Acampada de Sol

Mapa sonoro de la Acampada de Sol

En uno de los poyetes de la Puerta del Sol, un hombre que supera los sesenta años escribe el verso de una canción sobre un trozo de cartón. A su lado, un chico que no llegará a los treinta mira cómo termina de trazar las letras. Estamos junto a una de las salidas del metro, justo enfrente de Calle de la Montera. Son cerca de las seis y cuarto de la tarde del jueves 1 de octubre y la plaza vuelve a desbordarse. Desde el sábado 26 de septiembre, cuando una manifestación contra la crisis habitacional terminó convirtiéndose en acampada, las tiendas han ido ocupando cada rincón disponible hasta contabilizar más de un millar. Cada día que pasa son más.

Entre ellas buscamos canciones. Durante estos días hemos hablado con más de medio centenar de manifestantes de distintas edades para trazar un mapa sonoro de la acampada de Sol: saber qué temas suenan en la plaza, cuáles se cantan y, sobre todo, por qué.

El hombre termina de escribir y levanta el cartón. Se llama Carlos. “Esta es mi canción”, nos dice, y nos enseña el estribillo que acaba de trazar con el rotulador: ‘Es indecente, gente sin casa y casas sin gente’. “Ahora mismo no recuerdo el nombre, pero la artista es Sílvia Pérez Cruz”. Su compañero confirma sus palabras mientras mira la pantalla del móvil: “Se llama: «No hay tanto pan»”.

El tema forma parte de la banda sonora de ‘Cerca de tu casa’, la película sobre desahucios estrenada en 2016. Su salto a la memoria colectiva llegó en los Goya de 2017: tras ganar el premio, Sílvia Pérez Cruz rompió el protocolo, lo dedicó a las familias desahuciadas y cantó el estribillo a capella. Por entonces, la crisis de la vivienda mutaba de las hipotecas a la burbuja del alquiler, precipitando meses después el nacimiento del Sindicato de Inquilinas, la organización que casi una década más tarde sostiene esta movilización. Las palabras que Carlos ha trazado en su cartón son las mismas que han ido cosiendo esa memoria política hasta reaparecer hoy en las pancartas de la plaza.

A escasos centímetros, en el mismo poyete, Itziar escucha la conversación. Acaba de cumplir los veinte y, al preguntarle si quiere participar, asiente con una sonrisa. Su canción es «Kondenados». Antes de que pensemos en el clásico de Piperrak, ella misma lo aclara: “Para mí es esta canción, pero la versión freetekno. Sale Alba Flores al principio diciendo algo así como que toda la gente opresora se va a arrepentir de haber nacido”.

Entre «No hay tanto pan» y «Kondenados» empieza a trazarse el mapa plural de esta acampada. La escena se repite por distintos rincones de la plaza. La Puerta del Sol, rebautizada estos días como ‘La Comuna de Sol’, se llena de tiendas, pancartas, asambleas y canciones. No necesariamente las mismas: algunas se cantan, otras se recuerdan y otras reaparecen en versiones alejadas de cómo fueron grabadas. Lo que buscamos durante estas jornadas es precisamente eso: saber qué tema elige cada persona para acompañar este momento y qué hay detrás de esa elección.

«Madrid nos pertenece»: la banda sonora del incendio que tomó la plaza

«Lo primero de lo que me di cuenta cuando estábamos tocando allí era de que esas canciones habían sido escritas para ser cantadas en Sol. Hablan de lo que estaba ocurriendo esa noche y de todo lo que ha seguido ocurriendo estos días». Quien habla es Jorge Navarro, bajista y letrista de Biznaga. Frente a ellos, una multitud organizada reclama una vivienda digna haciendo suyas «Madrid nos pertenece» y «Futuro sobre plano», convertidas en la banda sonora vehicular de las protestas. «Estas canciones son para el pueblo», afirma con rotundidad el músico. «Fueron escritas para que se canten y las hagan suyas; hablan sobre los malestares y las fatigas, pero también sobre los sueños, los anhelos y los deseos».

