Si existe una banda nacional representativa de lo que pudiera denominarse post-rock o post-metal, qué duda cabe que estos son Toundra. Los madrileños gozan de un estatus de respeto y devoción entre la crítica y el público no sólo del país, sino del panorama internacional más interesado en la escena a la que pertenecen.
La salida de uno de sus miembros fundadores, su guitarrista Esteban J. Girón, en 2023 del seno de la banda pudo sembrar dudas dentro y fuera de la misma acerca de la continuidad del combo. Afortunadamente, esa incertidumbre cesó pronto con el anuncio de la entrada en Toundra del también guitarrista Jorge García y con las primeras defensas por parte de la nueva alineación en vivo, como la que disfruté en las Fiestas de San Isidro del pasado año.
Ciñéndonos a lo que nos encontramos en su nuevo trabajo Siete (26), como su propio nombre indica, es una concesión y una vuelta a la esencia de la composición por encima del concepto global. Las canciones parecieran que gozan de una autonomía propia que, si bien evitan más que de costumbre los recursos más efectistas del género en cuanto a escalas de crescendos y valles o desarrollos intrincados, consiguen epatar gracias a la frescura que proporcionan nuevo elementos, destacando, sobre todo, un uso inteligente de los sintetizadores para abrigar las composiciones noveles sin resultar para nada invasivos. No obstante, el músculo identificativo de su sonido sigue estando ahí, en buena parte por la salvaguarda sónica que supone volver a confiar en la mano del productor Santi García, elemento innegociable en la concepción musical del cuarteto a estas alturas.
Ese matiz analógico en cuanto al uso de la electrónica y mayor peso sintético convierte la propuesta en algo menos, digamos, epatante de primeras, pero tremendamente honesto e innovador en cuanto al resultado, labrando un trabajo que demanda recorrido y las suficientes escuchas para ser ponderado en toda su valía.
No obstante, las señas de identidad características de la banda son las que aportan los instantes más trepidantes y emocionantes, como subraya su majestuosa apertura con “Rapier”. Le sigue “Eina”, donde un espíritu más evocador recorre el tema y, después, “Wispar” ahonda en la intención frontal del nuevo trabajo. Es con “Costa Roja” cuando los elementos electrónicos hacen mayor aparición y, tras la directa “30960”, el tono final más tenue del disco, con la fantasmagórica y hermosa “Sizigia” y la sinuosa y arábiga “Uniforme”, que nos retrotrae a algunas atmósferas de su clásico II (10).
Las novedades también afectan a la manera de enfocar y defender su obra, apostando por la autogestión y la autoedición, todo un paso decisivo hacia la libertad creativa y la protección de su legado que, esperamos, podamos disfrutar por muchos más años.

















