Man Without Country – Foe (Everlasting)

Hay una frase conocida que dice algo así como “cuando dos personas hacen lo mismo, ya no es lo mismo”. Creo recordar que la pronunció algún destacado personaje de ciencia, aunque yo la leí por primera vez en un cómic de la Marvel allá a finales de los 70. El supuesto axioma puede aplicarse a muchos campos de la creación humana, sobre todo en el terreno artístico, pero de un tiempo a esta parte empiezo a ponerla en duda por lo que respecta a la producción musical, con decenas de CDs sobre mi mesa que podría confundir y cambiar de caja sin que posiblemente nadie, nunca, llegara a notarlo.

Man Without Country son un dúo galés, formado por Ryan James y Thomas Greenhalf, que debutan en formato largo con Foe. Su música, oh sorpresa, es una mezcla de mucho dream pop, bastante electrónica con cierto air retro y algo de shoegaze. En fin, como tantísimos grupos surgidos desde que, a mediados de la pasada década, propuestas como Radio Dept, Asobi Seksu y sobre todo M83 reconciliaran la introspección indie con cierta electrónica susceptible de ser bailada.

A favor de Man Without Country hay que decir que algunas canciones (“Puppets”, “Iceberg”) contienen melodías que pueden recordarse hasta algunas horas después de haber escuchado el disco, que sus letras están por encima del nivel general para este tipo de grupos, que por momentos rasgan el ambiente con cambios de ritmo y alguna incursión ruidosamente penetrante, y que consiguen envolver al oyente en una ligera neblina onírica (una sensación peligrosamente parecida al sopor) durante la que se ve dominado por visiones fantasmales, invadido por sueños incomprensibles y, en el caso de los más veteranos, tal vez transportados (con un poco de imaginación) a aquellos años en los que a OMD les dio por experimentar. Todo ello siempre sin perder de vista a los Pet Shop Boys más introspectivos ni tampoco, como queda claro en la intro (y en la parte final) de “Inflammable heart”, las bandas sonoras de Giorgio Moroder.

Para amantes del dream pop que no hayan alcanzado aún su punto de saturación emocional y sonora.

 

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