Lo de Big Thief, desde luego, deja la palabra “prolífico” a la altura del betún. Por si fuera poca la frenética actividad de la banda de Brooklyn, con el sublime Double Infinity (2025) aún calentito, su cara más visible, Adrianne Lenker, no para quieta: clara prueba de ello fue el aclamadísimo Bright Future (2024), que se llevó hasta la nominación a un Grammy. Pero es que el talentoso Buck Meek, su contrapunto creativo en la banda -dejando aparte al batería, James Krivchenia, que no anda desocupado, que digamos-, tampoco anda con tonterías: este 2026 llega The Mirror, el cuarto, que se dice pronto, disco en solitario del guitarrista.
Hasta ahora los discos de Meek habían sido bastante canónicos en cuanto a su exploración de las raíces country y folk de la música eminentemente norteamericana, pero algo ha cambiado en The Mirror. Un álbum que, para empezar, y como denota su título, es un trabajo que juega a la introspección y al autoconocimiento de una forma más profunda que en otros trabajos del tejano. Un claro signo de madurez que no es el único cambio.
De hecho, ha habido aquí un cambio de paradigma estilístico bastante acentuado. Al parecer, todo surge de una conversación entre Meek y James Krivchenia (que, por cierto, es aquí el encargado de la producción). El batería y él trataban de averiguar cómo podrían integrar elementos electrónicos en una música tan orgánica como la de Big Thief. Y no sabemos a qué término llegará esto con la esperada continuación de Double Infinity, pero sí cómo ha afectado a la música de Meek, que sutilmente ha agregado no pocos detalles electrónicos en los arreglos de sus canciones y, además -aunque no abandona su raíz americana- suena más pop que nunca. De hecho, la aquí incluida es la música más asequible (si entendemos por ello lo abiertamente pop) que ha salido de cualquiera de los miembros de BT, juntos o separados.
Meek da el pistoletazo de salida con “Gasoline”, una de esas canciones que se te quedan pegadas como una lapa lo quieras o no. Y es que aquí asoman todas las cartas en juego: de hecho, se van agregando paulatinamente, haciendo de una canción acústica de aires country algo mucho más complejo. Percusiones casi tribales, arreglos atmosféricos que recuerdan a Brian Eno, coros gospel y la voz inocente y cautivadora de Buck sobrevolando todo, hasta llegar a ese breve clímax guitarrero que parece tocado por Neil Young y que remata una entrada en harina que, directamente, quita la respiración.
La fórmula sigue funcionando a la perfección. El candor de “Pretty flowers” mantiene el encantamiento, algo que un himno confesional como “Can I mend it?”, que podría ser la canción oficial para pedir perdón a tu pareja, se encarga de certificar. No hay vuelta de hoja: estamos ante uno de esos discos. Uno de esos que cada año surgen con cuentagotas, con un efecto cautivador que los sitúa en nuestra vida de una forma más firme que cualquier otro producto random que aparezca por arte del algoritmo en nuestros auriculares. Un disco, como suele decirse, en el que quedarse a vivir.
Buck Meek ha construido todo esto desde su estudio casero, pero eso no quiere decir que haya estado solo: como decíamos, el productor es Krivchenia, que además aparece en “Ring of fire” tocando teclados y juntoa a los coros Adrianne Lenker, no en vano es la canción que más se acerca al estilo actual de la banda madre. Además de ellos está también a los teclados su hermano Dylan, el bajista Ken Woodward o la arpista Mary Lattimore, dando forma a un equipo que ha logrado que todo suene orgánico y natural, incluso con la participación de todos esos detallitos electrónicos de los que hablábamos.
Desde esos parámetros, el tejano sirve un disco inspirado como pocos, sin fisura en su minutaje y que crece a cada escucha. Su sinceridad, en lo lírico, al mostrarse abiertamente tal como es, casa perfectamente con la música luminosa que deja suspendida en el aire este compendio de canciones que se completa con píldoras de emoción desnuda del calibre de “Heart in the mirror”, “Soul feeling” o la final y saltarina “Outta body”, otra de esas que, igual que la primera (y, si me apuran, la mayor parte de este álbum), uno se tiraría silbando ad infinitum todo el verano. Una bonita manera de olvidar muchas cosas feas que nos rodean incluso en vacaciones y que discos tan exageradamente bonitos como este ayudan a sobrellevar.




