Biznaga

Antes incluso de que se desplegaran muchas de las tiendas de campaña que hoy ocupan la Puerta del Sol, el Sindicato de Inquilinas organizó un festival como espacio de convergencia y resistencia: el ‘Fuck Rent Fest’, celebrado el pasado domingo 27 de septiembre. Bandas y proyectos como Las Petunias, Aiko el grupo, Teo Lucadamo o Marwan pasaron por el escenario improvisado mostrando esa alianza entre compromiso político y música popular. Pero uno de los momentos más significativos fue la actuación de Biznaga. No solo por su vinculación histórica con la lucha por la vivienda, sino porque han sido de las pocas formaciones capaces de componer temas donde, frente al desencanto imperante en los últimos años, el entusiasmo opera como forma de disidencia.

Esa conexión entre la formación y el Sindicato viene de lejos. En los conciertos de sus últimos dos años, el grupo siempre reservaba un espacio final para el Sindicato de Inquilinas; incluso su último álbum, ‘Ahora‘, aborda estas problemáticas desde diferentes prismas. «Esas canciones ya no nos pertenecen, sino que pertenecen a la gente», concluye Navarro. Esa misma intuición recorre las páginas de ‘No sonamos mal‘. En el prólogo del libro, titulado «Pogo para un mundo en llamas», el periodista Ignacio Pato ya advertía algo profético tras un concierto de la banda en la sala Paral·lel 62 de Barcelona, en octubre de 2024. Un fuego lento, como él mismo lo denominaba, que hoy, visto en retrospectiva desde Sol, se ha convertido en incendio:

“Antes del concierto, los sindicatos de inquilinas hacen un llamamiento a los y las presentes a sumarse a las próximas movilizaciones. Al día siguiente, miles de personas llenarán el centro de la capital en protesta por el desfase de los precios de una vivienda digna, tal y como lo hicieron antes y después las gentes de otras ciudades. La sensación es que ya no sirve, si es que alguna vez llegó a la calle, ese concepto institucional de las zonas tensionadas. Se pronuncia, se fantasea con una huelga de alquileres. En un momento entre canción y canción, Jorge, bajista y letrista de los madrileños, agradece su labor a los sindicatos de habitatge, así, en catalán. Es poco antes de que el público en Barcelona cante «Madrid nos pertenece». Un intercambio que parece la versión musical de aquel viejo lema de paz entre los pueblos y guerra entre las clases. Tras un año expuestos a un genocidio transmitido a tiempo real y el recuerdo borroso de la última vez que en este país se ocuparon las plazas, existe la tentación de pensar que algo se rompió en el otoño de 2024”.

Una ruptura, una tensión subterránea que se ha ido cristalizando en las principales ciudades de todo el Estado. «Es un clamor que lleva calentándose por debajo de la oficialidad durante mucho tiempo, y en algún momento iba a prender la chispa. El desahucio de Mari Carmen, que se hizo viral, fue el detonante», reflexiona el bajista. Una chispa que corrió por redes sociales, indignó a miles de jóvenes y transformó la rabia acumulada en la ocupación física del espacio público.

Para los miembros de Biznaga, la frontera entre el escenario y la calle se borró desde el primer momento. Han puesto las canciones, pero también el cuerpo. «Para mí es una única unidad de tiempo que empieza la mañana del desahucio de Mari Carmen como disparadero», explica Jorge. «Ahí estuvimos Milky y yo, y desde entonces ha sido una catarata de acontecimientos. La realidad nos ha llevado a todos por delante en pura emoción. Llevamos días participando en la acampada, ayudando en lo que se puede y tocando. Está siendo algo muy especial». Un compromiso compartido por toda la banda, con Torete y Álvaro también presentes en Sol desde los primeros días.

Por eso a nadie le extrañó que, cuando la banda subió al escenario improvisado de la plaza, el concierto se sintiera como la culminación de más de una década de trayectoria, recibido bajo una ovación atronadora. Milky, el batería, lo sintetizaba con una emoción desbordante desde el micro: «Sánchez, Ayuso, Almeida… ¿Qué coño esperabais con tanta injusticia y tanto dolor? ¿Que no íbamos a salir a las calles a hacer lo más complicado, que es poner el cuerpo, la imaginación, la creatividad, juntarnos y luchar por lo que nos pertenece? ¿Pensabais que no íbamos a aguantar? Pues aquí estamos».

Unas canciones que no necesitaban adaptación porque nacieron de esa misma herida. «Son temas escritos hace dos o tres años», reflexiona Jorge. «Formaba parte de todo eso, me sentía dentro. Afectaban a mi entorno, a mi círculo, a la gente que quiero, a la que no conozco e incluso a la que no quiero; afectaban a la propia ciudad. Por eso considero importante hablar de ello. Resulta muy emocionante ver esa correspondencia entre la creación y lo que se ha terminado haciendo realidad».

