Londres, 1973. Mientras David Bowie paseaba a Ziggy Stardust por el planeta y Marc Bolan había convertido la purpurina en una religión, a un tal Richard O’Brien se le ocurrió que todavía se podía ir un poco más lejos. Mezcló películas de serie B, la Hammer, rock and roll, glam, sexo y mucho sentido del humor y lo llamó The Rocky Horror Show. En medio de aquella bendita anomalía apareció Tim Curry como Frank-N-Furter y, cuando comenzó a cantar “Sweet Transvestite”, ya no quedó ninguna duda de quién mandaba en la mansión.
El musical, que O’Brien había comenzado a escribir mientras se encontraba en paro comienzos de los setenta, se estrenó el 19 de junio de 1973 en el más que diminuto Theatre Upstairs del Royal Court de Londres, con menos de setenta personas. Aquello fue lo que dio paso posteriormente a la producción cinematográfica dirigida por Jim Sharman y protagonizada por Tim Curry en 1975.
“Sweet Transvestite” pasó a convertirse en uno de los temas centrales del film y en una de esas escenas que terminaron definiendo por completo la producción, además de perseguir durante toda su vida a Curry. Pero en la primera versión teatral “Sweet Transvestite” precedía al otro tema central, “Time Warp”. Para la película cambiaron el orden. Primero llega el delirio colectivo de todos los habitantes del castillo con “Time Warp” y luego entra Frank-N-Furter dominando toda la escena. Todo un acierto que O’Brien acabaría incorporando también al libreto teatral revisado en 1990 y que desde entonces ha seguido a todas las producciones.
Dramáticamente que ni pintado, Brad (Barry Bostwick), que se adelantó unos cuantos años a la estética de Rivers Cuomo, y Janet (Susan Sarandon) ya están completamente fuera de su mundo después de ver y escuchar “Time Warp”. Y entonces aparece el dueño de todo el cotarro, el inconmensurable Curry encarnando a Frank-N-Furter. Entra en escena para comerse la pantalla, a la pareja de recién llegados, a sus acólitos y todo lo que hiciera falta.

“Sweet Transvestite” es, en realidad, una canción de presentación de personaje: Frank les dice quién es, de dónde viene y qué pretende hacer, pero, sobre todo, establece quién controla el espacio y el tiempo desde ese momento. Una canción hecha ad hoc para el personaje y para el actor. Está construida alrededor de Mi mayor, pero rápidamente ensucia su aparente normalidad con acordes prestados del blues y locos desplazamientos cromáticos. Una canción que conoce las reglas del rock para permitirse transgredirlas a los pocos segundos, exactamente igual que Frank-N-Furter.
Y luego está cómo la canta Tim Curry, que contó a la periodista Terry Gross que inicialmente interpretaba a Frank-N-Furter con acento alemán, muy acorde con el nombre y con la parodia del científico loco. Pero un día escuchó a una mujer en un autobús hablando con un marcado acento británico, muy distinguido, casi impostado y pensó que Frank debía sonar como la Reina de Inglaterra.
El conjunto de las canciones de The Rocky Horror Picture Show es una mezcla a propósito de pop, rock and roll de los cincuenta y glam, pero “Sweet Transvestite” tiene algo especialmente rockero y, si me apuras, hasta proto-punk. No está escrita como el típico número de musical de Broadway en el que la melodía lleva toda la carga. El riff y el groove soportan buena parte del peso, pero dejan espacios enormes para que Curry coloque las palabras, los silencios y los gestos. Y eso es brutal porque, una vez que has visto el film, es imposible escuchar la canción sin ver los labios y la sonrisa de Frank-N-Furter.
Para la banda sonora cinematográfica, Richard Hartley reunió músicos de primer nivel de la época: Mick Grabham, de Procol Harum, y Count Ian Blair a las guitarras, Dave Wintour al bajo, B.J. Wilson a la batería, John “Rabbit” Bundrick a los teclados y Phil Kenzie al saxo. La música se grabó enteramente en los Olympic Studios de Londres. Y eso explica por qué el disco entero sigue teniendo la potencia de una banda de rock and roll y no la de una música pensada solo para teatro.
