En mi mente conviven dos Mercury Rev. Por un lado, aquellos que susurran a las estrellas, construyen delicadas piezas sonoras y están empeñados en encontrar la belleza en algún rincón etéreo de su universo. Por otro, los que prefieren estrellar una nave espacial contra el escenario y contemplar fascinados como arden sus restos, mientras sus amplificadores acoplan sin fin.
Los primeros firmaron obras maestras como: Deserter’s Songs (1998) y All Is Dream (2001). Los segundos se quedaron a vivir entre distorsiones y recuerdos a The Cramps en Yerself Is Steam (1991) o Boces (1993), cuando el revival de la psicodelia de los noventa era un terreno salvaje. Y lo que ocurrió en la sala Changó fue, precisamente, el encuentro entre ambas caras de Mercury Rev, con clara querencia a la segunda y claro, saltaron las chispas.
La excusa era celebrar el aniversario del mencionado All Is Dream, el artefacto pop de cámara y melancólico, que consolidó a los neoyorkinos como uno de los grandes arquitectos de la psicodelia contemporánea. Una efeméride que, sobre el papel, invitaba a imaginar una noche de ensueño, con sus pasajes celestiales y alguna que otra lagrima.
Pero Donahue y los suyos tenían otros planes y es que, de las trece canciones que conformaron el setlist, únicamente cuatro (ya hay que ser cafre) pertenecían al supuesto disco homenajeado. El resto fue una celebración de su particular universo, con especial predilección por el ruidismo, la electricidad y las excursiones a los confines del tinnitus. Vamos, que quien acudiera esperando una reproducción fidedigna del disco debió preguntase en algún momento si no se había equivocado de sala. Hubo tiempo para dejarse acariciar por las delicadas composiciones de la telonera, Sandy Bell, cantautora estadounidense afincada en Woodstock cuya trayectoria incluye colaboraciones con Jeff Buckley y Bat for Lashes.

Acompañada por Jeff Lipstein, productor y su colaborador habitual, parapetado tras un teclado Novation, ofreció una deliciosa media hora de dream pop y atmósferas envolventes. Con una instrumentación y puesta en escena reducida a lo básico, Bell construyó pequeños universos, apoyándose en una voz de registros verdaderamente impresionantes.
Había algo de Kate Bush en su manera de abordar las canciones, ecos de neo folk y una sensibilidad cinematográfica que convertía cada composición en una pequeña película, con homenaje final incluido a Leonard Cohen. Una actuación corta, elegante y cautivadora, de esas que consiguen que llegues a casa y te pongas a investigar el cancionero de una artista ciertamente desconocida para la inmensa mayoría del público presente. Fue curioso que, sin saberlo, estábamos asistiendo al último remanso de paz de la noche.
Porque cuando Mercury Rev tomaron posiciones, el escenario cambió radicalmente, desde los primeros acordes de “The Funny Bird”, quedó claro que la banda había venido a ofrecer algo más ambicioso que un simple homenaje. No hubo paradas, todo estuvo supeditado al desarrollo de una experiencia sonora que exigía atención y, llegado el momento, una rendición incondicional.

Y es que Mercury Rev actuaron como las piezas de un comando perfectamente sincronizado, cada uno conocía su misión y la ejecutó con una precisión marcial. Sean “Grasshopper” Mackowiak asumió buena parte del protagonismo desde su guitarra, convertida en una inagotable fábrica de distorsiones, acoples y feedback. En ocasiones, parecía que Kevin Shields se hubiera colado en el escenario con la intención de sabotear una sesión de grabación de Phil Spector.
Detrás, Marion Genser construía desde los teclados y sintetizadores buena parte del esqueleto sobre el que se sustentaba el espectáculo. Sus líneas graves suplían la ausencia de un bajista convencional, mientras Jesse Chandler, también a los teclados y ocasionalmente al saxofón, completaba ese entramado de texturas. En el lado izquierdo del escenario: Joe Magistro impartía una auténtica lección de contundencia y dinamismo desde la batería, envuelta en una precisión admirable a la par que poderosa. Y en medio de todo ese dispositivo el imprescindible Jonathan Donahue, que ejercía de predicador psicodélico, y protagonismo de una película dirigida en directo.

Incombustible, teatral y entregado, alternó su voz, suspendida entre la inocencia y la melancolía, con una gestualidad un tanto extravagante. En tres ocasiones se colgó la guitarra, pero también recurrió a un micrófono carpetovetónico y una suerte de trompeta de plástico conectada inalámbricamente a un pedal de aspecto casero.
“Hercules” y “Lincoln’s Eyes” permitieron asomarse al universo de All Is Dream, aunque despojadas de cualquier tentación de recreación arqueológica. Especialmente la segunda, con su carácter inquietante y sus contrastes entre delicadeza y violencia, parecía escrita para una noche como aquella.
La inesperada versión de “She Cracked”, de The Modern Lovers, terminó de certificar que estábamos ante una celebración poco convencional. La conexión con el espíritu primitivo y de Jonathan Richman aportó otra dimensión a un repertorio que tampoco tuvo reparos en incorporar un guiño a “Transmission”, de Joy Division, durante “Dream of a Young Girl as a Flower”.

También hubo espacio para visitar su presente creativo con composiciones como “There’s Always Been A Bird In Me”, “Patterns”, “Runaway Raindrop” y “Ancient Love”, puede que las composiciones más asequibles del ciertamente “difícil” Born Horses (2024), un trabajo que confirmó su inclinación hacia formas más libres, atmosféricas y experimentales.
Aunque lo verdaderamente extraordinario no fueron tanto las canciones elegidas como la manera de ensamblarlas. El concierto tuvo una cohesión narrativa y una contundencia hipnótica que impedía contemplar cada canción como una pieza separada.

La recta final, con “Tides of the Moon”, “Goddess on a Hiway”, “Holes” y “The Dark Is Rising”, terminó por desatar el entusiasmo de un público que había pasado de la expectación inicial al desconcierto y, finalmente, a la rendición absoluta.
Poco más de una hora bastó para dejar a la audiencia sudorosa, energizada y, probablemente, bastante más desconcertada de lo que esperaba. Una misa eléctrica celebrada por cinco outsiders que parecían disfrutar a cada segundo, llevando sus composiciones a lugares insospechados.

Puede que quienes acudieran buscando la delicadeza orquestal de All Is Dream salieran con algún que otro pitido de oídos, pero también con la sensación de haber asistido a algo intenso, único y susceptible de no ser visto todos los días. Mercury Rev siguen demostrando que los sueños pueden adoptar formas muy distintas, algunos son hermosos, otros inquietantes y unos cuantos terminan convertidos en auténticas pesadillas.
Para esta gira, propiciada por Houston Party, han decidido poner los amplis al once y están sonando como una auténtica barbaridad. Ya podían haber titulado al tour: “All Is Noise”.
Fotos Mercury Rev + Sandy Bell: Fernando del Río

