A medida que se camina entre las tiendas de campaña y se habla con los campistas, esa correspondencia deja de ser una abstracción para convertirse en realidad cotidiana: las estrofas de Biznaga retumban en los altavoces portátiles, coreadas por una generación que ha encontrado en ellas la articulación de su propia fatiga. «Me parece precioso que la gente haya abrazado las canciones y las haya hecho suyas. Para eso están y para eso fueron escritas: para contribuir, desde lo musical, a una fuerza que a día de hoy me parece imparable».

Cuando se apagan los altavoces: la música que sostiene la acampada

Pasados los primeros días y la euforia de las actuaciones masivas, la Puerta del Sol se ha convertido en un trazado urbano improvisado pero estrictamente organizado. Una miniciudad, como la describen los propios campistas. Entre las tiendas se abren calles, salidas de emergencia y pequeñas plazas con nombre propio que un grupo de cartógrafos ha ido dibujando sobre el plano. Hay puestos de comida, atención psicológica, zonas de coworking y espacios de cuidados repartidos por sectores. Dentro de ese orden autoorganizado, la música tiene sus propias reglas: durante el día, cuando suena algo grabado, lo hace a un volumen bajo desde altavoces portátiles, dejando que la verdadera banda sonora de la plaza nazca de lo acústico y lo espontáneo.

Al caer la noche, la lógica cambia. La acampada impone un repliegue sonoro para convivir con el vecindario y garantizar el descanso de quienes al día siguiente tienen que estudiar o trabajar. El silencio se convierte en otra norma comunitaria. Curro, que ha decorado su tienda con una bandera andaluza, lo resume sin rodeos mientras señala el pasillo de lonas: “La gente es muy respetuosa. Por las noches no se toca ni se canta; el respeto aquí también es parte de la protesta”.

Pablo coincide. Lo encontramos en el lado opuesto de la acampada, cerca de la calle Arenal. Lleva una camiseta de Wu-Tang Clan y ha elegido «Trae ese ron», de Violadores del Verso, como una de las canciones que vincula a estas jornadas porque “se mete mucho con la casta política, con la élite”. Sin embargo, cuando se le pregunta por la música que está sonando en la plaza, su respuesta vuelve a llevarnos al mismo punto: “Aquí, la verdad, no estoy escuchando mucha música. Cuando llega la noche, la gente trabaja y se intenta respetar bastante”. La música existe, pero no forma parte de un paisaje sonoro permanente ni invasivo. “Sí que he visto música en directo. La gente es muy artista, hay mucha creatividad y mucho talento: gente tocando la guitarra, cantando a capela, haciendo freestyle. Mucho talento”.

Juan, que junto a sus amigos fue de los primeros en plantar la tienda y se encuentra en pleno centro de la acampada, explica el por qué: “Está pasando una cosa bastante curiosa: como estamos ocupando un espacio público de forma indefinida y convivimos con los vecinos, no se escucha música con altavoces potentes”. En su lugar, surgen canciones que no necesitan amplificación. “La música que suena es la que espontáneamente canta la gente, la que se puede hacer en el momento. Y es ahí donde entra mucha música popular, folclore… temas que concuerdan con la carga emocional y política de esto”. En su caso, la canción que le acompaña estos días es «Los niños del Afromarket 10», de Hide Tyson con El Sokez.

No hace falta caminar demasiado para comprobarlo. Entre las lonas aparece el rasgueo de una guitarra. Josemi y Gabriel forman parte del grupo Middle Name y acampan a pocos metros. Josemi suele tocar al aire libre temas de Los Delinqüentes como «El aire de la calle», «La primavera trompetera» o «La caja de mi mollera». “Esa gente es felicidad en lata”, comenta. “Te pones a tocar y la gente se va uniendo. Es una música muy íntima, de estar todos en el mismo barco”. Gabriel, su compañero de tienda y de banda, lleva otra melodía metida en la cabeza desde que llegó: «Polvorado», de Nacho Vegas. “Ver a tanta gente reunida para empujar un cambio, ya sea por la vivienda o por la derogación de la Ley Mordaza, te conecta con ese sentimiento colectivo que transmite la canción”.

