Hay ciudades que terminan sonando de una manera concreta. Basta escuchar unos segundos para intuir que aquello solo podía haber nacido allí. Nápoles es una de ellas. Quizá por eso Nu Genea nunca ha intentado recuperar el italodisco como un ejercicio de nostalgia. Lo suyo nunca ha consistido en recuperar un género, sino en comprender por qué aquella música nació precisamente en el sur de Italia y qué ocurre cuando se vuelve a mirar desde el presente.
El proyecto comenzó antes como una investigación que como un grupo. Mientras rescataban canciones olvidadas para las recopilaciones Napoli Segreta (2018), Massimo Di Lena y Lucio Aquilina fueron descubriendo una escena que apenas había sobrevivido en la memoria de unos pocos coleccionistas. Funk, disco, afrobeat, jazz, boogie… Todo convivía en una Nápoles que miraba constantemente al Mediterráneo. Aquellas recopilaciones nunca pretendieron ser un punto de llegada. Fueron el mapa desde el que empezar a construir las suyas propias.

Si Nuova Napoli (2018) dialogaba directamente con aquel legado, Bar Mediterraneo (2022) amplió el horizonte. La ciudad seguía estando ahí, pero ahora era el mar quien ocupaba el centro del relato, como si Nápoles dejara de mirarse a sí misma para empezar a mirar hacia fuera. Su último trabajo, People of the Moon (2026), terminó de desarrollar esa idea con un álbum donde las fronteras prácticamente desaparecen. No es casualidad que aparezcan nombres como Tom Misch, Fabiana Martone, cuya voz también puede escucharse junto a L’Impératrice, otro de los proyectos europeos que mejor ha actualizado la tradición disco desde el French Touch, o María José Llergo. Todos hablan el mismo idioma, aunque canten en lenguas distintas.
El concierto arrancó a las diez de la noche, justo después de la actuación de Gilsons, con una banda que dejaba claro desde el primer vistazo que aquello iba mucho más allá de un dúo de productores. Batería, bongó, sección de vientos, tres coristas y una formación capaz de trasladar al directo todas las capas de unas composiciones que en estudio ya destacan por su riqueza instrumental. Apenas hicieron falta unos minutos para convertir el Botánico en una enorme pista de baile.

Desde “Ma tu che bbuò”, el grupo encontró ese punto de equilibrio entre precisión y espontaneidad que define a los grandes directos. Las canciones crecían sin perder nunca el pulso, permitiéndose pequeños desarrollos donde los vientos dialogaban con la percusión, el bajo marcaba el camino y las coristas aportaban una profundidad que rara vez puede apreciarse del todo en las grabaciones de estudio. Todo sonaba orgánico, cálido y, sobre todo, vivo. Ahí residía buena parte de la magia del directo. Canciones como «Disco Sole» desembocaban de forma natural en «Marechià», mientras «Celavi» encontraba su continuación en «Parev'», como si el repertorio hubiera sido concebido como una única pieza en constante transformación.
Con «Vesubio» y «Bar Mediterraneo», el concierto terminó de abrirse hacia ese Mediterráneo que Nu Genea lleva años imaginando. Porque, aunque resulte tentador seguir definiendo a Nu Genea como un grupo italodisco, hace tiempo que su música dejó de pertenecer a un solo género. Lo que sucede sobre el escenario se parece mucho más a un puerto que a una discoteca: el funk conversa con el afrobeat, el boogie desemboca en el jazz, los ritmos árabes aparecen y desaparecen con naturalidad, y el napolitano convive con lenguajes musicales llegados de ambas orillas. Nada permanece quieto demasiado tiempo.

Esa sensación fue creciendo con “Tienatè”, “Je Vulesse” o “Doje Facce”, enlazadas casi sin interrupciones hasta convertir el concierto en una única celebración continua. No había necesidad de grandes discursos entre canción y canción. El repertorio estaba construido para que el ritmo no decayera nunca y el público respondió exactamente como la banda esperaba: bailando. Bastaba con seguir el groove.
Gran parte del mérito residió también en la banda que acompaña al dúo. Las tres vocalistas, Cindy Pooch, Marika Pignalosa y Giulia Oliveiri, aportaron una profundidad constante a unos arreglos vocales que ganaban fuerza en directo, mientras la sección de percusión reforzó el carácter festivo de muchas canciones sin caer nunca en el exceso. Entre todos construyeron un directo exuberante, donde cada instrumento encontraba su espacio sin romper nunca el equilibrio del conjunto.

Si el concierto ya había dibujado un Mediterráneo sin fronteras musicales, la aparición de María José Llergo terminó de darle cuerpo a esa idea. La cordobesa, que forma parte del universo creativo de Nu Genea, apareció primero en «Accelera» y «Celavi» para regresar en el último baile de la noche con «People of the Moon». Más que una colaboración, parecía la confirmación de que ambas propuestas hablan un mismo lenguaje desde orillas distintas.
Mientras el público abandonaba lentamente el Botánico, costaba dejar de pensar en la paradoja que sostiene a Nu Genea. Un grupo que nació investigando canciones olvidadas ha terminado escribiendo algunas de las más luminosas del presente. Quizá esa sea la mejor manera de entender su música. No como una mirada al pasado, sino como la demostración de que el Mediterráneo sigue siendo uno de los lugares más fértiles para imaginar el futuro. Porque hay ciudades que terminan sonando de una manera concreta. Y, después de verlos en el Botánico, resulta difícil no pensar que Nápoles sigue haciéndolo mejor que casi ninguna.
Fotos Nu Genea: Víctor Terrazas





















