David Toop en su ensayo En El Maelström (Caja Negra, 2018), apuntaba una definición del historiador Eric Hobsbawm que me parece apropiada para empezar esta reseña: “Pues en el escenario, como en una sesión de jazz, el creador no puede quedar reducido a la mera pieza de un engranaje, porque ningún efecto se puede repetir con precisión y la relación entre el artista y el público no puede verse privada de su inmediatez peligrosa, emocionante e impredecible”. Si atendemos a la música que hacen los andaluces Pylar desde hace más de tres lustros, se podría decir que parte de la idea que dice Hobsbawm de que es una sonoridad que se aleja de los formatos más estandarizados, y sirve de reducto para la libertad expresiva de sus miembros. Escapar a los esquemas que propone el capital dentro de los géneros musicales, deconstruirlos para crear un lenguaje nada reduccionista, no es nada baladí, y es algo a lo que tener en cuenta. El ruido, el volumen alto que se aplica al oyente también es un desafío a una sociedad que nos quiere en armonía, nunca enajenados, y salir de esos cauces de frecuencia, romper con la tímbrica acostumbrada u ofrecer una ruptura semántica implica disrupción, (des)clasificación y caos.
Además de todo esto, Pylar lleva a cuestas un corpus teórico de una gran envergadura. En su hoja de prensa apuntan lo siguiente: “Después de haberse sumergido previamente en vastos territorios de horror cósmico y derrumbe existencial, PYLARabandona ahora cualquier certeza que pudiera quedar en favor de un impulso puramente delirante. El resultado es una obra impulsada por la dislocación y una intensidad irracional, donde el tiempo, la identidad y la estructura se disuelven en una alucinación en permanente transformación”. Esto explica que después de una trilogía inicial de álbumes en los que exploraban lo telúrico, los saberes ocultos en lugares fantasmáticos, lo ritualístico y/o atávico, etc.: podría decir que esta banda sería como una de esas células activas que crean arte en alguna darkweb al margen de cualquier condicionamiento. Tras estos trabajos iniciaron otra andadura por la que apostaban por la composición especulativa arraigada en el metal más extremo, hasta llegar al presente álbum, Delyrio (Cyclic Law/Cavsas, 2026) en el que experimentan con el doom metal, el ruido no binario, así como con las texturas y timbres.
De la mano de los textos de su fiel escudero Francisco Jota-Pérez, en estas cuatro canciones el colectivo sevillano se adentra en esa escritura, la hace pedazos, y crean una codificación visceral e irracional en donde se dan cita referentes como H. P. Lovecraft, Alan Moore, Nick Land o Borges. Como he podido leer en alguna entrevista, es muy interesante la idea de “música rizomática” que toman del concepto de rizoma de Deleuze y Guattari que está presente en su famosa obra Mil Mesetas. Esta técnica permite que el sexteto manipule los sonidos creando espacios de arbitrariedad y de imprevisión auditiva. Lo rizomático en la banda es que las partituras tienen su propia agencia, aunque esta agencia sea descontrolada dentro de unos límites.
Arranca el disco con “Apoteosis”, y las guitarras emiten riffs atronadores, y la lava densa de doom crea un paisajismo entre industrial y aceleracionista de estructuras que se abren paso a través de una excelente labor de producción (Raúl Perez en los estudios La Mina) en donde la espacialidad y el volumen son fundamentales. Las voces guturales se abren paso sobre un manto de resonancias tribales que pueden recordar a Sepultura, aunque Sunn O))) y Swans pertenecen a esa estirpe de anomalías que Pylar tiene como referentes. “Adoración” empieza con el bajo emitiendo desde un agujero muy negro, y en donde se respira un aire arremolinado en la superficie; la bateria se suma a esta danza cuyos referentes espacio-temporales no existen, y me llegan ecos tando de Corcobado y Los Chatarreros de Sangre y Fuego, como de los vaivenes psicolélicos del cosmic rock o los reptantes sonidos del japanoise. “Enajenación” juega con los silencios como elementos generadores de un lenguaje no articulado, y los espacios sonoros crean una sensación de abstracción sonora abrasiva con ecos no solo al metal, sino también al postpunk dislexico de grupos como PIL. El final llega con la pieza titulada “Enardecimiento”, y es, de nuevo, un magma incandescente de ruidos parasitarios creados desde la colectividad con reminiscencias a Merzbow y a los míticos AMM, y que supone, por si hiciera falta mencionarlo a estas alturas, un escupitajo en la cara al individualismo burgués, ese que inocula el veneno del “YO” como espacio de fuga.