La guitarra de Middle Name no es la única que suena entre las tiendas. Por la Comuna es habitual cruzarse con músicos que han montado allí su campamento o que se acercan a acompañar las concentraciones a lo largo de la jornada. Es el caso de Manu, vocalista y guitarrista de Anti Algoritmo, un proyecto al margen de la industria digital: “Hacemos música fuera de las plataformas porque el sistema del streaming se está comiendo la cultura. Nosotros lo que buscamos es que vengan a nuestros conciertos, que escuchen música en analógico y que estén dispuestos a la revolución”.

Sobre las siete de la tarde, bajo una pancarta en la que se lee ‘Ellos por dinero, nosotros por amor’, colocada días antes por los manifestantes, el grupo improvisa un directo que logra reunir a varias decenas de personas en mitad de la plaza.

El regreso al folclore: el canto popular como trinchera en la acampada

Si el 15M de 2011 buscó en esta misma plaza una identidad transversal apelando a la “ciudadanía” y al rechazo de las siglas y las etiquetas tradicionales, quince años después el paisaje es diferente. La crisis de la vivienda ha empujado a la acampada hacia un repertorio mucho más reconocible políticamente. Basta caminar entre las lonas para encontrarse con canciones que conectan directamente con la tradición obrera, el antifranquismo y las distintas memorias de la izquierda. También con una preocupación mucho más concreta: la vivienda entendida como un bien cada vez más condicionado por la especulación y el rentismo. Lo interesante es que, sin que nadie haya establecido un repertorio común, algunas canciones cobran más fuerza que otras. Se repiten de un rincón a otro, aparecen en conversaciones distintas y terminan formando un repertorio reconocible. Ahí es donde la música empieza a contar también qué está ocurriendo en la plaza.

Entre ellas hay una composición que parece haberse convertido en uno de los himnos oficiosos de La Comuna: «En la plaza de mi pueblo». La canción, recuperada por proyectos como el Coro Popular Jabalón, atraviesa la acampada de boca en boca. Mario la escucha a diario mientras recorre los pasillos de lonas: “Es una música que une desde aquello que nos perjudica; tiene un significado social y cultural que mueve mucho. A mí me está ayudando a sostener estos días”.

Su letra explica parte de esa capacidad para conectar con lo que está ocurriendo en Sol. Sonsoles, acampada junto a la fuente central, señala uno de sus versos: “Hay un momento que dice ‘esta tierra que no es mía, esta tierra que es del amo’, y se liga directamente a la idea de que nuestra casa no es nuestra, de que pertenece a los caseros”. Iván, un chico de apenas veinte años, llega a la misma canción desde otro referente: “Yo podría decir casi cualquiera de Víctor Jara, pero voy a decir «En la plaza de mi pueblo», representa bastante bien el tema de la especulación con la idea de ‘el amo no es el que trabaja’”. La canción fue escrita mucho antes de que el rentismo se convirtiera en una de las palabras habituales para hablar de la vivienda, pero sus versos encuentran aquí una lectura nueva.

A su alrededor aflora un repertorio que lleva décadas acompañando las luchas sociales. Olivia, que atiende junto a Nicolás un puesto de libros independientes y fanzines políticos, lleva todo el día con «Ay, Carmela» y «En la plaza de mi pueblo» rondándole en la cabeza. “Son los cantos revolucionarios de siempre”, explica. Nicolás añade «La Internacional», mientras Cristina, junto a la fuente, piensa en «L’estaca», de Lluís Llach: “Siempre me pasa: cada vez que voy a manifestaciones me encuentro cantándola mentalmente”.

Chicho Sánchez Ferlosio ocupa un lugar medular en esta genealogía. En uno de los puestos gestionados por la gente del CSO La Rosa suena «Gallo negro, gallo rojo». Quien atiende el espacio alude también a «La paloma de la paz» y a un músico cuya obra terminó disuelta en el propio folclore popular: “Toda su música se hizo en la clandestinidad porque el régimen franquista no le permitía componer aquí”. La paradoja es significativa: varias de las canciones que hoy reaparecen en Sol nacieron precisamente para circular de boca en boca, al margen de los canales oficiales, hasta el punto de que con el tiempo el nombre de su autor terminó difuminándose.

