, vamos a lo que hemos venido: el trío formado por Eduardo Pons (saxo), Ernest Pipó (guitarra) y Joan Torné (electrónica) apuestan desde hace algunos años por dejarse llevar por las bondades texturales y tímbricas de un sonido que busca su salvavidas en el DIY, pero también la improvisación, el autosabotaje, y el ensayo-error. En La Maniobra de Heimlich (Repetidor, 2026) tenemos todo esto, aunque la pena es que el placer perverso que se obtiene con la escucha dure tan poco.
“Opening For The Belated Apocalypse” arranca y las líneas de sintetizador y el drone nos lleva por un paisajismo industrial cercano a los experimentos de Coil con Zos Kia. Entre la calma y la grieta por donde divisar un pasado hauntológico. “1, 2, 3, AGRAÏT” es rabia y tensión al límite; la electricidad se esparce creando un mural sonoro en el que recordar a los Sonic Youth experimentales y al Glenn Branca desbordando los límites del ruido, y en la misma tesitura nos pone “Free Salvage”, en la que el saxo desliza sus inquietantes notas sobre unas bases tribales, y sería como escuchar a Albert Ayler sobre un fondo de Cabaret Voltaire. Ese halo ritualístico se aprecia, de nuevo, en “Houston…”, en la que el saxo, de nuevo un elemento aglutinador esencial, parece librar una batalla por expulsar sus demonios,mientras que en “Un Llimoner”, la rítmica es más introspectiva, tirando a un ambient atonal.
El ambient de nuevo es tratado en “Carroussel Speed”, con unas líneas de sintetizador acompañas por la digitación calmada y repetitiva de Pipó que me recuerda tanto a The Caretaker como a Julia Reidy, para luego encadenar una miniatura digna de John Zorn en “No Hay Clase”, buscar el toque folk e intimista que otorga “BANANA FROZEN DAIKIRI”, y finalizar con “Signature Croquette”, una melodía que parece sacada del fondo de catálogo de Dark Entries. Todo lo que me gusta en el rock está aquí en pequeñas dosis, pero su efecto terapéutico es de agradecer.














