Siempre reconforta comprobar que, en pleno 2026, cuando buena parte de las propuestas alternativas necesitan una elaborada justificación conceptual, lleguen tres chavales, se presenten con una guitarra, una batería y un micrófono, con la intención de prenderle fuego a todo y lo consigan. Así, sin artificios y sin necesidad de reinventar una rueda que lleva girando desde que unos cuantos descamisados decidieron acelerar el rock and roll hasta pasarlo de rosca.
Twenty One Children, un trío procedente de Soweto, Sudáfrica, llegaron al Wurlitzer Ballroom (en una gira propiciada por Primavera Tours) para recordarnos que el hardcore punk sigue estando vigente, como modo de expresión y diversión, pero también como catalizador de la rabia y la frustración. Poco más de media hora después, con el público sudoroso, algunos hematomas en las piernas y los músicos desperdigados por la sala y el escenario convertido en un accesorio, no quedaba mucho que discutir al respecto.
Antes de la descarga, los encargados de abrir para ellos fueron Applemingo, un dúo de math rock progresivo cuya presencia en el cartel llegó (prácticamente a última hora) gracias a la promotora independiente Nooirax, a la que siempre conviene reconocer su trabajo constante en favor de las propuestas menos acomodaticias.

Su actuación discurrió por terrenos considerablemente más intrincados, con una sucesión de desarrollos psicodélicos, cambios de ritmo y estructuras deliberadamente retorcidas. Canciones empeñadas en esquivar cualquier resolución evidente, transitando entre el virtuosismo, el ruido y una obsesión por la complejidad. Una propuesta exigente, de las que obligan a que estés dentro del concierto. Todo un detalle, por parte de la banda, lo de repartir tapones para los oídos a los que estábamos más próximos al escenario.
Con el cartel de entradas agotadas, el Wurlitzer presentaba ese aspecto que tan bien conocen quienes frecuentan sus conciertos, público pegado a los músicos, donde la frontera entre escenario y pista resulta más teórica que real. El entorno ideal para que Twenty One Children, que son un grupo que entienden el directo como un ejercicio de participación colectiva, más que como una representación, pusieran todo patas arriba.

Cuando la batería de Biko comenzó a escupir ritmos acelerados y la guitarra de Thula descargó una sucesión de riffs abrasivos, supimos que ya no había vuelta atrás. Una intro instrumental sirvió como preámbulo para que Abdula saliera al escenario a escupir sus letras con una intensidad incompatible con cualquier parada o ahorro de sudor.
Imposible no acordarse de esos videos que veíamos de Minor Threat o la furia descontrolada de los primeros Bad Brains, cuando la distancia entre los músicos y seguidores desaparecía y el concierto se convertía en una experiencia compartida.
La historia de los tres jóvenes tiene mucho más recorrido que lo que podría sugerir lo escueto de su propuesta musical, aparentemente elemental. Formado solo hace tres años, Abdula Skink (voz), Thulasizwe «Thula» Nkosi (guitarra) y Biko (batería), usan el punk como herramienta de resistencia y defensa en una comunidad como Soweto, históricamente vinculada a la lucha contra el apartheid.

Desde su local de ensayo han impulsado iniciativas comunitarias vinculadas al skate y a la creación de espacios de encuentro, prolongando fuera de la música esa filosofía de cooperación y autogestión, que debería ser inherente al punk. Su nombre proviene de una referencia a los veintiún niños autistas con los que trabaja como asistente educativo Abdula, el cantante. Lo explicó él mismo en la única parada, totalmente justificada, del concierto.
Cortes de su escasa discografía, un puñado de singles y el L.P After The Storm (Slovenly Records), se iban sucediendo entre cervezas caídas, gente por los aires y velocidad de vértigo. “SCAB”, “Hiccup”, “Looney Bin”, o el hit inmediato que es “Life Thing” sonaron rematadamente bestias y en ningún momento se echó de menos un bajo.

La verdad es que Thula consigue llenar los espacios con una guitarra seca, agresiva y conectada a dos amplificadores, uno de bajo, mientras Biko mantiene una base que parece alimentarse de la electricidad acumulada en la sala. Abdula, por su parte, es el animal escénico que cualquiera puede esperar, incapaz de permanecer quieto más de un segundo sobre una superficie.
Y lo que sucedió ya casi al final del set terminó por dinamitar cualquier noción convencional de un concierto al uso. Thula se lanzó sobre el público sin dejar de tocar la guitarra, sostenido por decenas de brazos mientras continuaba arrancando riffs con su instrumento. Biko hizo lo propio abandonando la batería hasta en dos ocasiones, mientras Abdula convertía la pista en una extensión del escenario. Se fueron despidiendo con “Ice Cube”, otro de esos trallazos sin discusión que completan su urgente cancionero.

Resulta especialmente estimulante comprobar cómo una música nacida hace medio siglo continúa encontrando nuevas generaciones dispuestas a hacerla suya desde realidades culturales, sociales y geográficas radicalmente distintas a las de sus antepasados musicales.
Lo que surgió como un grito de inconformismo en el Reino Unido y Estados Unidos de los setenta, dos antiguos imperios (uno en sentido literal y otro en su condición de potencia hegemónica) que hoy parecen empeñados en exhibir las miserias de su decadencia política y social, ha terminado echando raíces en lugares como Soweto, cuya historia está marcada por la resistencia de la lucha de su pueblo contra el régimen de los afrikáners blancos.

Twenty One Children no reinventan el punk, solo demuestran que su espíritu sigue vivo, coleando y dispuesto a partirte la cara. Metafóricamente hablando, claro, aunque viendo cómo acabaron volando los músicos por el Wurlitzer, tampoco pondría la mano en el fuego.
Fotos Twenty One Children + Applemingo: Fernando del Río














