Entender el escenario como un lugar donde escapar de la realidad sería demasiado sencillo para Rubén Blades, que lleva más de medio siglo demostrando justo lo contrario. A sus casi ochenta años, el panameño continúa usando la salsa como vehículo para hablar de: memoria, identidad, migraciones, injusticia social, o literatura y todo ello sin renunciar jamás a su capacidad para hacer bailar.
Esa rara combinación entre celebración y conciencia volvió a quedar patente en un Noches del Botánico abarrotado, con un público tan diverso como las historias que habitan sus canciones, o las banderas que poblaban las primeras filas del anfiteatro.

La velada comenzó con la Roberto Delgado Big Band (cerca de veinte músicos sobre las tablas) calentando motores antes de la aparición de Blades. Bastaron unos minutos para entender por qué Delgado (apostado con su bajo y teclado en una discreta esquina del escenario) se ha convertido en el gran arquitecto del sonido de Blades durante los últimos años. Sus arreglos, herederos de la tradición de las grandes orquestas latinas, combinan una precisión que asusta, con una fuerza descomunal, sosteniendo un sonido que ya quisieran muchas bandas de rock de esas que tanto nos gustan.
Sería demasiado fácil decir: “entonces apareció Rubén Blades, con el tumbao que tienen los guapos al caminar”, pero es que es así: traje negro, gafas de sol y la tranquilidad del que ya ha demostrado todo. «Mambo Gil» abrió una actuación que, desde el primer minuto, dejó claro que el espectáculo iba mucho más allá de la música.

En «Decisiones», un inmenso mural proyectado sobre la pantalla central del escenario reunió decenas de rostros procedentes de todos los rincones del planeta. Blades comenzó a nombrar países mientras el público respondía con un contundente «¡Presente!». Durante unos minutos, Noches del Botánico se convirtió en una suerte de asamblea multicultural donde quedó patente que la comunidad venezolana era, con diferencia, la más numerosa de la noche.
La reivindicación continuó con «País portátil», convertida en un sentido alegato hacia quienes se ven obligados a abandonar su hogar para buscar un futuro mejor. Poco después, «Emigrantes» desmontó, con la claridad habitual de Blades, ese discurso simplista que presenta la migración como una elección caprichosa en lugar de una necesidad.

También hubo espacio para la literatura. Antes de interpretar «Ojos de perro azul», el cantante recordó entre risas a su amigo Gabriel García Márquez, recordando hasta que obra del Nobel colombiano ha acompañado también su propio universo creativo.
La temperatura se iba elevando y lo hizo aún más con «Todos vuelven», momento que Blades aprovechó para presentar a los integrantes de la Roberto Delgado Big Band, mientras la realización del video iba dando protagonismo a cada músico sobre las pantallas. Un acierto que permitió apreciar mejor el estupendo trabajo de una orquesta en la que cada sección se esconde una personalidad propia.

En «Fotografías», título de la gira, fue el propio Blades el que quiso inmortalizar la noche tomándose un selfie con el público, un gesto más que simpático que terminó convirtiéndose en otra imagen para la memoria colectiva, de una noche construida sobre los cimientos de los recuerdos y la amistad entre pueblos. Blades habla como escribe, con la naturalidad de ese que lleva toda una vida observando el mundo y convirtiéndolo en canciones, solo así se explica que, entre las pausas entre temas, no se rompiera el ritmo.
Antes de «El Cantante», compartió otra de esas historias que sólo él sabe contar. Recordó cómo Willie Colón le pidió escribir una canción para Héctor Lavoe. El resultado terminó convirtiéndose en un sentido homenaje al cantante puertorriqueño y sirvió, además, para saber que esa canción conserva toda su emoción medio siglo después.

Como un capricho del destino, una preciosa luna llena de tonalidades rojizas comenzaba a elevarse sobre el Botánico. Un regalo que cualquier diseñador de luces hubiera soñado y que terminó fundiéndose con “Pedro Navaja”. La historia del buscavidas puertorriqueño emigrado a Nueva York sigue funcionando como una película desde el primer día, demostrando que la mejor crónica social se puede escribir desde la salsa.
Hasta para el desenlace del concierto Ruben Blades fue valiente, porque lo lógico hubiera sido terminar con su mencionado éxito global, sin embargo, siempre desde su humildad, dio todo el protagonismo a Niño Josele. Contando con su sonrisa sempiterna su colaboración con él y Fernando Trueba en el documental Bajañí, dando paso a “Parao”, que inundó todo el recinto con la guitarra del almeriense.

Rubén Blades es ese que, lo mismo desata una terrible venganza contra un alienígena (no se asusten, estoy hablando de su papel como el detective hispano Danny Boy en Predator 2 -1990-) que convierte un concierto multitudinario en un acto de reflexión colectiva sin renunciar a la celebración, el humor y el baile.
Ya lo dice la frase atribuida a la feminista anarquista Emma Goldman: “si no puedo bailar, tu revolución no me interesa” y eso lo sabe muy bien el gran Rubén Blades.
Fotos Rubén Blades y la Roberto Delgado Big Band: Fernando del Río





















