Debería decirse más: la influencia de Protomartyr en la música rock actual es mucho más grande de lo que aparenta. Sin ellos, directamente, difícilmente podríamos hablar de IDLES, Fontaines D.C. o Shame. Fueron antesala de toda aquella explosión post-punk pero, lejos de alejarse de la obsolescencia programada de todo aquello para que no les devore vivos, ellos persisten en unos planteamientos que, aunque han evolucionado y se han visto enriquecidos a nivel sónico, siguen firmes en un nivel de intensidad totalmente intransferible. Y, hasta cierto punto, también muy punk.
Ellos no necesitan proclamas baratas, rugidos panfletarios ni manifiestos de sobre de azúcar para que lo que tienen que decir llegue bien fuerte a sus destinatarios. Lo dicen siempre con furia, con las tripas en la mano, desde la herida profunda. A base de eso diseccionan en este, su séptimo disco, Hotel Usona, a una sociedad, la yanqui (USONA son las siglas de United States Of North America), mortalmente enferma y en peligro de extinción. A juzgar por sus letras, es como si Joe Casey se sentara en la barra de este Hotel a ver cómo el óxido se encarga de devorar poco a poco los cimientos de toda una civilización.
Para contarnos esto se han puesto en manos de Dave Fridman, que ha usado sus poderes mágicos para que todo el empaque reluzca como una luz negra, para que sintamos la oscuridad social de la que habla el concepto del disco como algo totalmente palpable. Y así es: lo que han registrado en los legendarios Tarbox Studios ofrece una monumentalidad que dista mucho de la parquedad de la que la banda hizo gala en su anterior Formal Growth In The Desert (2024), producido por su guitarrista, Greg Ahee.
Aquí su corsé estilístico se ha visto ensanchado, sobre todo merced a unos arreglos urdidos con Fridmann que aportan amplitud y una teatralidad que le viene muy bien al discurso, sin ablandar innecesariamente la crudeza de la banda, sino todo lo contrario, consigue sutilmente darle una nueva dimensión. Su contundente tratamiento -marca de la casa- de la sección rítmica formada por Alex Leonard y Scott Davidson se ve asediado por arreglos de cuerda neoclásicos, ráfagas de viento de herencia jazzística y sutiles ritmos arrastrados que rozan el trip-hop.
Es un espejismo melódico perfecto, ya que vistiendo las composiciones con estos ropajes hermosos consiguen que todo entre más fácil, y mientras la lírica irradia el olor a putrefacción de un sistema malvado e impune. Greg Ahee cede voluntariamente la cuota de protagonismo abrasivo de su guitarra a favor de una arquitectura sonora mucho más compleja, teatral y laberíntica, permitiendo que la incomodidad se instale lentamente a través de las capas de sonido en lugar de forzarla mediante un muro constante de distorsión.
Y es que todo este viraje estético parece estar condicionado de forma directa por la propia evolución de la lírica de Joe Casey, quien parece haber alcanzado una suerte de madurez zen dentro de la catástrofe. Frente a la rabia descarnada de Relatives in Descent (2017) o el duelo personal que marcaba su anterior trabajo, el Casey de 2026 asume el rol de un narrador flemático que contempla el apocalipsis con la ironía trágica de un poeta cansado. En la inicial «The Old Hotel», nos advierte de que regresar al pasado solo nos provocará la vergüenza de seguir habitando el presente, estableciendo la pauta de un disco que parodia las realidades más odiosas de su país como si fuesen huéspedes indeseables en su hotel.
Sigue «Sounds We Cannot Hear», una pieza de art-punk hundida en fango, donde las guitarras duelen y va siendo mayor la sensación de inquietud. A medida que avanzamos por cortes como la estupenda «Converts», «The Knife Dream» o la corrosiva «Exalted Eagles» la degradación que describen se vuelve insostenible, culminando en la densa atmósfera industrial de «Lavender – Gospel», el minimalismo casi jazz de “Third country” o en el abrasivo desenlace que se sirve durante los casi ocho minutos de la colosal «Checking Out».
Y de esta forma, entre escombros de civilizaciones, inteligencia artificial, el derrumbe de instituciones y el inspiradísimo muro de sonido que envuelve todas estas canciones, asistimos a una obra de madurez de esas en que una gran banda demuestra todo su potencial. Un álbum capaz de hacer abrir los otros, despertar del entumecido letargo, hasta al oyente más distraído. Un disco trascendente que es de digestión lenta, incómoda, pero agradecida, porque sin duda es uno de esos que, entre toda la maraña que puebla el logaritmo, significa algo importante. Y desde luego una pieza más -y de las mayúsculas- de la gran obra artística que Protomartyr deja tras de sí.

