Toni, junto al puesto informativo de la CNT, ha escogido «A la huelga»: “Es una canción que le pone voz al pueblo, y eso es lo que conseguía Chicho como nadie. Componía temas a los que se les acababa borrando la firma y la gente creía que eran tradicionales, enterándose de casualidad de que eran suyas”. Estos días, además, la figura de Ferlosio ha vuelto a las conversaciones tras la restauración del documental sobre su vida realizado por Fernando Trueba. Pero en Sol la recuperación no consiste solamente en escuchar canciones antiguas. Toni las adapta al presente. Durante un micro abierto en el Bar Calvario cambió los últimos estribillos de «A la huelga»: “A la plaza diez, a la plaza cien, a la plaza, madre, yo voy también. A la plaza cien, a la plaza mil, yo por ellos, madre, y ellos por mí”.

El regreso a las raíces, sin embargo, no termina en los himnos políticos de siempre. También aparece una dimensión territorial. Andrés, que apenas roza la veintena, reconoce que estos días ha terminado escuchando música tradicional castellana y cita a Nuevo Mester de Juglaría y «Molondrón»: “Empiezo a orbitar de repente canciones del folclore castellano por inercia, en una manera inconsciente de estar reclamando algo”. Nuria, con una camiseta de ‘Make Castilla Great Again’, lleva la reflexión hacia proyectos más recientes al mencionar al dúo cántabro Casapalma y su «Con el agua de limón»: “No es que la vincule de forma directa con la acampada, pero me lleva a las raíces. Y al final, la idea del hogar tiene mucho que ver con eso”.

No todo lo popular que suena en Sol responde, sin embargo, a una lectura política tan directa. Paula piensa en Lola Flores y «A tu vera»: “Estos días no estoy escuchando mucha música, pero es una canción que retrata bien todo esto porque estamos en un momento donde la gente hace cosas por los demás. La militancia es una de las mayores muestras de amor”. La canción deja así de funcionar como himno para convertirse en una forma de hablar de los vínculos que se crean dentro de la acampada.

Pepe, uno de los manifestantes más veteranos, recorre mientras tanto los pasillos con un altavoz instalado en una especie de maleta. De fondo suena la banda de folk bretón Gwendal, pero su empeño es rescatar una melodía para las generaciones más jóvenes: “En estos momentos, una canción histórica que se ha utilizado desde la Transición como «Libertad sin ira», de Jarcha, el ochenta por ciento de esta acampada no la conoce, si acaso el estribillo. Por eso la voy poniendo”..

Algo se repite: distorsión, gentrificación y poca música en inglés

Tal y como buscaba Pepe con su altavoz portátil, la música que iba poniendo se quedaba grabada en los campistas. Es el caso de Amanda, compañera de esta redacción, que nos recordaba su despertar en la plaza: “Voy a ser súper básica, pero ayer me levanté y estaban poniendo «Libertad sin ira» y me sentí como si estuviera en la Transición democrática. También «No nos moverán». Canciones protesta súper antiguas, pero me pareció precioso. “En mi caso, soy más alternativa, me estoy acordando mucho de «Teen Age Riot», de Sonic Youth”. 

Ahí aparece una de las pocas grietas en un repertorio que, por lo demás, mira casi siempre hacia lo local. Las canciones en inglés son una excepción. Y cuando aparecen, tampoco lo hacen como una simple referencia musical o generacional: quienes las escogen las traducen inmediatamente al terreno de la vivienda, la precariedad, la dignidad material, la gentrificación o a luchas que desbordan el propio conflicto habitacional. Las canciones vienen de fuera, pero la lectura que se hace de ellas nace dentro. Un ejemplo preciso lo encontramos en Alberto, a quien vemos con la guitarra al hombro en las inmediaciones de La Comuna. Él apunta hacia Neil Young y su «Rockin’ in the Free World»: “Habla de esa lucha constante por que nos permitan seguir. Nadie está pidiendo nada gratis. Queremos poder pagar o trabajar, pero con dignidad. Eso es lo que estamos pidiendo: dignidad en el día a día”. 

Natali también recurre a un tema que podría haber llegado desde cualquier otro lugar. Su elección es «Sun Is Shining», de Bob Marley, que encuentra apropiada para lo que observa a su alrededor: “Es muy tranquila, muy ligada a esa unidad que se respira en el ambiente. El reggae se utilizaba mucho para hacer denuncia social y ahora mismo es eso lo que estamos haciendo; van entrelazadas. En momentos de precariedad, cuando intentan vender tus derechos, esa voz es necesaria”.

