Jorge Pérez siempre ha tenido un aire de ensimismamiento, como un halo de sabio distraído, que es lo que le hace especial. Algunos lo llamarán carisma; los más jóvenes, claro, usarán el tan superpoblado últimamente lugar común del aura, pero es algo más: una despreocupación total y absoluta por contextualizar. Nunca le verán recuperando glorias pasadas (que las tiene, y no pocas), ni siguiendo una corriente estética determinada, ni pretendiendo ser nada que no es, o que no le dicta el hoy. Su hoy.
A base de eso, desde que dio por zanjada la etapa con su banda –Ciudadano– y empezó una carrera en solitario, con discos colaborativos tan monumentales como el de Maderita de por medio, en que esa personalidad ensimismada, intransferible y soñadora se ha ido desplegando a través de discos tan diferentes entre sí como Entusiasmo (2012), Transparente (2016) o Calavera Suave (2022), ha ido construyendo una de las trayectorias pop más exquisitas del panorama nacional, aunque el síndrome del que pertenece al ámbito de provincias la haya relegado de forma injustamente obligada al secreto a voces.
Por eso a uno nunca le faltan fuerzas para dedicarle líneas a una nueva referencia de Tórtel: porque es una de esas delicatessen que es fantástico dar a conocer a quien se preste a leer y escuchar. Cada uno de sus álbumes es un pequeño tesoro que si te ayudo a encontrar, pues oye, es todo un tanto en mi palmarés y me llena el corazón de alegría. Por discos como este Los Espíritus recién estrenado es por lo que merece la pena esto de dejarse las manos y la cabeza poniendo blanco sobre negro pensamientos sobre música. Son discos sin pretensiones, sin imposturas, que son un acto de generosidad y de humildad por parte de quien los hace, sin un aparato promocional detrás, totalmente autogestionado y artesanal. Uno no puede evitar querer sentirse parte de su equipo.
Y es que lo que Jorge suministra aquí es tan sencillo, pero, tan, tan difícil de encontrar… Una especie de iluminación a través de las canciones que surte ese efecto balsámico que cualquier oyente busca al sumergirse en un disco. Canciones cristalinas, sin artificios ni triquiñuelas, que no quieren bajo ningún concepto parecerse a las de nadie y que han sido cocinadas, en este caso, en la intimidad del hogar.
Eso sí, en compañía de varios buenos amigos: primero y principal JM Romero, cómplice de Jorge en este concreto crimen, porque entre otras cosas ha sido quien ha puesto la casa durante los 4 años que ha durado la gestación de un trabajo que además cuenta con la presencia de luminarias como Paco Tamarit (Serpentina, Señor Mostaza, La Casa Azul), Joaquín Pascual, Alberto Montero (con quien firmó el maravilloso mini-lp Alucinados), Abel Hernández (El Hijo) o Anto Serrano. A ellos se unen el habitual Enric Alepuz, a las percusiones, y Aaron Morris, en tareas de mezcla, master, brillo y esplendor.
Con todos ellos, pero sobre todo consigo mismo, Tórtel ha logrado demostrar una vez más por qué es ya -o debería ser- un auténtico clásico patrio del pop artesanal. Los Espíritus juega a la intimidad como pocos discos lo hacen. Sin pudor, sin pedir permiso y sin necesidad de estridencias, “La torre” empieza a sonar y se acomoda, primero en tus oídos, y luego en tu cabeza y corazón. De repente, te conviertes en esa persona a la que la letra le dice, sobre ese colchón entre fantasmal y tropical, que “lo mejor de mí y lo mejor de tí se parecen muchas veces”.
Ese tono de eterna zozobra, no se sabe si nocturno o de la hora de la siesta, permanece imperturbable a lo largo de un minutaje que corre sin sentir, como una placentera fase REM del sueño de la que no te quieres apear. Es la particularidad de ese sonido lo-fi tan hi-fi (gracias a la mano de Morris) que han logrado. Dota al conjunto de una cercanía que en ningún estudio profesional se hubiera obtenido. Es imposible no sentir el calorcito que desprende “Volcanito despierto”, “La estrella del respeto”, “Otra dirección” o, claro, “Un lugar soleado” (con su pequeño tributo al Niño Gusano).
Entre todas configuran un shangri-la, un lugar seguro, que es la pura esencia de Tórtel. Porque, con todos los cambios y la coherente evolución del proyecto, lo suyo siempre ha consistido en lo mismo: regalarte sus canciones para que a través de su experiencia encuentres la tuya. Hacerse preguntas para que tú no te las tengas que hacer, o mejor dicho, encuentres tus propias respuestas. Parece fácil, pero eso forma parte del truco: nada en Tórtel, pese a la apariencia, es tan fácil. Sólo así es capaz de lograr lo que pocos, muy pocos, pueden decir: que un disco como este, o como todos los demás que ha hecho, forme parte de tu familia, se convierta en tu mejor amigo.





















