Los seres humanos somos proclives a la nostalgia, a recordar esos momentos en los que fuimos felices. Trasladado esto al rock, la nostalgia puede hacer que un concierto nos parezca mejor de lo que en realidad es, pero también puede hacer que seamos más exigentes cuando el legado es enorme. Nadie va a ver a ZZ Top esperando descubrir algo nuevo, va esperando sentir, aunque sea por poco más de una hora, aquello que hizo legendaria a una banda y cuando esto no ocurre, el “palo” es mucho más duro.
Y esto nos lleva a una pregunta incomoda: ¿hasta cuándo puede sobrevivir una banda convertida prácticamente en una marca? La visita de ZZ Top a Noches del Botánico, dentro de su gira The Big One, dejó precisamente esa sensación. La de asistir a un repertorio irreprochable interpretado por una formación que parece haber perdido gran parte de su alma.

Porque hoy de aquel trío irrepetible nacido en Texas en 1969 solo permanece Billy F. Gibbons. Tras la muerte de Dusty Hill en 2021, su técnico de confianza, Elwood Francis, asumió el bajo siguiendo los deseos del propio Hill, mientras que la batería continúa oficialmente en manos de Frank Beard, aunque su continuidad en los últimos tiempos ha estado condicionada por diversos problemas de salud. La realidad es evidente: de la formación clásica únicamente queda Gibbons, custodio de un legado inmenso y, al mismo tiempo, prisionero de él.
Y ojo, no es la primera vez que esto pasa en la historia del rock. Multitud de bandas sobreviven, con mayor o menor acierto, con gran parte de miembros no originales en sus filas, sin embargo: si no se muestra algo digno del nombre ¿para qué seguir?

La puesta en escena arrancó con uno de esos guiños que forman parte del folclore visual de ZZ Top. En «Got Me Under Pressure», Elwood Francis apareció aferrado a su extravagante bajo de 17 cuerdas High Selecta, un invento diseñado para acaparar miradas y fotos antes incluso de que sonara la primera nota. El tema está en que, una vez superada la sorpresa, las canciones debían comunicar por sí solas. Y eso nunca ocurrió.
Desde los primeros compases dio la impresión de que el trío no terminaba de encontrarse. «I Thank You», «Waitin’ for the Bus» o «Jesus Just Left Chicago» avanzaban con pequeños desajustes, como si cada músico fuera a una velocidad distinta. No estamos hablando de clamorosos errores al estilo de una banda que está empezando, pero sí eran lo suficientemente evidentes para romper la sensación de engranaje perfecto que siempre fueron ZZ Top.

Tampoco ayudó un sonido sorprendentemente deficiente para un concierto de estas características. La aparatosa batería de tres bombos se imponía constantemente, devorando especialmente el bajo y desequilibrando el resultado final en algunas canciones. Eso en lo tocante al tema mezcla de sonido, pero también merece la pena comentar que ciertos redobles de batería de Michael Monahan parecían más propios de una banda de thrash metal que de los ZZ, totalmente fuera de lugar.
Billy Gibbons, consciente quizá de que la distancia entre público y ellos era creciente, intentó tender puentes en varias ocasiones. Antes de «Pearl Necklace» se dirigió a la audiencia en un simpático español supuestamente improvisado, disculpándose por no dominar el idioma y felicitando a España por su reciente victoria en el Mundial, precisamente el día en el que se celebraba el título en Madrid. Entre el público asomaban varias camisetas de la selección y el gesto fue recibido con simpatía, con un conato de “lolololo lololo” “paconazo” que nunca llegó a materializarse del todo.

Ni con un repertorio prácticamente infalible: «Gimme All Your Lovin'», «I’m Bad, I’m Nationwide», «I Gotsta Get Paid» o «My Head’s in Mississippi», que fueron cayendo una tras otra, aquello logró terminar de “incendiar” el mítico auditorio del Botánico repleto de gente predispuesta desde el minuto uno.
Ni siquiera la celebrada «Cheap Sunglasses», culminada con un larguísimo solo de Gibbons (más excesivo que inspirado) consiguió cambiar el rumbo de una actuación que avanzaba como una mañana rutinaria en una oficina.

Canciones como «Sharp Dressed Man», «Legs» o el tramo final con «Tube Snake Boogie», «Thunderbird» y la inevitable «La Grange» siguen siendo historia viva del rock americano, pero no lograron transmitir ni la mitad de lo que ZZ Top hubiera hecho en otros tiempos.
Y el problema no reside en Elwood Francis, un músico competente que jamás ha pretendido reemplazar el carisma irrepetible de Dusty Hill. Tampoco exclusivamente en Gibbons, que trata de defender el cancionero con profesionalidad y una dignidad difícil de cuestionar a sus 76 años, aunque la forma no sea la misma.

El conflicto puede que sea más profundo. ZZ Top fueron durante más de medio siglo uno de los ejemplos más extraordinarios de estabilidad en la historia del rock. Eran los Ramones del blues y del boggie, unos músicos berzotas, una química irrepetible y una estética de grupo que trascendía a sus propias canciones. Cuando dos tercios de esa identidad desaparecen, mantener el nombre puede ser legal, incluso razonable para alguien como Gibbons, cuya vida está atada a una guitarra y a un escenario. Sin embargo, sin directos arrolladores como siempre fueron ellos, lo que permanece difícilmente puede seguir llamándose ZZ Top.
Quizá haya llegado el momento de preguntarse si seguir paseando el nombre de la banda por el mundo honra realmente su historia… o si, por el contrario, acaba convirtiendo un legado inmortal en algo totalmente innecesario.
Fotos ZZ Top: Fernando del Río





















