Te presentamos los últimos ritos de El Chico De La Tumba

No sé si conocen a Los Largos, pero si les gusta el pop hecho con guitarras y buen gusto, pocas bandas se me ocurren más certeras que ellos para hallar la felicidad a través de los oídos. Además, todos sus miembros, por separado, son dueños de gran talento. Un talento diverso y excepcional. Adrián Bago, el batería, es dibujante de cómics (y autor de la portada del disco del que vamos a hablar), Javier Monserrat tiene un proyecto a su nombre con discos excelentes y ahora, también, Rafa Quinto, su bajista, se estrena con este batiburrillo tóxico, terrorífico y extremadamente divertido que recibe el nombre de El Chico De La Tumba.

Como todo bicho viviente con conocimientos musicales, la pandemia, pillándole por sorpresa, le forzó a canalizar frustración, soledad, muchas pelis de terror, grasas saturadas y cierto alcoholismo galopante, en enfermizas elucubraciones compositivas que él iba canalizando a través de diversos cacharros, hasta formar un todo que parecía guardar cierta coherencia entre sí. La mezcla es explosiva: que si ahora caso a Aviador Dro con los Misfits (“Caminemos la noche”), que si paso por la batidora los fifties más trash (“La náusea” es una revisión del clásico proto-psychobilly “Blue moon baby” de Dave Diddle Day), que si juego a la psicodelia de juguete (“Lo roto”, “El jinete nocturno”), que si meto rollito urban-ambient -sin vocoder, eso sí- para quedarme con la peña (“Sueños en la casa de la bruja”)… Todo vale en este nosequé que viaja con el nombre unitario y extremadamente rimbombante de Últimos Ritos de Amor a La Muerte, que viene a ser lo que se conoce como un disco chulísimo. Divertido de narices y lleno de canciones que se pegan como lapas y que uno se descubre cantando en los momentos más insospechados.

El Chico de la Tumba se lo guisa y se lo come todo, así que no esperen ver este artefacto en la lista de los mejores discos del año de Pitchfork. No obstante, a nuestros ojos, eso lo hace, precisamente, mucho más molón. Al fin y al cabo, ¿Qué puede esperarse de alguien que se hace llamar El Chico de la Tumba? Pues eso, el subterráneo más hondo, oscuro, catacumbeo, satánico, mortífero y en definitiva, atrayente, que uno pueda imaginar. O sea, uno de esos sitios exclusivos a los que sólo las muy avispadas y los muy espabilados pueden acceder. ¿Se vienen?

 

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