Ya nos tiene acostumbrados: Beck Hansen saca, cada cierto tiempo, un disco acústico, vaporoso e intimista. Y dicho así suena a que ya conocemos bien el truco. Que puede hasta haber perdido su gracia. Pero no es tan sencillo. La cosa empezó con Mutations (1998), un disco que no entra exactamente en esta descripción que hacíamos, pero que sí que introdujo una nueva faceta reposada y desconocida en un artista que hasta ese momento parecía querernos hacer bailar como posesos.
Tanto fue así, que la cosa mucha gente se la tomó como anécdota (cuando era un enorme disco), como un capricho que no tenía siquiera que entrar en su discografía oficial. Pero la cosa iba en serio. Tanto, que tras el muy bailongo Midnite Vultures (1999), dobló la apuesta con Sea Change (2002), un disco tremendamente introspectivo, de aires psych-folk y atmósfera fantasmal, que presentaba un Beck totalmente diferente. Pero esta vez sí que lo tomaron en serio. El nuevo milenio -y el efecto 11-S- traía otros aires a la música y este nuevo abrigo de cantautor intimista que se había puesto Beck parecía sentarle más que bien.
Pero aún así, no quiso abusar. O más bien, obtuvo lo que buscaba y no necesitó volver a repetir la jugada. Y es que todo aquello había sido un exorcismo. Una depuración interior tras una ruptura emocional que le dejó destrozado. Sea Change era tan especial porque era uno de esos break up albums que nacen del dolor profundo. Uno necesita ponerse en situación para esas cosas, así que no parecía que la cosa se volviera a repetir, hasta que llegó Morning Phase (con Grammy incluido) doce años después y, en efecto, a algunos nos supo un poco a más de lo mismo, sin la misma gracia. Y es que su motivación era diferente. Y no se puede impostar el dolor.
Sin embargo, ahora los motivos de peso han vuelto a aparecer. Ha habido una nueva ruptura en la vida de Beck Hansen y esa necesidad de expresar la catarsis y pasar página ha vuelto a ser una prioridad. Su divorcio de Marissa Ribisi le dejó en un estado tal que necesitó volver a los tiempos de Sea Change, a comprobar si aquél exorcismo, aquél truco de magia hecho de canciones, volvía a funcionar.
De hecho, reunió en los estudios Room B de Hollywood a la misma alineación de colaboradores que participó en las sesiones de Sea Change. A la batuta, el legendario Nigel Goldrich, productor de Radiohead, Paul McCartney y tantos otros; y a los instrumentos, la creme de la creme: Smokey Hormel, Joey Waronker, Justin Meldal-Johnsen, Roger Joseph Manning Jr. y Jason Falkner, a los que habría que añadir las colaboraciones puntuales de gente como Blake Mills o el legendario bajista Stanley Clarke. Las sesiones fueron fluidas y casi siempre tocando todos juntos en tiempo real, para dotar de un espíritu orgánico al conjunto.
Todo eso se nota en este álbum titulado Ride Lonesome que ahora edita Capitol y que sí, es parecido a Sea Change, pero no tanto, o al menos, no resalta tanto esa circunstancia como sí lo hacía en Morning Phase. Hay un uso de los ecos muy calibrado, unos arreglos pensados específicamente para dar espacio y flotabilidad a las melodías, que le confiere a todo un halo fantasmal. Uno casi puede palpar los sentimientos que han arañado el alma del autor para que sintiera la necesidad de componer esto. No es tan frecuente. Ni siquiera en él.
Ride Lonesome completa de esta forma la trilogía intimista de Beck, pero no tiene nada de trámite, todo lo contrario: representa, de nuevo, un ejercicio de sinceridad por parte de un músico que ha hecho siempre lo que quería y casi siempre ha acertado de pleno. Desde la inicial “Ride lonesome”, una metáfora sobre la soledad con la que cada uno debemos enfrentarnos a los problemas de esta vida, el argumentario de este álbum le envuelve a uno y le provoca una identificación inmediata con lo que se quiere contar aquí, que no es otra que la senda de redención que todos debemos recorrer tras el desgarro de dolor más profundo.
El uso del eco del que hablábamos, la perfección en la ejecución y registro instrumental, la utilización dramática de la sección de cuerdas (arregladas por el genial David Campbell) le dan a esto un tono similar al que tenían aquellos viejos discos de Scott Walker o de Nick Drake. Un tono solemne, casi mortuorio, que lejos de sobredimensionar nada, le sienta a canciones como “In the night”, “Bleed”, “Slow canyon” o la sobrecogedora “Beyond the light”, que cierra el disco, como un traje a medida. Beck demuestra así que permanece intacta su capacidad de sacar el genio que lleva dentro cuando la ocasión lo merece y que, pese a que la jugada nos la sepamos, siempre puede dejarnos con la boca abierta una vez más.



