Uno de los momentos más singulares se produce cerca de uno de los poyetes, al juntarnos con un grupo de chavales que todavía no han cumplido la veintena. Están sentados juntos y, al preguntarles por una canción, su respuesta abre dos caminos distintos. Lidia y Mario miran hacia fuera, hacia dos referencias anglosajonas que terminan regresando a la realidad de la acampada. Lidia acude al garage rock neoyorquino de The Strokes para conectar la crisis habitacional con el contexto internacional: “«Oblivius», sin duda. Hace poco la cantaron en un concierto refiriéndose al genocidio de Palestina y dicen una frase que es ‘What side you standing on?’ (‘¿De qué lado estás?’). La canción alude a los bancos en general, pero la pienso como una lucha donde todo se conecta: vivienda, sanidad, la protesta contra el genocidio”. A su lado, Mario encuentra un vínculo más íntimo en Kate Bush: “Yo diría «Get Out of My House», que no trata sobre desahucios pero sí sobre la locura de la casa, de encerrarte en ti mismo. Es muy rompedora musicalmente”.

Sus dos amigas toman el camino opuesto, uno más local. Marta y Ari prefieren mirar hacia la escena de guitarras de Madrid y señalan a un grupo joven que conoce bien el circuito autónomo: “«Desokupa», de Lucy. Es un grupo punk de ahora que se queja del problema de la vivienda; son chicas muy jóvenes de Madrid que van mucho a los CSO a tocar”. Desde otro punto de la acampada de Sol, Valeria llega a la misma canción por una vía similar: “Está claramente en contra de Desokupa, habla de la vivienda y de los bulos sobre la okupación. Un himno punk de resistencia local de Madrid de un grupo independiente, feminista, radical y muy bueno”.

La escena de guitarras independiente continúa apareciendo entre quienes se acercan a la plaza. Elisabeth, que trabaja cerca, en Gran Vía, aprovecha el descanso para ver a un amigo acampado y recurre al debut del grupo murciano Rata con «Yo de mayor quiero ser yo»: “Creo que todo esto tiene que ver con la fuerza que tenemos cuando somos pequeños para sacar las cosas adelante. La gente joven tiene fuerza para ser quien quiera y hacer lo que le corresponde”.

Devon señala a Gamusino, otra banda del subsuelo madrileño: “Tienen un tema que se llama «¿Qué vas a hacer?», que todavía no ha salido pero lo han tocado mucho en directo. Habla de la vivienda, del proceso de gentrificación, de que la ciudad se está convirtiendo en un sitio para los turistas y no para los vecinos. Creo que es una canción muy ligada a esa indignación y a esa rabia transformada en un nuevo movimiento”.

El mapa del rock alternativo se completa con nombres que orbitan la escena actual. Para Covadonga, la referencia directa es Alcalá Norte con «La sangre del pobre», mientras Lucía elige esa misma banda pero desde un punto más humorístico: “«La calle Elfo»; ojalá tener un pisito en esa calle”. Nuno, recién llegado al campamento, aporta una coincidencia involuntariamente graciosa: nos cuenta que es su primera noche en la acampada y que, precisamente, en el coche venía sonando «Otra noche más», de La Élite. Tomás suma después una idea distinta, la de la hermandad generacional, con Cala Vento y «Gente como tú», apelando a “esa sensación de encontrar gente afín en cada plaza”.

Al caer la noche Enrique, otro manifestante que se encuentra en las inmediaciones de la plaza, vuelve la mirada hacia el 2011 y escoge «Una flor» de Somos La Herencia. “Es una canción furiosa y creo que describe muy bien este acontecimiento en la letra que aunque sea muy críptica dice: ‘algo se repite, algo se repite’, y creo que la intención es salir de los moldes anteriores aunque inevitablemente algo se repita. Esto nos resuena a todos al 15M que hubo en el 2011, del que formábamos parte mucha gente reunida, y creo que es importante, pero a la vez hay que superarlo, y con creces se está superando”.

