Hay propuestas musicales cuya trayectoria parece responder más a una imperiosa necesidad de respirar música y canciones que a las urgencias o peajes de una industria cada vez más tramposa e interesada. Tesouro —formación galaica capitaneada por Carlos Rego e integrada por músicos de largo recorrido en batallas tan ilustres como Cosecha Roja, Burgas Beat, Os Amigos dos Músicos o Guezos— pertenece por derecho propio a esa estirpe de artesanos discretos pero infatigables. Tras el calado y el impecable boca a boca que cosechó su debut Aquí conmigo (2022), el grupo regresa con No centro do mundo (Hanky Panky, 2026), un trabajo que no sólo certifica la madurez de su propuesta, sino que amplía de forma notable su paleta sonora.
Bajo la cuidada dirección técnica de Manu G. Sanz en los Orphan Studios de Punta Balea, el álbum exhibe una rica sinergia instrumental en la que el pulso acústico y el ropaje eléctrico encuentran un equilibrio infrecuente en el panorama estatal. Estructuralmente, el LP propone un sabio viaje en dos fases: una primera mitad escorada hacia un rock de autor, de aroma clásico y elegancia crepuscular; y un segundo tramo donde el conjunto se despoja de ataduras para adentrarse en la herencia del college-rock e indie estadounidense de los años ochenta —con destellos que remiten, claro, a los primeros R.E.M., The Feelies o The Dream Syndicate— e hilvanar sutiles pasajes de inclinación psicodélica.
Esa dualidad permite que el repertorio fluya libre, tejiendo un tapiz estilístico donde cada composición reclama su propio espacio. El arranque desvela sus cartas de la mano de “Amo la ciudad”, de corte clásico, donde el piano deja poco a poco paso a luminosas guitarras para arropar ese canto de apego al lado entrañable de lo urbano al que sigue la envolvente (muy a lo Byrds) “Revisando os danos”, que despliega electricidad para reclamar nuestra entrada de lleno en el hilo argumental del álbum. .
Esquivando cualquier conato de costumbrismo facilón, la voz lírica de la banda se enriquece al dialogar abiertamente con la literatura, adaptando versos de poetas como Karmelo Iribarren o Lois Pereiro. Sin embargo, uno de los grandes picos emocionales de la entrega llega con la rescatada “Silencio de Ourense”, que cierra el disco. Una preciosa adaptación de un poema anónimo que adquiere en sus manos la densidad de leyenda urbana, cantada con esa verdad cruda que solo pueden imprimir quienes conocen al milímetro el latido de la tierra que pisan.
Y en cortes como “La sombra de lo que fuimos” -pura perfección power pop- o la encantadoramente arrogante “Aprendiendo el oficio”, demuestran definitivamente lo que son: una banda inmejorablemente engrasada que juega cada una de sus cartas para ganar. Demostrando así que habitar la periferia no tiene por qué significar un repliegue resignado, sino una orgullosa afirmación de identidad. En su caso, ser gallegos es algo que aporta personalidad a un conjunto que, por otro lado, es absolutamente atemporal y universal.
De esta forma No Centro Do Mundo se perfila como un honesto y visceral ejercicio de orfebrería pop de altos vuelos. Un disco luminoso dentro de su contención, poliédrico y certero en sus resultados que rechaza la impostura de la temporada de turno para reafirmar a sus autorescomo uno de los secretos mejor guardados y más inspirados de nuestra escena independiente.














