zaz

Zaz (Noches del Botánico) Madrid 22/06/26

Hay una belleza muy particular en la lentitud. Y más belleza aun cuando, en una ciudad que exige aceleración constante, alguien decide bajar el ritmo. El mismo día que Zaz actuaba en Madrid, París abría las esclusas del Canal Saint-Martin para que sus habitantes recuperaran el río en mitad de una ola de calor prematura. La imagen tenía algo profundamente parisino: una ciudad que, pese al turismo masificado, la gentrificación y los diagnósticos apocalípticos que se acumulan sobre ella desde hace años, sigue empeñada en hacer las cosas a su manera.

Siempre que pienso en algo así me viene a la cabeza el Tutto Passa napolitano. La certeza de que todo termina pasando y de que la vida, por mucho que se acelere, acaba encontrando su propio cauce. París conserva todavía algo de esa filosofía. Un alma que, aunque convertida en tópico por el cine, la literatura y la industria musical, sigue guardando un pequeño núcleo de verdad.

Algo parecido ocurre con Isabelle Geffroy. A simple vista, la artista francesa parece salida de la misma postal que durante décadas hemos asociado a la chanson: bohemia, callejera, suspendida entre el jazz manouche y el pop más amable. Pero basta verla pisar un escenario para comprender que detrás de la imagen hay algo mucho más difícil de domesticar. Han pasado más de quince años desde que “Je veux” inundó todos los rincones de internet, pero en ella sigue latiendo el mismo espíritu de flâneuse: el de una artista ligera de equipaje que, más allá de los focos, continúa buscando la cercanía a ras de suelo.

El triunfo de Zaz en las Noches del Botánico no tuvo que ver con la inercia de los éxitos acumulados, sino con la autenticidad de una libertad que no se fabrica ni se aprende. Es una fuerza que parece venir de serie, anterior incluso a la conciencia de quien la posee. Con esa naturalidad tan suya, durante cerca de cien minutos recordó que en esta vida todo pasa y todo llega, aunque a veces las nubes no nos dejen verlo. Ver a buena parte del público abandonar cualquier atisbo de compostura, desbordar las gradas y mandar a paseo la comodidad del asiento fue la prueba definitiva de que la libertad no se ensaya. Anoche, como en París, alguien abrió las esclusas. Porque, como ella misma canta, “Paris sera toujours Paris”, y Zaz seguirá siendo esa muchacha indómita de Montmartre.

Gran parte del repertorio giró en torno a Sains et Saufs, su último trabajo de estudio, del que recuperó hasta diez canciones. Sonaron temas como “Je pardonne” o “Mon sourire”, además de algunas piezas incorporadas a la edición deluxepublicada este mismo año, entre ellas “Camarade” y “Mon vrai moi”. Se echó de menos, eso sí, una de las grandes composiciones del álbum, “Cerca de ti”, ausente en el concierto madrileño. Aun así, hubo espacio para que la francesa desplegara su buena relación con el castellano. Lo hizo en “Qué vendrá”, con ese mestizaje tan característico del cambio de siglo, y también en uno de los momentos más delicados de la noche, cuando interpretó el bolero “Esta tarde vi llover”, de Armando Manzanero. Tampoco faltó “La flamme”, convertida ya en un pequeño himno feminista y precedida por una pedida de mano sobre el escenario, ni “Mon coeur tu es fou”, la hermosa rareza en la que musicaliza un poema de la escritora iraní Forough Farrokhzad.

Mención aparte mereció el cuarteto que la acompañó durante toda la velada, capaz de dotar a las canciones de una solidez construida desde el ritmo, la madera y los matices de las teclas. En algunos de los pasajes donde más brilló la banda, como durante “La fée”, el sonido se acercó más a las atmósferas de Air que a los terrenos puramente jazzísticos. Por supuesto, los grandes clásicos fueron los más celebrados. “Les passants”, “Si jamais j’oublie” y “On ira” terminaron de encender a un público ya entregado, especialmente cuando Zaz decidió abandonar el escenario para mezclarse entre los asistentes y cantar cuerpo a cuerpo con ellos. Después llegó “Je veux”, el cierre inevitable, y un final hermoso en el que volvió a sonar exactamente a lo que siempre ha sido: un portazo salvaje contra la prisa del mundo.

Fotos Zaz: Víctor Terrazas

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