León Benavente

León Benavente + Él Mató a un Policía Motorizado (Noches del Botánico) Madrid 23/07/26

En la pantalla gigante ubicada al fondo del escenario, mientras sonaban las últimas notas de “El Tesoro”, apareció la cara desencajada de Leo Messi llorando tras perder la final del Mundial, sobreimpresa con una estrofa de la canción que en cualquier otro contexto habría provocado un cortocircuito: “Cuidarte siempre a vos en la derrota”. En el suelo, entre el césped de las Noches del Botánico, la reacción del público oscilaba entre algunos pitos esporádicos, alguna que otra ovación y, sobre todo, una abrumadora, casi desoladora, indiferencia. Y esa frialdad decía muchísimo más de la noche que cualquier análisis posible del concierto.

Llegábamos a la cita después de una última semana en la que la conversación pública se había convertido en un vertedero insoportable. La reciente final del Mundial había bastado para que la fauna habitual de las redes sociales, a ambos lados del atlántico, activará la maquinaria del odio, desempolvará teorías de la conspiración y monetizara la crispación. Con ese trasfondo de batalla digital, entrar a un concierto de una banda argentina podía intuirse como un paseo por un terreno minado. Afortunadamente, la vida real insiste en no parecerse al algoritmo.

Después de haberles visto arrasar en sus dos últimas paradas madrileñas, con el calor humano y la acústica envolvente de La Riviera o el volumen mastodóntico del Movistar Arena, esta vez la experiencia nacía viciada por la propia logística del festival. Arrancar un concierto de El Mató a un Policía Motorizado a las ocho de la tarde, con el sol apretando sin piedad y la incómoda sensación de que las horas nobles de la noche estaban reservadas para el festín posterior de León Benavente, descolocó el ambiente desde el minuto uno.

Ese desajuste se leía perfectamente en el recinto. Las gradas lucían bastante más desangeladas de lo habitual y en la pista resultaba sorprendentemente fácil moverse por el fondo y los laterales. Era evidente que buena parte del público había acudido pensando en León Benavente. Muy lejos de esa masa compacta y sudorosa que suele apiñarse frente a Santiago Motorizado en las salas, el Botánico ofrecía un paisaje disperso, donde convivían los fieles de la banda con otro sector mucho más pendiente de lo que vendría después.

No fue, pese a todo, un mal concierto. Sería injusto decirlo. El Mató volvió a hacer eso que tan pocos grupos saben conseguir: convertir la melancolía en un lugar compartido. Sus canciones nunca invitan a quedarse quieto en la tristeza; siempre terminan empujando hacia delante. Arrancaron con la solidez habitual, enlazando sin apenas respiro “Navidad de los Santos”, “El Héroe de la Navidad”, “La Noche Eterna”, “Diamante Roto” o “Medalla de Oro”.  Durante ese primer tramo daba la impresión de que el grupo quería compensar la luz del día a base de decibelios. Parecía que la noche iba a despegar con violencia, pero el tramo central acusó una bajada de pulsaciones evidente. Sucedió incluso cuando sobre el escenario asomaron auténticos himnos generacionales como “Amigo Piedra” o la ya mencionada “El Tesoro”, recibidos con la fe inquebrantable de los de siempre, pero incapaces de contagiar al recinto en su totalidad.

La respuesta del público confirmó esa sensación. La entrega existía, desde luego, pero estaba perfectamente localizada: un núcleo duro atrincherado en las primeras filas montó sus propios pogos, coreó cada verso y sostuvo el concierto con entusiasmo. El resto contemplaba el despliegue con una distancia impropia de una banda que suele convertir sus conciertos en una celebración colectiva. Quizá pesara la hora, quizá el bochorno acumulado o quizá sea simplemente que el formato del Botánico invita a una escucha más contemplativa que pasional. 

Aun así, el tramo final volvió a poner las cosas en su sitio. La banda apretó las tuercas, recuperó la pegada muscular y acabó dejando una sensación de empaque infinitamente superior a la que presagiaba su zona media. Lo consiguió enlazando “El Mundo Extraño”, “Yoni B”, “Fuego” y el estallido inevitable de “Chica de Oro”. En apenas setenta y cinco minutos, los platenses despacharon cerca de una veintena de canciones, dejando claro que su verdadera virtud no reside en el volumen ensordecedor, sino en la forma en la que tensan la atmósfera hasta hacerla saltar por los aires.