No fueron pocas las voces que dijeron que “Sweet Transvestite” imitaba a Bowie y no es de extrañar por el contexto histórico en el que nace. La composición sale a la luz en el momento más álgido del glam británico y la figura de Frank comparte ideario musical y cultural con Bowie, Bolan y esa manera de jugar con la androginia, la teatralidad y las identidades sexuales.
La letra menciona a Steve Reeves, el culturista y actor estadounidense que se convirtió en icono del cine péplum gracias a películas como Hercules.
“Or if you want something visual that’s not too abysmal”
“We could take in an old Steve Reeves movie”
“O si quieres algo visual que no sea demasiado abismal. Podríamos ver una vieja película de Steve Reeves”.
Richard O’Brien reconoció su fascinación por el musculado Reeves y aquellas películas baratas y lo convirtió en una referencia nada aleatoria, Frank estaba construyendo a Rocky, su hombre perfecto, un cuerpo hipermusculado salido prácticamente de ese tipo de cine.
The Rocky Horror Picture Show fue inicialmente un fracaso comercial y no digamos de crítica. Tras funcionar mejor en Los Ángeles, su estreno convencional no cuajó y fue retirada rápidamente de circulación. Su segunda vida comenzó cuando empezó a proyectarse a medianoche en el Waverly Theater de Nueva York en 1976. Fue allí donde surgieron las respuestas del público a la pantalla, que terminaron evolucionando hacia las caracterizaciones de los asistentes como los personajes de la película, los objetos utilizados durante determinadas escenas y, finalmente, los propios espectadores interpretando simultáneamente la película delante de la pantalla.
Como no podía ser de otra manera, “Sweet Transvestite” se convirtió en el momento fundamental de toda aquella liturgia, dando lugar a una de las legiones de admiradores más locas de la historia del cine y de la música. Según la historia del propio teatro neoyorkino, el momento fundacional de toda esta maravillosa locura, fue cuando Dori Hartley, una habitual del Waverly obsesionada con Frank-N-Furter y que había ido perfeccionando su caracterización del personaje, terminó interpretando “Sweet Transvestite” completa delante de la pantalla y recorriendo los pasillos del cine. Podríamos decir que, a partir de entonces, la canción comenzó a dejar de pertenecer únicamente a Tim Curry y Richard O’Brien para pasar a ser de los fans y esa es parte de la magia de esta canción.

No sería justo acabar este escrito sin mencionar la segunda resurrección del film y su cancionero en Europa. Concretamente en el año 1992 se comenzó a proyectar en los cines londinenses situados a pocos metros de Leicester Square, The Prince Charles Cinema y allí se ha quedado a vivir. Son míticas las proyecciones en las que al entrar te llevas una bolsa con objetos de la película, para interactuar con los actores que interpretan al unisonó de la pantalla.
Este capítulo de “Cuéntame una canción” es además especialmente triste porque, como ya saben, Tim Curry ha fallecido esta semana a los ochenta años. Las reacciones posteriores han vuelto inevitablemente a Frank-N-Furter, el personaje que cambió su vida y que marcó a generaciones enteras de actores, músicos, artistas drag y espectadores.
Así que les invito a ver la película y sumergirse en su mundo, pero, sobre todo, a disfrutar del momento de “Sweet Transvestite”, cuando Curry aparece vestido con corsé, medias de rejilla y tacones, rodeado de su extravagante corte, ante una pareja aterrorizada, cantando glam rock sobre su identidad y sobre un experimento destinado a crear a la criatura perfecta. Y seguro que piensan: “Qué personaje tan extraño y magnético. Quiero ser como él”.
Y ahí está el milagro de la canción que hoy nos ocupa: que, más de medio siglo después, sigue teniendo el poder de devolvernos a aquella mansión que en realidad era una nave espacial, rumbo al planeta Transsexual, en la galaxia de Transylvania. A ese lugar imposible donde lo absurdo, lo liberador y lo melancólico convivían en total sintonía. Quién sabe si Tim Curry está allí ahora.
Disfruta la serie Cuéntame una canción.





















