Biffy Clyro es el ejemplo perfecto de banda que ha ido construyendo su carrera de espaldas a la crítica musical más sesuda y con el apoyo leal de su nutrida legión de fans. Por algún motivo, el hecho de practicar un rock alternativo con trazas post-hardcore, emo e incluso math rock no comulga en demasía con unos plumillas más preocupados por reivindicar a viejas glorias caducas por falta de inquietud y curiosidad; o bien por ensalzar la enésima propuesta presuntamente rupturista y rabiosamente contemporánea. Eso a la banda afincada en Glasgow le da del todo igual y a nosotros, su parroquia, ya ni te cuento.
El coqueto recinto de los Jardines del Botánico volvía a mostrar una entrada rozando el lleno y, pese a las continuadas visitas de la banda por nuestro país, la expectación previa permanecía inalterable. El bueno de Simon Neil se presentó sobre el escenario con su ya acostumbrada colección de tatuajes y escasa ropa para volver a mostrar una de sus exhibiciones de derroche físico tan características. Es cierto que tendríamos que lidiar con la ausencia de su bajista James Johnston, apartado voluntariamente en esta gira para solventar sus problemas de salud mental y adicciones, lo cual en cierta manera es un hándicap, ya que su vaciado escénico poco tiene que envidiar al de su líder.
Por allí sí que acompañaría a la batería el fiel Ben Johnston, hermano gemelo del bajista precisamente. Las labores al bajo las ocuparía Naomi Macleod, compañera de Simon en su proyecto grindcore Empire State Bastard. El cambio resultaba apropiado, aportando más dosis de sutilidad y misterio en detrimento de mayor fisicidad y exaltación. Lo que ya no me terminó de convencer del todo fue la proliferación de tantos músicos de apoyo: un segundo guitarrista, un teclista y dos violinistas, permitiendo estas dos últimas hacer brillar especialmente los temas más íntimos y épicos de Biffy Clyro. La verdad que el impacto que son capaces de crear este power trío de por sí sobre un escenario me parece de sobra potente y eficaz, además del que denominaré “efecto Juan Luis Guerra y 4.40” que aporta visualizar tanto músico sobre las tablas descargando rock sudoroso e instintivo.
Tampoco ayudó de entrada un sonido demasiado taimado, al menos en la primera parte del show, así como el encontrarnos ante un concierto demasiado “loleado” por la audiencia, cosa, por otro lado, razonable ante las arengas de la propia banda y el haber ganado un Mundial de Fútbol hace tan sólo dos días.

Dicho lo cual, el arranque del concierto me pareció algo desinflado, desluciendo hits tan característicos como “The Captain”, “The Golden Rule” o “Biblical”. Brillaban mucho mejor esas canciones donde poder aportar ese abrigo coral reposadamente, como ocurrió con “Goodbye” y “Space”. La cosa mejoró bastante a partir de la poderosa coda, ahora sí, musculada y barroca que consiguieron con “Cop Syrup”, cogiendo ritmo y frenesí en esos lances de la velada gracias al ímpetu y emoción que afloró con el entramado que supuso la sucesión de “Different people”, “A Hunger in Your Haunt”, “Black Chandelier” y “Mountains” antes del bis. Y es que, si bien el concierto mostraba un nivel medio, sólo el arsenal de temazos de los que puede presumir Biffy Clyro es garantía para levantar cualquier show.
El bis también mostró un cariz desigual, arrancando con la bellísima “Machines”, completa debilidad sentimental para quien les escribe, que se convirtió en un karaoke colectivo que me estragó por completo, seguida de uno de sus singles más vulgares “Wolves of Winter” y que termino, sin embargo, por todo lo alto con una trepidante y maravillosa “Bubbles” para dar el punto final con ese lamento intensamente doloroso, bello y dramático que es su imprescindible “Many of horror”.
Como le comenté una vez a mi amigo y acompañante esa noche, “Yonkilata y Futique (25)”, grito de guerra y de resistencia para el apocalipsis diario.
Fotos Biffy Clyro: Vega Hallen





















