El sol se iba retirando del Botánico con la parsimonia de las tardes de verano. Pasadas las nueve y cuarenta y cinco, justo cuando el cielo claudicaba ante una luz tibia y desdibujada, aparecieron ellos. Sin heráldica ni ceremonias, Adrianne Lenker, Buck Meek, James Krivchenia y Joshua Crumbly ocuparon el escenario como quien se refugia en el porche de una casa de campo. No había pantallas ni artificios; solo cuatro cuerpos replegados sobre sí mismos, casi tocándose, suspendidos en el magnetismo íntimo de una jam session. Sobre el escenario, un arsenal de guitarras afinadas en tonalidades distintas rotaba de manos en un silencio casi místico, mientras las miradas cómplices y las risitas entre ellos dictaban, sin prisa, el pulso de la noche.
Hay algo genuinamente anómalo en la naturaleza de este grupo, un misterio que sobrevive en la grieta donde colisionan dos mundos. Su folk arrastra el eco de los espacios abiertos: las praderas solitarias de Minnesota por las que Adrianne Lenker creció mudándose de caravana en caravana, y las llanuras de Texas que moldean el toque de Buck Meek. Una América profunda, aislada y fantasmal que, de repente, chocó de frente con el ruido, el asfalto y la urgencia de Brooklyn, el suelo donde se hicieron banda.

En sus costuras conviven esencias que evocan a los Wilco de la distorsión o a la poesía de Elliott Smith; influencias que ellos limpian de polvo para filtrarlas a través de una visión tan salvajemente espiritual como la propia voz de Adrianne. Una voz que habita el límite y que expone dos formas de acceder al mismo abismo: la seda y la espina. Nos desarman primero desde la fragilidad cuando, en mitad de “Change”, Lenker eleva el tono y suspira ese Would you smile forever, never cry, alargando la última palabra hasta dejarnos suspendidos en un vacío casi sagrado.
Pero el reverso de esa tregua llega con el desgarro de “Not”. A mitad de la canción, la delicadeza salta por los aires cuando Lenker termina por quebrar su garganta para abrir paso a un trance de varios minutos de instrumentación ciega, violenta y eléctrica. Son dos caídas distintas que nos arrastran con la misma fuerza, dejándonos en mitad de la noche bajo una necesidad bellísima e irreprimible de llorar, sin saber si es por exceso de luz, de tristeza, o por una mezcla de ambas.

Ese magnetismo nace de esa horizontalidad que se percibe sobre el escenario, que no es un gesto ensayado, sino su forma de habitar la realidad. Horas antes de que se encendieran los focos, en ese limbo que precede al ritual, decidieron salir a caminar. Sin distancias, se fundieron con la tarde en los aledaños del Parque del Oeste, cruzándose con los estudiantes de Ciudad Universitaria como parte del mismo paisaje. Verlos allí, estirando las piernas en mitad de la rutina ajena, te devuelve la fe: son creadores descomunales que operan desde todo lo bello y sublime, como se habituaba a decir en otros tiempos.
Quizá por ello, en la pista, se adivinaba la presencia de tantas caras conocidas de la escena musical nacional. Creadores acostumbrados a tomar los escenarios que esta noche, sin embargo, prefirieron volver a ser simplemente público, borrando las distancias para dejarse hipnotizar. Fue una revelación tan compleja e irrepetible como la propia arquitectura interna de “Simulation Swarm”, tal y como me susurraba al oído mi compañero Dani Vega mientras la noche terminaba de cerrarse sobre nosotros.

Ese carácter único también se traslada a un setlist inmune a las lógicas del mercado, gobernado por la absoluta libertad de hacer lo que les da la gana. De hecho, la banda se niega a repetir repertorio en sus últimos conciertos; sorprendió que de su último álbum, Double Infinite (2025), solo rescataran “Incomprehensible”. Prefirieron abrir las ventanas del directo para que entrara aire fresco, desnudando piezas inéditas como “Christmas Day” o la balada de “Forgive the Dream”.
En su desorden hay espacio para todo: desde la urgencia abrasiva de “Vampire Empire” o la herida fundacional de “Masterpiece”, hasta ese ritmo motorik de tracción hipnótica e infatigable que sigue siendo “Shark Smile”. Un viaje hacia delante donde da igual el ruido de fondo: te subes sin pensar a esa furgoneta amarilla a ochenta y cinco millas por hora mientras te dejas llevar por el magnetismo. Al final, el destino es lo de menos; a veces solo hace falta un cruce de miradas durante la madrugada para decir baby, take me too.

Porque si algo tiene este grupo es la capacidad de crear un refugio habitable. De ahí que este concierto, que a diferencia de otros del Botánico presentaba gran parte de las gradas vacías, se postula desde ya como uno de los grandes hitos de todo el ciclo. Hay noches pensadas para colgar el cartel de sold out, y luego están los milagros como el de Big Thief.
Fotos Big Thief: Fernando del Río





















