L.E.V. sigue creciendo por sus dos costados. Si la efeméride por el vigésimo aniversario de germen es para celebrar, que su rama en la cita madrileña siga congregando el interés suscitado también es para reseñar. A lo largo del fin de semana, las fechas musicales se dieron cita en su multitud de facetas en un programa algo ecléctico. El fin de la monotonía que impone peligrosamente el A/V puede tener la clave en el agotamiento de su fórmula, y ahí la organización ha estado avispada.
Viernes, 18 de septiembre
La primera de las jornadas con presencia eminentemente musical abrió con el experimento al que la propuesta de Suso Saiz fue sometido. La escucha con auriculares de su siempre certera visión de la electroacústica resultó casi imprescindible para apreciar los resultados de su investigación.
Y lo fue por dos motivos: por lo necesario de la escucha detenida y sosegada en aras de alcanzar los detalles y, también, por no tener que aguantar la mala educación que, de otra manera, habría salido en las diversas y sempiternas valoraciones a grito pelado.

La segunda oleada facilitó ese punto de partida quizá algo más arquetípico. Kyria Libia presentó El arrobamiento, su incipiente proyecto de música sacra experimental, rodeada de liturgia sonora para describir su búsqueda personal. Partiendo del amor como concepto, que enmarcó previamente leyendo un pasaje bíblico, la compositora facilitó una interpretación ambiental a través del órgano tubular.

El instrumento, fantasmagórico y totémico sobre el escenario, atrajo la atención como portavoz de la transmisión de su misión emocional. Y en ese lenguaje algo místico, es donde se certifica que los mundos ulteriores y terrenales pueden conformar la misma bella dicotomía entre tradición y vanguardia.
A Drew McDowall no hace falta más que escuchar (y ver) su propuesta para saber por qué etapa atraviesa. El escocés, ex de muchas de las troupes de la bacanal industrial británica originaria, revisó su A Thread, Silvered and Trembling desde la conjunción con la imagen.

La propuesta común con el cineasta Pedro Maia, se resolvió con los detalles de viajes hacia el oriente sin abandonar sus características capas. Dos pantallas flanquearon en todo momento al compositor, que se sirvió de esa caja para una mayor disposición de un planteamiento que sigue merodeando cierto éxtasis de experimentación de corte modular y electroacústico.
Sábado, 19 de septiembre
SCHNITT, el dúo formado por la alemana Amelie Duchow y el multimedia italiano Marco Monfardini, volvía al festival tras su paso por el mismo hace cuatro ediciones. A diferencia de entonces, su papel en esta cita pasaba más por arropar la acción performativa de la calígrafa japonesa Aoi Yamaguchi. La nipona, dispuesta sobre el escenario como una auténtica guía espiritual de lo ritual, forjó una actuación memorable en la que sus invocaciones y plegarias fueron respaldadas por el dúo de música experimental.

Calligraton, el espectáculo colaborativo entre ambas entidades, responde más al impacto de la acción de Yamaguchi que a lo sonoro, pero no puede entenderse sin él, sin esa pulsación constante y ritmo latente que se funde prácticamente en uno para incorporarse y producir un resultado ritual y contundente.
Partamos de la subjetividad de afirmar que, muy posiblemente, el segundo programa de performances y directos de A/V falló en su orden. Tras la impactante propuesta de Calligraton, el acto de Milian Mori se quedó a media frenada. Nadie pone en duda la personalidad del residente suizo en la creación de su lenguaje, pero resulta plano ante el oyente.

Poca salida tuvo más allá de los intentos de hipnosis repetitiva y beats que brincaban en su golpe de manera aleatoria. Y tampoco parecían disiparse ante la simplicidad del A/V, más de autocomplacencia —que tampoco está mal gustarse a sí mismo— que de realidad reseñable.
Domingo, 20 de septiembre
En esa evolución desde lo más paradigmático hasta lo más renovador en el programa, la cita dominical aunó dos mundos opuestos. Por un lado, la performance de NAOABS, más centrada en mostrar la acción de la tecnología sobre la música que en su creación. El japonés avanza ataviado con el traje tradicional depositando pequeños robots que se convertirán en generadores, transmisores y receptores del sonido. Sus geta poseen sensores, capaces de convertir los pasos y la interacción en un mundo de sonidos generados a base de impacto para crear una sinfonía cuidadosamente cacofónica e hipnótica.

En el otro lado, la última actuación del festival con Kelly Moran. La pianista y productora estadounidense avanza en las posibilidades de la conjunción de los sonidos más clásicos del piano —previamente preparado o adulterado en su rectitud mediante técnicas extendidas— con las posibilidades ambientales de la electrónica paisajística.

Esas capas dictadas desde la tecnología parecen servir de pentagrama para la ejecución pausada y de lenguaje tranquilo de la neoyorquina, que avanza frente a un A/V sencillo que parece engullir a su ejecutora. En ese trazo sensorial, la unidad reclama el todo, antes de despojarse de la tecnología para afrontar la reciente «Totality» o para rendir homenaje al maestro Sakamoto.
Fotos LEV Matadero: @levfestival y @estudio_perplejo




