De la pantalla a la plaza

Enrique habla de algo que se repite, pero sin encajar de nuevo en los moldes de 2011. En la música esa diferencia también se nota, sobre todo, en la forma en que circula. Si en el 15M Twitter fue la gran plaza pública para contar lo que pasaba en tiempo real, quince años después el relato es fragmentado y acelerado. Hoy las imágenes de la acampada se mueven en reels y vídeos verticales de TikTok o Instagram: conviviendo el desalojo de la mañana, la asamblea de la tarde, la logística de las tiendas y la canción que suena de fondo. Temas que funcionan como banda sonora de una pieza de quince segundos se convierten en tendencia dentro de la aplicación y terminan haciendo el camino inverso hasta la Puerta del Sol.

A lo largo de las jornadas, varias personas coinciden en señalar un catalizador reciente: la banda sonora de ‘La bola negra’, la película de Los Javis estrenada hace unas semanas. Joan lo explica desde el sentimiento popular: “En mi caso diría que Camarón, creo que está pegando muy fuerte con el ambiente en general, y obviamente Robe o Extremoduro, principalmente «Nada que perder». Son canciones de sentimiento más que otra cosa. De Camarón, «La leyenda del tiempo», que ahora ha cogido mucha fuerza por La bola negra». Cristina llega a la misma película a través de la revisión del folclore de Judeline: “Últimamente he estado pensando mucho en «Soldadito español», por la película. Es bastante pegadiza y fácil de silbar”. Tomás, por su parte, conecta la cinta con Guitarricadelafuente y su tema «Puerta del Sol»: “Hace unos días vi La bola negra y el sentimiento me recordó un poco a esto: gente oprimida en todos los niveles y un discurso que no habla tanto de partidos como de un sentimiento de comunidad”.

El vínculo entre lo que ocurre en las pantallas y lo que pasa en la calle tampoco se queda en las canciones. Los propios cineastas respaldaron abiertamente el movimiento al ser preguntados por las protestas: “Creo que la juventud de España siempre demuestra compromiso, y de ese lado siempre vamos a estar”. La conexión tuvo su momento más directo el viernes 2 de octubre, cuando Guitarricadelafuente dio paso en las pantallas de su concierto en Madrid a una videollamada con Samantha Hudson, acampada en la propia plaza. Desde el interior de su tienda, Hudson lanzó su mensaje al público del recinto: “Estoy aquí en mi tienda, desde la acampada de Sol. Tengo un mensaje para tus fans: pasarlo de maravilla, bailad, cantad, disfrutad muchísimo, pero guardad energías porque mañana hay una manifestación a las doce de la mañana por la vivienda. No vamos a parar hasta conseguir una huelga general, que no decaiga la lucha”.

Sin embargo, la recepción de la videollamada dentro del espacio expuso las fracturas entre la imagen proyectada y el terreno físico. Virginia, fotógrafa presente en el concierto, lo recordaba al salir: “Nosotras estábamos en uno de los laterales y en nuestra parte fue silencio total, aplaudieron un poco a desgana, a diferencia de la pista, donde se notó algo más. Fue algo que comentamos al salir: hemos sido prácticamente las únicas que han aplaudido. Un poco impactante”. Samantha Hudson hablaba desde una tienda de campaña en Sol, pero al otro lado de la pantalla no todos parecían habitar la misma plaza.

Una plaza llena de canciones distintas

Nombres como Ska-P, Boikot, Barricada o Reincidentes, artistas siempre presentes en este tipo de movilizaciones (y todos ellos mencionados por diversos campistas) siguen resonando en el imaginario colectivo, pero una de las señas que diferencia este ciclo de protesta respecto a décadas atrás es el acusado eclecticismo musical de las nuevas generaciones.

En mitad de la plaza, muy cerca de la zona de reparto de comida, la conversación arranca precisamente con la contundencia del rock radical vasco y el oi! madrileño. Iria lo reconoce entre risas: “Puede que parezca un poco postureo, pero mucho de Kortatu y Non Servium”. Su compañero Pablo coincide plenamente y señala un tema concreto de estos últimos: “«Madrid», de Non Servium, porque es Madrid levantándose por la situación”.

