Ocean Colour Scene quedaron como el revival más evidentemente mod del Britpop, con esos sonidos añejos procedentes de los sesenta y deudores del Northern Soul convertidos en magníficas canciones que encajaban con soltura en aquella corriente predominante a mediados de los noventa.
Un legado recordado sobre todo en base a los que serían segundo, tercer y cuarto disco de los ingleses, Moseley Shoals (96), Marchin’ Already (97) y One From The Modern (99), conformando de este modo la zona noble del catálogo. Simon Fowler, Steve Cradock y Oscar Harrison (acompañados del bajista Raymond Meade desde 2016) han encontrado, precisamente en el treinta aniversario de Moseley Shoals, la excusa para dar de paso una nueva gira de Ocean Colour Scene. Un trazado que incluía siete paradas por nuestros escenarios y llevaba al grupo de vuelta a La Riviera madrileña, con la vieja guardia respondiendo hasta agotar entradas y con Fred Perry, Adidas y Ben Sherman compitiendo en la carrera por la marca más vestida de la velada.

Una trilogía, la señalada, de la que los de Birmingham tirarían sin disimulo ante una sala abarrotada y convencida de antemano, con una selección que dejaba un casillero generoso en dianas. Lejos de interpretar el mencionado Moseley Shoals al completo y en orden, el concierto confluyó en mayoría de grandes éxitos, espolvoreados con visitas a las piezas menos radiadas del homenajeado como “Lining Your Pockets”, “It’s My Shadow” o la psicodelia de “Get Away”.
Entre los singles (recibidos todos ellos con vítores de clásicos), “You’ve Got It Bad”, “One For The Road”, “Better Day”, la emocionante “Get Blown Away”, “I Just Need Myself” –recuperada del también recomendable North Atlantic Drift (03)–, “The Circle” o una “Profit In Peace” asumida por toda la audiencia como manifiesto pacifista. No es difícil concluir que la mejor época vocal de Fowler (así como su carisma) pertenecen a otro tiempo, si bien consigue salir airoso del asunto y no tiene problema en apurar ese recurso con forma de karaoke en el que el público siempre tuvo a bien colaborar.

Por su parte, Steve Cradock (sin duda uno de los guitarristas británicos más talentosos de su generación), luce como el auténtico motor del cuarteto, incansable a golpe de riffs imposibles, acelerados y capaces de salvar vidas. Una puesta en escena en la que Harrison y Meade cumplen, desde un segundo plano, en la sección rítmica.
El resultado fue un concierto tan satisfactorio como lastrado con ligera irregularidad, que repuntó de manera definitiva con un último tramo que aunó dos atemporales como “Travellers Tune” y “Hundred Mile High City”, dando paso a la cara B “Robin Hood” –en acústico con Simon Fowler en solitario– y la preciosa “The Downstream”. La esperadísima “The Riverboat Song” quedó interrumpida, debido a problemas técnicos, por un Cradock que abandonaba abruptamente el escenario. En cualquier caso, todo quedaba reconducido poco después y el inolvidable riff perpetrado por el escudero de Paul Weller volvió a atronar, ahora sí, para conformar un cierre por todo lo alto junto a la coreada “The Day We Caught The Train”.

Una actuación, en definitiva, alejada del nivel de los mejores tiempos de Ocean Colour Scene, pero capaz de reverdecer, aunque fuese en parte, los laureles de una banda que en su momento lució arrolladora… y que aún sabe cómo convencer a aquel público fiel a la causa ganado décadas atrás.
Fotos Ocean Colour Scene: Salomé Sagüillo