No vivimos uno de esos conciertos destinados a convertirse en leyenda, pero sí la confirmación de que El Mató a un Policía Motorizado sabe adaptarse incluso cuando el escenario juega en su contra. Para rematar la faena, Santiago Motorizado tiró de esa elegancia natural que maneja sin despeinarse: una despedida sobria, unas breves palabras felicitando al público madrileño por la copa recientemente ganada y una recogida de bártulos sin aspavientos. La mejor confirmación de que, mientras en las redes sociales la gente se despelleja por un puñado de interacciones, en el mundo real en la música se sigue sabiendo ganar y perder con la cabeza alta.

Crónica: Víctor Terrazas (fotos Fernando del Río)

León Benavente sigue siendo esa anomalía fascinante del rock patrio, una banda que ha construido su ideario a partir de influencias nada complacientes, como el krautrock de Can o Neu!, el post-punk más salvaje y la electrónica cada vez más presente, envuelto todo en unas letras más cripticas que comprensibles a la primera escucha.

Dicho así quizás no debieron convertirse nunca en una banda capaz de congregar a miles de personas y, sin embargo, ahí están, demostrando que todavía hay espacio para el riesgo dentro del rock en este país. Su regreso a Noches del Botánico, el tercero para ellos dentro del ciclo madrileño, lo volvió a confirmar. 

No salieron a hacer prisioneros, Abraham Boba apareció envuelto en un traje que desafiaba las lógicas de las altas temperaturas y, sin conceder ni un respiro y sin peticiones de permiso, tiraron directos a la yugular con: «Úsame/Tírame” y “A la moda”.

Desde un principio quedó claro que León Benavente siguen viendo el escenario como un lugar donde la intensidad lo es todo y el que no debe haber espacio para los tiempos muertos. Boba volvió a ejercer de frontman absoluto, desafiante, chulesco cuando la canción lo exigía y dueño absoluto de cada rincón del escenario.

El set fue recorriendo gran parte de su cancionero, alternando himnos como: «Ánimo Valiente», «La Ribera», «Tipo D» o «Ser Brigada» con temas más recientes como la desenfrenada en directo: “Baile existencialista”. De manera paralela la banda fue confirmando que la electrónica ha pasado a ser parte fundamental de su identidad.

Desde la publicación de Nueva sinfonía sobre el caos, producido por Martí Perarnau IV, los sintetizadores y secuenciadores han ido ocupando un lugar cada vez más relevante. No es casualidad que Perarnau se hay incorporado como miembro fijo en directo, situado al fondo del escenario entre sintes, máquinas y dándole a la guitarra ocasionalmente, vitaminando el sonido del cuarteto sin mermar la contundencia a la base formada por: Eduardo Baos (bajo, guitarra, programaciones…), Luis Rodríguez (guitarra) y César Verdú (batería).

Uno de los momentos más celebrados llegó con «Mítico», sin duda, la canción pretendidamente comercial de la banda, cuando Boba rompió la cuarta pared para saltar del escenario y hermanarse con los asistentes, una imagen que repetiría al final del concierto con «Ayer Salí».

Aunque fue todo tan rápido como una nova en una noche estival, hubo tiempo para las palabras. Boba felicitó a Noches del Botánico por su buen hacer, recordando que era su tercera vez allí. También aprovechó para lanzar una reflexión y una reivindicación de los conciertos en los que el público ve a dos artistas (como el que nos ocupa) frente a la lógica de los festivales, donde el consumo compulsivo termina siendo más importante que detenerse a vivir los shows.

Tras casi quince años de carrera como banda, León Benavente siguen empeñados en demostrar que no debería haber contradicción entre creación artística y conexión popular. Esgrimir canciones con letras nada fáciles, sonidos que nacieron del underground y que miles de personas acaben coreándolas, es todo un triunfo anómalo y al que no deberían renunciar nunca.

Crónica y fotos: Fernando del Río

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