Apenas unos metros más allá, Pollo, un chaval punk que todavía no ha alcanzado la mayoría de edad, encuentra en Dinamita otra forma de explicar lo que ocurre: “Tengo en mente «Esas noches», porque aquí estamos luchando, pero también estamos pasando ratos agradables, haciendo amigos, conociendo a gente. Es algo precioso. El lema de esa canción es recordar aquellas noches gritando en la barra del bar con tus colegas, pasándolo bien. Aquí no solo estamos enfadados, también estamos felices”. Tras una pausa, añade: “Hay una frase que se dice mucho en el mundo de las okupas; “Sentí que mi casa ya no era mi casa, por eso me fui.Yo me siento más en mi casa aquí que tumbado en la cama viendo TikTok o Instagram; aquí sé que soy útil y ayudó a la peña”. Justo a su lado, una chica llamada Lucía, de una edad similar, completa la escena citando a Amaia y “lo chulísimo” que le pareció aquel momento en que la artista le entregó a Pedro Sánchez un papel con el lema «Decreto Maricarmen».

Adrián ha acudido a fotografiar la acampada y también ha cambiado su forma habitual de habitar la ciudad: “Cuando hago fotografía urbana siempre voy con cascos, pero estos días voy sin nada, escuchando el ruido ambiente”. Aun así, el domingo, de camino a Sol, le vino a la cabeza «Ratonera», de Amaral: “La sacaron en 2014 y está un poco olvidada, pero es una canción absolutamente contra el poder. Me la puse de camino y la estuve recordando; es la que asocio a esto”.

Para Dani, el reflejo aparece desde artistas como Leiva: “Se me viene a la mente por esa necesidad de sentirte tú, de expresarte, de, como dice él, sentirte un puto suicida. De saber que las condiciones y todo el sistema están en contra, pero que aun así la lucha de los sueños es algo que nadie puede controlar. Desde ahí nos manifestamos y reivindicamos lo que creemos justo, no solo para nosotros, sino para todos”.

Ese mapa heterogéneo se observa a la perfección al acercarse a un grupo de militantes del Sindicato de Inquilinas que, hablando a título estrictamente personal, comparten sus referentes vinculándolos de inmediato a la problemática de la vivienda y el rentismo. Asiaiti señala a Bad Bunny y su tema «El turista»: “Habla de cómo expulsan a la gente de Puerto Rico por la gentrificación, que es algo muy similar a lo que pasa aquí, donde personas que han vivido toda su vida en sus barrios se tienen que ir por culpa de los fondos buitre”. Sergio, en cambio, vuelve a una banda estrechamente ligada a las luchas madrileñas rescatando «Esta noche», de Tremenda Jauría: “Es de mis favoritas del grupo, y no concretamente porque la letra hable de algo parecido a esto, sino porque es un grupo que además ha estado muy asociado al sindicato”. Por su parte, Víctor apela directamente a la memoria histórica del punk rock citando «La rabia», de Reincidentes: “Esta semana se está viendo que la gente no tiene miedo, sino rabia. Se nota un montón que la gente tiene ganas de hablar, de expulsar esa rabia que no se ha expulsado durante todos estos años”.

Y entre todas esas canciones hay una referencia que aparece de una forma distinta: Gata Cattana. En sus canciones, en las pintadas de sus versos en una farola o en las telas de las tiendas con su imagen, la figura de Ana Isabel García funciona como un punto de encuentro para la gente de la plaza. Carlota lo explica desde esa rutina de la acampada: “Por aquí estoy escuchando mucho a Labordeta o Quilapayún, pero a mí lo que se me viene a la cabeza es Gata Cattana: ninguna canción concreta, simplemente ella, sus discos y su mensaje”. Para Celia, la presencia de la rapera cordobesa se siente directamente en el espacio físico: “Estoy escuchando mucho a Gata Cattana porque, si esto hubiese pasado hace unos años, estoy segura de que la tendría aquí como vecina, con su tienda de campaña. Me viene «Estoy bien», pero realmente casi toda su discografía”.

Ese tema pertenece a Banzai, su disco póstumo de 2017: el año en que Sílvia Pérez Cruz dedicó su canto a las familias desahuciadas, en el que echó a andar el Sindicato de Inquilinas y en el que la muerte prematura de la poeta cordobesa dejó unas canciones y un legado que casi una década después siguen encontrando su sitio entre las tiendas de Sol. “Porque diez mil oyentes bien usados son un ejército”. Y aunque todo siga pareciendo desértico, hoy lo es un poco menos que ayer.

Escucha el Mapa sonoro de la Acampada de Sol

Fotos Acampada de Sol: Víctor Terrazas

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6 de octubre de 2026
L7 recuperan un tema olvidado coincidiendo con su gira de despedida